Me plantaron, circunstancialmente, en estos pagos de Sierra de Gata, en el término de Villanueva de la Sierra, provincia de Cáceres, villa en la que nació la fiesta dedicada a nosotros y otros árboles. No recuerdo cuando me concibieron en estos predios, que llaman del Guijarral. Yo soy un olivo sencillo, dedicado a la gracia del Creador. No, no soy testigo, por ejemplo, de mis hermanos del Huerto de Gesetmaní – que vaya si me hubiera gustado estar al lado de la Pasión de Jesús, que habría llamado a tórtolas y jilgueros y cantarle en ese trance -. Ni tampoco soy como la “Olivera  Grossa”, que es bimilenaria y, por tanto, una gran moza, pues como la “Mamá Cuquillo”, que tiene años, vaya que si tiene tantos como Matusalem. A veces, mi amo, habla de los olivos centenarios que plantara el fallecido Botín, en Boadilla del Monte, además de los del ilustrado Menéndez Pidal, en una cima, no lejos de Chamartín. 

Siento, alegremente, haber posado para Van Gogh. Como digo, mi amo y señor, me plantaría en este lugar, donde escucho el croar de las ranas, en una pequeña charca, con florecillas vistosas y, además gozo de una buena vista: la Sierra de Dios Padre. Ya veis: todo muy evangélico. Tampoco soy y, de esa suerte me tratan, “ese olivo bruto que a fuerza de palos da frutos”, que de ello da buena cuenta en modales mi señor, que oigo decir: “Aceite de oliva, todo mal quita”. Y me lo repite cuando descansa un ratito sobre mi espalda y se recrea con el paisaje de estos pagos.

Claro que me hubiera gustado estar con Jesús en “El Huerto de los Olivos” y, si la ocasión, hubiera sido precisa, con mil amores. He nacido y vivo con humildad, cerca de un corralito, donde se cobijaban unas ovejas, de lo que damos fe.  Me consta, que a mí señor, que Dios guarde, goza con la belleza de estos pagos y, no habría nacido, cuando éramos más que retoños, al lado de la mencionada charca, donde, en primavera, nos alegran unas flores blancas como margaritas y, en el repecho, se alza un corral para ovejas. El corral se caerá cualquier día. Aquí estoy, rodeado de un centenar de olivos, como quien preside esta comunidad arbórea y grisácea. De cuando en cuando, venían unos mulos con estiércol y así vamos, lentamente, manteniéndonos, que loado sea Dios, hundidas nuestras raíces y alegres las ramas y, otro tanto, las hojas plateadas.

La aceituna es nuestro fruto y, cuando maduramos, pasamos del verde al negro. Hay quienes nos cogen verdes: es lo que llaman el “verdeo”… Porque, de esta suerte, damos un poco más de moneda al amo. Ya hablan de euros… ¿Qué habrá pasado con la peseta?. Antes celebrábamos, alborozados, el fin de este rito. ¡Y qué dichos y canciones! Pero esas manos, prefieren cogernos cuando estamos negras, las sajan, las echan en agua para endulzarnos y nos convertimos en un muy apetecido y cotizado fruto, que, en los “años del hambre”, posguerra española, nos llevaban a los Madriles y figurábamos en los mejores restaurantes y no digamos de nuestro zumo: el aceite. Palabras mayores. La vida que había en estos veintitantos molinos, entre ellos, “El Cimero”, heredado del abuelo de este relator, donde el gran coleccionista de belenes de papel, el insigne, Ramón Muñoz – (que Dios guarde) -, experto en Contadurías del Reino y “emparentado”, en estos menesteres, con Cervantes.

En los duros años del hambre, no faltábamos a la merienda. Si no llega a ser por nosotras, la gente que habría muerto, con los rostros famélicos, y hasta el pan, en las noches de invierno, se llevaba oculto, como un tesoro, ante un asalto del hombre. Mis frutos son callados y nos cogen cuando llega el frío y lo sentimos. Y hasta las manos que los recogen, llegan a padecer de sabañones. Qué sería de este y otros pueblos de Sierra de Gata sin nosotros, los olivos, hopalanda plateada en las besanas de Sierra de Gata – sierra del Oro, de nuestro cosecha -, bella postal vista desde la cumbre de la Sierra de Dios Padre, o desde otras mirandas, que nos veréis como ejércitos disciplinados y, sin embargo, quietos, como centinelas, en los predios geográficamente más dispares, en ocasiones, a nuestras compañeras arbóreas las encinas. 

 Aquí estamos, tan contentos en estas tierras, y ya conocéis nuestro reino, sencillo y humilde,  presentes por tantas y tantas tierras del mundo, que somos muy antiguos y hasta Jesús, para redimir el mundo, eligió el Monte de los Olivos. Aquí estamos, en el predio del Guijarral, nuestros troncos y  ramas de donde cuelgan, como pendientes, las aceitunas.

Dicen que Adán, antes de morir, pidió a Yahvé, que le proporcionara el óleo de la misericordia para redimirlo. Y encargó a su hijo Seth ir al Paraíso con el fin de colocarle, en sus labios, tres semillas de tres árboles: el cedro, el ciprés y el olivo.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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