Ya he dejado en el desván del recuerdo aquellos días de sol y trigo, de era y parva, de piel morena y una moneda inmensa  cayendo en la hucha de la noche, en los pagos lusitanos del oeste, allí donde la canción tenía sonido de melancolía muy propia del otoño. Agosto era incandescente, nos reducía al misterio de las sombras, como si blandiera su espada de termómetros y nos obsesionara con los grados o los golpes de calor en aquella sinfonía monocorde de chicharras y nos refugiara con la espada del sol, y cuasi  nos obligaba a caminar por las sombras. La sombra se opone a luz y nos retrata una tierra apagada, donde no se proyectaban nuestras figuras sobre las calles empedradas. Al fin y al cabo la sombra se opone a la luz y, frente a la luminosidad del sol, resulta fría. El conocido psicoanalista Jung define la sombra como “la personificación de la parte primitiva e instintiva del individuo”. Recuerdo ese sol, pleno y poderoso, como me/nos refugiaba a las sombras del Parral, a la humedad cautivadora del agua en la plenitud ardiente de los rayos solares.

Otoño vendría a reconciliarnos con la Naturaleza, época de vendimia, ver cómo se desnudaban los árboles, esa sumisión cautivadora y desgarrada de sus ramas, rendidos al misterioso ciclo de llorar sus hojas –“hojas del árbol caído, juguetes del viento son “-, a ver y oír, en suma, esa danza, lenta y mortecina, llorosa de la caducidad de las hojas. Porque el otoño, al fin y al cabo, está muy incorporado a la esencia vital del hombre, a nuestros cabellos blancos y tiene un aspecto de melancólico que nos prepara para el adiós a la vida, como un Puccini silencioso. George Sand lo define como “un andante melancólico que nos prepara para el solemne adagio del invierno”.

Me gusta sentir el otoño en una alameda – la de Almazán, por ejemplo - y la rendición sabia de las hojas y esos efectos cromáticos y rojizos de adioses, hasta pisarlas sin hacerles daño, sabedor de cuanto han aguantado al viento y al agua. Qué bellas esas alamedas, la de Almazán, por ejemplo, y la canción del río Duero, como una copla manriqueña: ”Rio Duero / rio Duero / nadie a cantarte baja / nadie viene a oír / tu eterna estrofa de agua”. Si la primavera la sangre altera, el otoño nos llena el corazón de melancolía y los ojos de una acuarela hermosa.

Con el gran maestro, César González Ruano, en el viejo café madrileño Teide, donde se posaban en sus metáforas ruiseñores líricos, me hablaba del otoño, “querido, lánguido, dorado, literario otoño, no nos cansas, no nos cansamos de rendirte íntimo y público culto… Al otoño hay que comprenderle como al ser humano a quien llamamos otoñal. “Este ya no es joven”. “Esta ya casi es otoñal”. Nada tiene que ver la criatura otoñal ni con la juventud, ni con la ancianidad.

El otoño ha venido y sabemos cómo ha sido: vamos a no hacerlo de menos; al fin y al cabo es una estación, una estación de nuestra Naturaleza.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista

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