LAS LETRAS DEL VIENTO. Niños: A la escuela

Alumnos de la Escuela Infantil Valle del Arrago
Alumnos de la Escuela Infantil Valle del Arrago

Ya estaréis intranquilos, niños y niñas, esperando el día de ir a la escuela, cumplir con ese rito cada año, encontraros unos con otros, el maestro y la maestra, el pupitre, el encerado, el recreo, el adiós y con Dios, hasta mañana. Ahí, en la escuela, empezaréis a escribir los renglones primeros de la vida, el sol de las diez de la mañana, el decadente de la tarde, la moneda que cae en la hucha del atardecer. Yo, queridos niños /ñas, tengo, muy lejano el primer encuentro con la escuela, santuario laico que guardo, lejanamente, en la memoria.

 Mi escuela no era como la vuestra, queridos niños y niñas; era más pobre, época de los años cuarenta, que ha llovido mucho, desde entonces. Nuestra escuela era muy distinta a la vuestra, más pobre, propia de “los años del hambre”; y el maestro o la maestra – con excepciones, que las había – tenían una palmeta, y nos castigaban, en ocasiones, con los brazos en cruz…. Aquello que se decía “la letra con sangre entra”. Qué barbaridad: si la escuela es un recinto donde anidan los primeros jilgueros de las letras, las oraciones, la lectura y la escritura; que nos hace hombres y mujeres…, de provecho, de ingresar en la sociedad de los hombres y las mujeres. 

Esta época, niños y niñas, que empezáis, os hará que conjuguéis el uso de la palabra, los pasos cultos sobre las calles y las plazas, que habléis y escribáis y, un día, seáis hombres y mujeres de provecho para que ingreséis en la academia universal de la palabra y el pensamiento. 

Claro que nuestro tiempo nada tiene que ver con el vuestro; y era muy difícil, pues ya sabéis – y si no, se lo preguntáis al maestro /a – que los españoles se habían enfrentado unos contra otros, en una estúpida guerra, como todas las guerras. Con estas letras, espero que seáis, el día de mañana, chicos y chicas de provecho; es decir: buenos, como os diría el gran poeta Antonio Machado. Y, entonces, recordaréis al maestro/a y a esa lejana época, llena de sueños y la veréis quizás con los ojos de la nostalgia y, entonces, os acordaréis que fuisteis felices, en vuestro recuerdo, buenos ratos,  hermosos, ahora que el gran poeta Rilke, nos dice: “Que la infancia es la gran patria del hombre”. Así que disfrutéis este tiempo, estos años, que veréis, en el espejo de la memoria, cuando seáis hombre o mujer, lo que significa el paso por la escuela, los buenos ratos de los recreos, la entrada y la salida, el camino que os lleva a la escuela, esa convivencia de horas; y el día de mañana de recuerdos, que es buen provecho atender al maestro /a, los momentos de lectura y escritura, la geografía e historia, “las mate”… los juegos del recreo, el ir y el salir, el amigo o la amiga de las letras. ¡Ah y ved programas buenos de la “tele”! 

Un día sabréis lo que significan estos años para vosotros/as. Un día los recordaréis… Porque, además, la enseñanza que deja huella, es la que se hace con sacrificio – la cultura del esfuerzo - y de corazón a corazón.

Me gustaría ser un niño más, uno como vosotros  – “solo como  niños entraréis en el Reino de los Cielos”–  y, aquí me veis, mayor y recordando, sin embargo, el niño que fui; y los juegos que dejaría en la plaza Nueva o, por la tarde, jugando, unos con otros, con una pelota de goma y, años más tarde, con el balón… Soñábamos, sin embargo, con la radio, el futbol de la Selección Española y con los cromos de jugadores. Entonces, no había “tele” – vedla, naturalmente, pero sin pasaros -. 

Yo he sido maestro, poco tiempo, pero lo he sido; y he dejado un buen recuerdo en mis alumnos, tras una breve estancia, ya hace muchos años, en Garbayuela, pueblo de la Siberia extremeña, en la provincia de Badajoz. Ejercería muy poco tiempo y, con mis alumnos, en primavera, nos íbamos por la tarde al campo; y recuerdan, mi paso fugaz, por aquella escuela, donde, aún recojo el eco de las palabras perdidas…. Y algunos nombres: Emilio, gran hombre – su padre y él tocaban muy bien el acordeón -, y Andrés Rodríguez; y su mirada envuelta en el paisaje de la Serranía de Ronda. Aquella noche, alumnos, que me rondasteis…

Cuando dije adiós a la infancia y, posteriormente, a los días de tiza y encerado, recordaría las palabras de Benjamín Franklin: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

A mi gente de Garbayuela, donde mis palabras habitaron en el reino fugaz del olvido.  

 

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