Bajo un sol de justicia, busco aquel sitio de la era, aquella parva, redonda de cereal y rutina de plateros. Juan Ramón Jiménez, en el centenario de “Platero y yo”, le hubiera hablado con el lirismo de la palabra. Nuestros plateros desprendían un lirismo que el dueño no comprendía, como la resistencia bajo aquel sol de oro y fuego, sus pezuñas andantes por malos senderos y te llevaba sobre su albarda, sin decir nada, dejando caminos de piedra y polvo o de piedra y barro, según las estaciones. Si exceptuamos el descubrimiento poético de Juan Ramón, el platero – burro o asno - no ha sido considerado como debería. Montado sobre la albarda, el burrito caminaba sin la menor queja y no importaba cómo estuviera el camino si en llano o en cuesta, si tirando de la trilla o en otro menester siempre campestre. Ahora que Platero ha cumplido cien años, en plena consagración lírica, quiero dedicarle un recuerdo al asno o burro con quien compartí años de mi infancia, sin saber que, gracias a la luz de Moguel, habías sido causa y motivo para compartir con Juan Ramón el Premio Nobel y quiero alzaros el monumento de unas palabras, escritas en el viento, como un recuerdo al sacrificio y al bien que nos hicisteis, bestias anónimas, que ayudarías al hombre a evitar esfuerzos, a no quebrarse, en suma, y, erre que erre, por las trochas, bajo la luna, siempre en un estado de resignación y, en todo caso, quieto, para que el niño subiera a tus lomos y comprobara tu capacidad para el sacrificio. Solo el hombre sobre él conoce la resistencia de los burros. Ni el maestro – qué torpe – al llamarnos burro jugando con el abecedario de las letras por la ignorancia de una pregunta. Ni el dueño que lo animaba con desprecio: “¡Arre, burro!”, sin saber cuánto había de sacrificio en aquella cuesta. Ni el padre al enseñarte algo y no responder correctamente. Ya no quedan plateros en mi aldea, ya no escucho sus rebuznos, ya los niños se alejan de la Naturaleza y llegará un día en que, para algunos, habrá que recurrir a las postales de la nostalgia. Ya sois imagen sepia en las viejas retinas de los aldeanos y los pueblos, por perder, han perdido vuestras imágenes, entonces rutinarias y el paso cansino, los rebuznos como un sonido familiar, el sello de las herraduras. Ni en mi Palumba ni en mi Neva ni en ninguna aldea ya no se ve vuestra estampa, enterrada en el cementerio sepia de la aldea rural, ni se oye un rebuzno, por tanto; y siento que algo me / nos falta; que el hombre ha perdido esa  compañía, que de nuestros pueblos huyo vuestro lamento y que las nuevas generaciones, gracias a Juan Ramón Jiménez sabrán que nos acompañasteis, que erais, en parte, nuestros, y que compartíamos el ambiente rural de nuestras aldeas y, con vuestra ausencia, algo de nosotros ha muerto. Gracias a Juan Ramón Jiménez, porque siempre nos quedará su lírica, la poesía de Platero, el asno que sobrevivirá en la lejanía de nuestras retinas. Y quién os diría que entraríais en el cuadro de honor de los Premios Nobel, paseando por la luz de plata de Moguer, y vuestra estampa, que sois tiernos y entrañables en los dibujos y hasta os acaricia la brisa marina; y J.J. Barriga Bravo, extremeño, se enamoraría de vosotros, y os guarda en unas cuadras de papel, bellamente ilustradas y expuestas en la Biblioteca de Extremadura, si expuestas, como si fueseis inmortales.

Este diario lo hacemos todos. Contribuye a su mantenimiento

ING Direct - Sierra de Gata Digital
Nº CC ES 80 1465 010099 1900183481