LAS LETRAS DEL VIENTO. Ya no suenan las campanas

 Me ha cogido esta época entre una era electrónica y el último adiós del siglo XX, ando, pues, a caballo, en ese misterio del tiempo entre la Posguerra y el siglo XXI. Sin embargo, creo que camino por un sendero de transición, consciente de esa abstracción que llamamos tiempo: años, meses, días, horas, minutos y segundos. Quiero recordar, y a veces me paso, que Baudelaire decía que “hay que ser absolutamente moderno.” Expresado así, es un pensamiento atractivo, pero qué arduo es entrar en esa metafísica, en algo que nos huye de nuestro cerebro, lo que resulta difícil llevarlo a la práctica, convivir con tantos adelantos, nuevas técnicas, pensamientos de genios y filósofos, que, quizás, hasta haya orillado el humanismo, hontanar, tan fresco como rico, para el hombre. 

A mí, por ejemplo, el loable avance me ha cogido a destiempo, vamos, de mala manera, aun cuando, en otros hechos, yo fuera un hombre de mi tiempo, es decir abierto al sol de las nuevas ideas o de técnicas. Quién iba a decirme a mí, cuando mi vida periodística transcurría en las viejas redacciones de diarios y televisión, ya lejanos, “porque las ciencias avanzan que es una barbaridad”; quién iba a decirme cuando horneábamos el diario junto a las linotipias, con el plomo muy lejos de esta apasionante y fascinante era digital; y recordad a los linotipistas bebiendo, incluso leche, para vencer a los efectos del plomo. Adiós, pues, adiós, y a ser hijo de este tiempo.

Quizás enlace esa visión, cuando he leído cómo mis Hurdes se quedan, lentamente, sin sacerdotes – mis Hurdes y tantos otros pueblos - y cómo se apagan lentamente las velas, en las humildes iglesias y hasta las campanas fabricadas en Montehermoso, mis campanas de Villanueva de la Sierra – dicen que llegaron con destino desconocido -; aquellos Santos doblando por difuntos y las castañas asadas - su sonido ha dejado paso al horario  y, por ende, no convocan a los fieles a la Iglesia. No, esto no ocurre, únicamente, en Las Hurdes. Ya habrá tiempo, porque todo tiene su tiempo, como reza el Eclesiaste. He aquí la cuestión: somos hijos del tiempo o de los tiempos, de ese misterio que, cada día,  convive con nosotros…Sería cuestión de entrar en filosofía… Seminarios cerrados, palacios episcopales transformados, ausencia de  vocaciones, sacerdotes viejecitos y la Palabra que se apaga lentamente. 

De aquel Nacional Catolicismo, tiempo ha, hemos pasado a la era digital, no sabemos movernos en el tiempo, porque este nos mueve misteriosamente: campanas solitarias, cimbalillos, ídem. Con sus luces y sus sombras, el giro copernicano de la vida, ignoro dónde nos llevará; y no quiero quejarme, que soy hijo – o pretendo serlo - de mi tiempo ¡y ya es difícil!.

Sí, me ha entristecido esa noticia, máxime con el amor que le tengo a mis “Hurdes, clamor de piedras”, libro que vería la luz en 1972. Ni aquello, ni perder el sonido del cimbalillo, que es una manera de llamarnos a  escuchar la palabra, a la heredad espiritual que heredamos entre las paredes sacras. Si levantaran la cabeza los viejos obispos caurienses - Segura, especialmente - no daría crédito a lo que ocurre. Acabo de recrearme ante la estampa - diría que “renacentista”- de “La iglesia de las Lástimas”, que se alza en un montículo de Cambroncino, no muy lejos del eremita convento de San José, en Las Batuecas, donde Luis Buñuel pasaría un tiempo durante el rodaje de su cortometraje: “Las Hurdes: tierra sin pan”.

Ya tengo el recuerdo sepia de esa época, cuando el doctor Albiñana sería confinado por orden de la República a Las Hurdes y tres o cuatro políticos o sindicalistas durante el Franquismo – Nicolás Redondo, entonces Secretario General de UGT, por ejemplo, en Las Mestas - y otras sindicalistas en aquellas alquerías, ante la sorpresa de los nativos.

La Naturaleza es un Universo cambiante, que hace que respiremos otro aire, especialmente, los que somos hijos de la posguerra, cuando el pueblo o la aldea estaba hecha o, lentamente, se iba haciendo, todo seguía un ritmo ordenado y lento, de “adiós y con Dios”, de oficios que han desaparecido, pero que formaban una urdimbre, una manera de llenar el tiempo, de comunicarnos más, ser más humanos. Qué paradoja: ahora que la comunicación es la revolución del móvil y, sin embargo, nos sentimos, paradójicamente, más incomunicados.

Veía venir lo de Las Hurdes, el fervor de esos sacerdotes por dejar la belleza de la Palabra esparcida en ese paraíso – no importa la distancia -, ni que se pierda – si importa - el tañido de la campana o un esquilón -. Por ahí anda el alma samaritana de Ángel Tejero, acogiendo a ancianos, llevando la Palabra, a esa tierra mágica, más allá de la “tierra sin tierra”, de Buñuel, o “el clamor de piedras,” de mi libro. 

Qué suenen las campanas a rebato en esos valles; que el aire transmita sus suspiros y las palabras dejen, como ruiseñores, un lugar en los nidos, cuelguen, como cítaras en ese vuelo puro del aire, porque Las Hurdes es más, mucho más, que esa tierra sin tierra y ese clamor de piedras. No recuerdo quien llegaría a decir que, en la magia de esa geografía, quizás hubiera existido el paraíso.

Que vuelvan a sonar las campanas, que vuelvan, porque, sin su tañido, el jilguero que llevamos dentro no volará y se quedará triste y solo; y, sin embargo, ni nos consolamos con el sonido del río Los Ángeles. Que suenen las campanas, porque, sin ellas, la vida no es la misma. ¡Sonad, campanas, sonad! John Donne, poeta metafísico, decía que la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hayas preguntado por quién doblan las campanas: quizás doblen por ti o por mí, pero quizás, quién sabe, ni las oiremos; quizás estaremos muertos, quizás no toquen, pero dejaré, como última voluntad, que doblen por mí y, entonces, mis pájaros alzarán sus vuelos y quizás se crucen con mi alma.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.

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