LAS LETRAS DEL VIENTO. El maquis que leía el diario 'Arriba' en el ayuntamiento

Eduardo Pons Prades
Eduardo Pons Prades

Duerme en la lejana almohada del tiempo, años de posguerra, tiempos de miedo y  pasos perdidos entre las tinieblas de la década de los años cuarenta, hombres y mujeres en el denso silencio de la noche, en las casas de palabras muertas, junto al lar ardiente de unas jaras o leña de encina, la imagen de las trébedes, familias aún enlutadas por la contienda incivil y la sombra alargada del maquis, “los de la sierra”, románticos de un pensamiento revolucionario, los últimos guerrilleros, que dejarían sus ilusiones bajo una luna llena o una ráfaga de fusil la España que “face los homes e los gasta”, escrita en el Poema del Mío Cid.

Aquel silencio, el miedo en los rostros,  niños de pies de barro, años del hambre, fanales y bombillas mortecinas, cuasi apagadas, la luz de la Cervigona, unas horas, sístoles y diástoles de corazones “partíos”. Quién iba a pensar en el silencio de la noche, allí junto a la lumbre, que por las calles de Villanueva de la Sierra, en una casa, un maquis se llevaría cinco duros. Por esos pagos, la guerrilla del placentino “El Médico” tenía su campo de operaciones en la sinuosa hopalanda de la Sierra de Gata.

Nunca olvidaría Eduardo Pons Prades su llegada a Villanueva de la Sierra, en marzo de 1946, como una sombra buscada, sobrino político de la tía Gregoria, viaje romántico, huyendo de las garras de una brigadilla de la Político – Social de Barcelona, la estancia en Plasencia, el encuentro con un zapatero, familiar del “Médico” y el largo viaje durante la noche, en una caballería, hasta Villanueva de la Sierra. Sólo el amor por la libertad o la lucha contra el fascismo, mueven a un hombre a una aventura peligrosa, a un largo y nocturno viaje a Villanueva de la Sierra. Ya había corrido la aventura de participar en la liberación de París y gritar “¡libertad!” por Los Campos Elíseos.

Ahora estaba en una España de silencio, y llegaba a aquella casa, donde aún se oían los rumores del agua, los pasos de las bestias, el canto del gallo al amanecer, el “adiós y con Dios”. Ahí, en el silencio de una casa de Villanueva de la Sierra, Eduardo le contaría a su tío Carlos en qué situación se encontraba. En ese silencio, pesado y temeroso, había que medir, con exactitud, los pasos y las palabras. Y Eduardo se preguntaría si enrolarse con el “Médico” y optar, por tanto, ir a la guerrilla.

Pero, según el relato de Pons Prades, su tío Carlos López - padre de Rafael, que sería regidor de Villanueva de la Sierra, durante el inicio de la Transición -, había tenido contacto con el “Médico”, incluso le había servido de estafeta para transmitir a su familia cómo estaba. Esta peligrosa  operación, la llevarían en el rigor del secreto,  su tío Carlos, su hermana Gregoria y el marido de esta, Casimiro.

Todo había que hacerlo con el mayor sigilo y la máxima discreción. Curiosidades de la vida. El lugar del encuentro sería una paridera de don Elías Durán, hombre acaudalado y culto, soltero. A un tiro de piedra de la paridera, ellos tenían un olivar. Y, en esa reunión familiar, se acordó que Casimiro Ángel sería el menos sospechoso. Así transcurriría la vida de Pons Prades que incluso pasaría muchos ratos en el Ayuntamiento – y hasta leería el diario falangista “Arriba”- sin que nadie, incluido el secretario, don Angel Rubio - sospechara nada  hasta que, muchos años después, en los inicios de la editorial Alfaguara, fundada por Camilo José Cela en Madrid, allí estaría Eduardo trabajando.

Para editar “Mariana de Pineda”, Cela le pediría a la gran escritora y experta en García Lorca, Antonina Rodrigo esa obra. Ahí, a lo lejos, entre Eduardo y Antonino florecería un romance, gracias a las galeradas. Sin conocerse físicamente, habían decidido contraer matrimonio y ahí acabaría un romance de amor. Nos dejó Eduardo y Antonina Rodrigo respira el aire del Mediterráneo desde la Diagonal barcelonesa, ella que lleva a Lorca en sus letras y suspiros; y a Granada como una canción  lejana del Generalife.

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