LAS LETRAS DEL VIENTO. La noche de los fusiles en Valverde del Fresno

Visita pastoral del Obispo Llopis a Valverde del Fresno en 1951. IMAGEN DE JUAN ANTONIO PÉREZ MATEOS
Visita pastoral del Obispo Llopis a Valverde del Fresno en 1951. IMAGEN DE JUAN ANTONIO PÉREZ MATEOS

No sé el por qué esa noche de luna y calor haría un alto en el camino y buscaría aquellos pasos que se suelen quedar en pueblos que cautivan el corazón. Atrás había dejado el sabor del lenguaje, los fados en aquel Penamacor donde pasaría una Nochebuena, las ya derruidas alfandengas, ese abstracto mundo de la frontera, por donde la luna le abría los pasos a los contrabandistas de café y otros productos, ricos portugueses que harían fortuna, en los años del wolfrang en los pagos de Sierra de Gata. Aquellos carabineros, el abstracto mundo de la frontera. Cuánto y cómo lo viviría mi buen amigo Julián Manzano Garrido, inteligente y sagaz, machadianamente bueno. Como él escucho la sinfonía nocturna de un Chopin que lleva a sus partituras las notas acuáticas del Eljas, Pesquero, Basáldigo, Sabugal y Castaño.

Vecino a su casa, las palabras pedagógicas que brotaban de las escuelas de Dª Amelia y D. José y, por aquellos pagos, en una calleja, el alma de un maestro republicano. Todo un mundo que el guarda con siete llaves, como el sepulcro del Cid, en su memoria. Canciones muy de la época como “se va el caimán / se va el caimán….”, letras que rompían el silencio ante la llegada del capitán de Hoyos. Y no digamos las voces que quebraban la quietud de la noche: ”Esos de la gabardina / la gente más fina que el mundo crió / lo mismo roban gallinas / que sacos de harina / que sacos de arroz”. Personajes como “Gilocho” capaz de engañar a su madre al mentirle con la suerte de acertar una quiniela de catorce y dispuesto a tirar y alzar una nueva casa.

No se entienden los años de esa época, sin la generación de Julián y su avidez por su fe notarial y guardar en la memoria, ese tiempo de membrillos e higos, esos pueblos horacianos, agros de arado romano, hasta cierto punto menosprecio de Corte y alabanza de aldea, aunque, muy pronto, llegaría la diáspora. En la lejanía sepia del recuerdo, Julián lleva, en su memoria, la copia goyesca de una vendimia en la escuela. Pero, en la vida, hay mazazos que conviven con nosotros. Y Julián contemplaría un hecho que, a un niño sensible como él, le haría derramar lágrimas. Ese episodio galdosiano está escrito en sus cuadernos infantiles. Corría la primavera de 1950. Caía la tarde y dos guardias civiles, Florencio y Redondo regresaban tras detener a dos contrabandistas. Llevado por la curiosidad, el niño seguiría el proceso contra los contrabandistas. Con el uso de a fala – que Julián entendía – observó, detalladamente, cuanto ocurría. Vería cómo le aflojaron las esposas a uno… Todo tan minucioso está aún grabado en su retina. Cómo los dos portugueses, preceden a los guardias camino de la cárcel y cómo, inopinadamente, echan a correr como unos atletas, “gamos hechos a las correrías”…; y se alejan de los guardias. “¡Alto a la Guardia Civil!”. Uno de los portugueses resulta alcanzado por un disparo en un hombro. Lo atendería el médico de Valverde, el doctor García Casillas; la herida no es grave y duermen en la cárcel. 

Al día siguiente, ante el capitán de Hoyos, los dos agentes serían expulsados del cuerpo, según orden de Alonso Vega, el “Director de hierro”, como se le conocía en la Benemérita. Aún tiene en su retina grabada Julián  las lágrimas de los agentes, ya vestidos de paisano. Aún hoy – y ya han caído chuzos y soles deslumbrantes - Julián lleva en la cavidad de sus ojos esa estampa y cuanto ocurría en un cuartel excitado. Tanto, que su madre, deshecha e iracunda, descuelga de la pared de la sala de armas, el retrato de Don Camilo – el vulgo decía “don Camulo”-, lo tira al suelo, irritada e histérica, lo pisotea hasta hacerlo añicos. Nunca más ingresarían en el Cuerpo. Y, esa imagen de un niño, Julián la lleva prendida como si acabara de ocurrir y ya ha llovido. Valverde del Fresno vería cómo su honor sería mancillado, aquel día en que los jinetes rabiosamente verdes serían despedidos de la Benemérita.

Dedico este relato a Julián Manzano Garrido, un hombre machadianamente bueno.

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