LAS LETRAS DEL VIENTO. Nostalgia y llanto por el molino Cimero

Imagen de Oscar Lopez. Molino Cimero en Villanueva de la Sierra
Imagen de Oscar Lopez. Molino Cimero en Villanueva de la Sierra

Mira si ha pasado tiempo, que he olvidado los años. Soy, únicamente, presencia, faro apagado de un tiempo, testigo de una época industrial, aquellos años de la República, la guerra y la posguerra. Ahora, desde esta mínima cima, únicamente escucho el discurrir del arroyo, que me corteja donde se pierde la copla de la rueda y deja su eco camino del río Tralgas, cuando los molinos de Villanueva de la Sierra eran tantos, que mi dueño ha dado ya relación de los mismos – muchos -, y he quedado, sinceramente, sumido en esta orfandad, viendo cuanto me rodea desde el monóculo grande de la rueda, como un faro que buscara el mar y no lo encuentra. Sí, en ocasiones, estoy / me siento perdido, desorientado, como quien se pregunta “qué hago yo solo aquí”, junto al arroyo y la carretera de Hernán Pérez.

Pues heme aquí. Con mi gran monóculo, mi mirada inmensa de la Sierra de Dios Padre, las casas del pueblo, oteros y valles, bosques, este don del Creador, que, a pesar de mi soledad, sin embargo, sigo los avatares cotidianos de los campesinos, observo las uvas de las parras, todos los dones de la tierra.

Pero, sinceramente, me siento muy solo, cómo se perdieron mis amigos, molinos que han muerto en los brazos podridos del tiempo y la incultura, sin el amor por la memoria,  por lo que fuimos y significamos, las palabras que escondían entre sus rulos y sus hierros, cuando el olor a aceite inundaba la villa y, además, en los años de posguerra – los del estraperlo -, haríamos ricos a los vecinos “que corría, vaya si corría el dinero por Villanueva y los pueblos de Sierra de Gata”, billetes de mil pesetas, señores, que, a nuestra costa, orillaban el aburrimiento en juergas de los Madriles.

Qué pena siento, cuando aún percibo, con mi gran monóculo, los restos de un naufragio, que es como si hubiésemos perdido la memoria, el calorcillo de las chimeneas, el ajetreo de la vida, sentirse la gente campesina, hacerle las labores propias a los olivos, gozar las aceitunas como pendientes grises colgados de las ramas de estos árboles, testigos de la grandeza del Señor, que, nuestros antepasados, habrían sentido las angustias de Cristo en el Huerto de los Olivos.

Y yo contento con esta vida, que casi ni descansaba, el motor Vellino y el ruido que asustaba a pardales, jilgueros y tórtolas o a bandadas de pájaros, que no pensaban nada más que llevarse este noble fruto en sus picos.

No, no os podéis imaginar qué ajetreo había entre estas paredes y, fuera, en los chiqueros, mulos y mulas, burros y burras, carros… Qué sé yo. Qué trajín. Y no hablemos del estraperlo, que hasta en el cajón de Molino Cimero. Imagen de Oscar López. www.sierradegatadigital.esuna camioneta iría algún que otro hombre “simulando una  enfermedad” para sortear a los jinetes rabiosamente verdes del Cuerpo del Marqués de Ahumada. 

Todo era un juego con la luna, burlar la vigilancia de los “civiles”, caballerías con pellejos camino de Castilla y, a la vuelta, la carga de harina… Y, para sobrevivir, soslayar a los “civiles”, cuando, por sorpresa, habría que arrojar los pellejos a los huertos. Qué tiempos aquellos, qué esplendor, yo giraba, giraba – “yira el mundo yira”,  como si escuchara un tango de Carlos Gardel bajo esa luz lorquiana, luna de plata como gran moneda del Banco Mayor de la Naturaleza, en ese cielo donde hasta las estrellas suspiraban las penas de posguerra, las heridas aún abiertas, “corazones partidos – partíos / que yo no quiero / porque los míos te los doy enteros –“

España de coplas, que brotaban de las penas hundidas en las trincheras, ojos negros de las lágrimas de pólvora y fuego; y aquel sol del ocaso que recogía las últimas penas del día para verterlas en el Atlántico.

Aquí estoy, solo, inmensamente solo, testigo de la pequeña historia, si yo hablara…Desde que me trajeron de Béjar, cuando por allí corría el dinero como las aguas del río Cuerpo del Hombre; y aquel imperio de Luis Izard, que vaya si era un imperio, con paños incluidos, lágrimas que se fundían con el río, y que don Luis, incluso, mantenía correspondencia con ilustres intelectuales españoles.

Aquí sigo, aquí cuento las horas, aquí escucho el tañido de las campanas, aquí os espero, qué contento cuando Ramón Muñoz me dejó los belenes, en esos días tan bellos y sentí, emocionado, los villancicos de Ars Nova y hasta vinieron escolares a ver mi curiosa estampa. Aquí sigo, abierto al sol y a la luna, con mi ciprés al lado. Esta es, pues, vuestra casa. Avisadme si queréis verme y seréis bienvenidos.

IMÁGENES DE OSCAR LÓPEZ

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