LAS LETRAS DEL VIENTO. Las palabras del agua

El pilar de la iglesia, el regato del recuerdo y el templo y campanario de Viva de la Sierra.
El pilar de la iglesia, el regato del recuerdo y el templo y campanario de Viva de la Sierra.

Riachuelillos de mi infancia, aguas saltarinas que dejásteis aquellas villanovenses calles abajo, agua que rebasaba el pilar / los pilares, ante la paciencia cansina de llenar los cántaros, palabras enamoradas de mozos y mozas, imágenes de besos robados, el agua que venía de la majestuosa Sierra de Dios Padre, manantiales generosos, acuíferos de raíces, de viejos árboles, los que nacían y crecían con las sombras, en esa Sierra   de consagración mayor  – grande es Dios en el Sinaí - donde los helechos crecían entre los labios húmedos de las sombras, la caricia de las hojas, la frescura cuasi de bodega en el Fontanar, floresta donde yo colgaba mis retinas y colocaba el fonendo de mis oídos para escuchar la baquelita de los mirlos, en esa ladera dónde por qué no habitara el Paraíso… O la belleza de la fuente de los Burros -¡ay si pasara por allí, algún “platero”, pero ya son, únicamente, recuerdo -.

La Zambrana era también un rincón desvaído, mezcla de celuloide entre el sol y la sombra, donde Adán y Eva quizás plantarían nardos y violetas para que nuestra estancia en la tierra fuera quizás un paraíso, el que buscaría, acaso, Milton deslumbrado por un sol derramado sin piedad en el estío. A veces, sentiría tal placer que pienso en escenas de duermevela de película de Fellini. La Merina – ¡oh la Merina y el agua mansa en una pila de piedra ¡-, las fresas y espárragos salvajes, sensualidad del niño que despierta, adolescente, en la frontera de la pubertad, la grata compañía de amigos - Pepe Simón, entre otros -, aquel tiempo amarillo, bajo una sombra recién nacida, las higueras de El Parral, al lado de la fuente de Palacio, el agua pura del pozo de El Parral, “la piscinita” bajo la sombra verde de las higueras, las zarzas y sus moras… Y siempre un venero, un venero que tú quieres / y él que te decía te quiero. Aquel paisaje impresionista en la memoria de mi infancia, el acorde armónico y bello de las pilas del Bardal. No hablemos de las acuarelas de los pagos de Pedroso, y la cercana charca donde alzarían sus caballetes los impresionistas y, para la belleza, beberían el óleo del riachuelo de Pedroso, ante los muros derruidos de la fábrica de Pepe Corchero.       

Cómo corríais regatillos de agua por los sueños de un niño, que erais como una copla manriqueña, lágrimas que llevaban nuestros sueños quizás al río Tralgas o palabras de agua que llevarían suspiros de besos, arrancados a las mozas en el pilar, y corríais sahual abajo, donde se oía el lamento de la bigornia de la fragua o las sierras de tío Pedro Palero; y os llevaríais los labios de las mozas y besaríais el cauce como el último adiós a la tarde, ante nuestros “molinos” artesanos. Ese tiempo me suena a copla de Jorge Manrique, ya lejana, pero me sabéis a ese sentimiento que corre, durante un suspiro, por el cuerpo en la brevedad de la vida. Estáis, sin embargo, en el hontanar del tiempo, fuente amarilla que sólo me arrebatará la muerte.

El pilar de la Iglesia canta sus penas, el de la plaza lo mismo; y solo llora ausencias, manos de mujer y cántaros. ¿Qué me faltan? Pues las palabras del agua, el espejo donde se mirara mi infancia, esa espera de que se llene el cántaro y suspire el alma, coplas de Jorge Manrique, espejo luminoso de mi infancia – “avive el seso y despierte / cómo se va la vida tan callando”. A veces ausculto el suelo, coloco mi fonendo, el que dejo mi padre cansado de oír tantos suspiros en las viejas alcobas, y no escucho vuestras palabras, que me quedasteis huérfanos de sonidos; que hasta se fue el agua y no me dijo nada. Qué te había hecho yo, cuando hasta te canté una nana….; y te habéis ido así sin decir hasta mañana; que pongo el oído en el suelo y no, no escucho nada.

Como sabiamente dice El Eclesiastés hay un tiempo para cada momento. Quizás solo sea recuerdo de vuestro hilillo de agua, del caño que cantaba la primera canción del día y la última de la noche. ¿Dónde estáis, palabras del agua? Ni el pregonero os quiere y yo esperando, inútilmente, una nana. Quizás correréis por el lecho del tiempo, del que fue y ya no es o, quizás, no seréis un suspiro de copla manriqueña. No obstante, os recojo, palabras del agua, porque, sin vosotras, quizás ya no pueda vivir. Porque hasta todo fue polvo y polvo enamorado; y me iré, no obstante, con el último sol de la tarde, cuando los violines interpreten un fado y espere, inútilmente, una canción de palabras, las que nacían por la mañana y se iban con la tarde.

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