LAS LETRAS DEL VIENTO. Postal sepia de Villanueva de la Sierra

Os he visto, olivos, plateados y quietos, ejército inmóvil de paz, que cantáis, calladamente, las lágrimas verdes de vuestras ramas, muy a pesar de la vara, aceitunas de rocío y pendientes del árbol eterno, siempre generoso,  que dejas sobre la loma la estampa verde que llora, cuando empieza a descansar el sol y el cielo invernal dejará un rocío de plata en vuestra sombra, hasta que maduráis, como sois, donde os acarician tantas manos, ahora que cae en mi retina la estampa sepia de aceituneras y  vareadores, que regresabais a la aldea con vuestros cantares de gesta, atrás los surcos del olivar plata, plata, plata y la aceituna convertida por el lagar en oro, oro, oro, un río de tesoro, aceite, aceite, aceite en el molino de siempre, ahora ya hijos del tiempo, que penáis en el recuerdo o en el óxido de vuestra caduca existencia, ruedas caídas, restos de morejones, cadáveres metálicos, la prensa caída, cuando sonreía la vida, que la aldea estaría vacía, ¡oh, mi aldea, mi aldea!, triste y sola, lejano eco de aquellas melodías, al caer la tarde, cuando los corazones latían y el amor se ocultaba tras vuestras manos llenas o vacías, que sobre el olivar  se vería hasta el jilguero volar y volar  y el parajillo a lo suyo: a picar, a picar, que el otoño habría venido, dejando en el olivar , un recordatorio en cada nido.

Extremeños de la Sierra – de Gata -  que hacéis del olivar un rito, dejad, por un momento, que cante mi pena, que suena, melancólicamente, al varear una copla con mis silbos amorosos, que hasta alegre es mi pena y solo quiero cantar este fruto de la vida, nacido del olivar… Que sobre el olivar danzaba un estornino al volar. Y, a veces, yo solo quiero: volar, volar y volar,  que incluso canten los rulos una copla sin más y, con su granito, gira y gira. ¿Qué quiere el rulo? ¿Quién sabe?. Tal vez llorar….

En los viejos lagares de Villanueva de la Sierra, dejaría muchas horas de mi infancia y pubertad, entre un sonido de queja y lamento, prensas que desprendían el oro del aceite, y la canción del motor “Vellino”, que expulsaba sus humos al aire puro, a la mansedumbre del discurrir, ya manchado por el alpechín. Sí, arroyo de los Lagares que me suena a cántico, Sahual abajo  dejando atrás muchos nombres  y su largo camino hasta descansar en el Tralgas, tras pasar por mi molino – entonces de mi abuelo Melecio Mateos - que todo me suena a eco y olor de molienda a la par, que con Antonio Machado sólo nos queda cantar.

Ha llovido mucho desde entonces, cuando, muchacho, “mojabas la sopa” – el pan tostado y mojado en aceite-, que ahora los dietéticos describen su bondad. Aquel molino, testigo de una época, que sería testigo de la guerra incivil y, especialmente, de la posguerra y la persecución de la Fiscalía, que los lagareros arrojarían los pellejos de aceite a un huerto contiguo, y la estampa sepia de tío Bernardino y otros lagareros, los fallos del motor y la traición de las correas de cuero.

Años de pena y luto, eco de la contienda “incivil”, los jinetes rabiosamente verdes – entiéndase la Guardia Civil –, y aquel  tiempo de silencio y persecución, época del estraperlo, de pellejos, cómo caía el aceite, el oro del tiempo, el fruto de las aceitunas, el canal de agua y su caídas sobre los cangilones de la rueda. Tiempos sepia y  coral de hombres y mujeres, alcanzando la Villa entre canciones. Qué tiempos. El pueblo era un conjunto de manos hechas para adioses – adiós y ve con Dios -, cultivar el campo, muy horaciano. Los olivares y los trigales; los molinos y las eras, donde se jugaba al futbol. Los seminaristas practicaban con sotana y Emiliano qué Ronaldo. Aquellas vocaciones sacerdotales – muchas - se perdieron en los retablos de los templos y del tributo inexorable a la muerte. Y un olor a aceite y paja, según las estaciones y pituitarias del heno de los prados.

No “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Tanto Villanueva como los pueblos del resto de España, por supuesto, estaban ordenados, vividos, hechos en compañía, como una ópera coral y compartida. “El Común” de las cabras en El Egido, la fábrica de gaseosas, la de harinas de los Canana – Ángel, amigo del alma -, los hornos de pan, los coches de línea de tío Florencio y tía Teodora, y los primos Felipe, Nicolasa y Emiliana. Aquella casa donde llegaba el viajero más raro y, sin embargo, allí encontraría un camino para un largo y extraño viaje. El café y algún antibiótico en el autobús, matrícula Zamora. Y el correo, ya sin valijero.

Moza mi madre, vería el primer coche que llegó a Villanueva, en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, junto a la laguna y el croar de ranas. Las posadas y sus extraños viajeros y estables. La de abajo y la de la plaza, y los trajes oxidados de toreros a la lorquiana cinco de la tarde. Maletillas que soñarían con la gloria o estarían de vuelta, “Gordito” y sus banderillas. El pilar.. y tío Sixto y su tambor. Carreras, ayes, la vaca que se metería en la morada de los Casasola… Los sacerdotes en los balcones de Durán, las talanqueras, los “valentones”, la tarde densa y cansina, cuasi la noche y, si el morlaco no moría, el tiro de un guardia.

 El rito del casino y la taberna, sentirse tahúres y hacer solitarios. A la una, el toque de campana nos llamaba al almuerzo. Después, algunos hombres jugarían la partida en el bar de Eleuterio o en el de Felipe, que traería cierta modernidad y la coca – cola. Qué esplendor de villa, ahora dormida entre sueños lejanos. Todo un libro arrebataría a ese tiempo de silencio y gloria rural.  Con un zurrón de nostalgia rescato las horas idas y dormidas en la memoria. Y con nostalgia y Machado digo: “Se canta lo que se pierde”.

Estampas sepias del coraje del hombre y la bestia en tiempos de estraperlo. Vida, pues, co-creada, que diría Teilard de Chardin, y tantos oficios, incluido el de zapatero, el de sastre – Iluminado -, la modista, el guardicionero – el padre de Ángel Paule -. La fragua como una mala copia de Velázquez, y los pastores…. El Egido y el Sahual y el discurrir del agua por las calles, donde, nuestras manos de niños, alzábamos molinos gracias a los juncos.

El pueblo “interpretaba” una callada canción coral, cuando existían oficios: carpinteros – mi recordado tío Pedro – y sus ataúdes -, zapateros, alabarderos, molineros... Y, además, conjugábase con un ritmo acorde a las estaciones del tiempo. Ahora la nostalgia envuelve melancólicamente esta alegría apagada. La /voz /las voces. Mozas con pamelas, los rostros de nuestras beldades, ilusiones de vida y esperanza. No, no quiero mostrarme melancólico, porque, sin duda, siento que vivo / soy / fui. Quizás la nostalgia sea un error, pero qué seríamos sin ella. Canta, muchacho canta, la gloria que guardan nuestros centinelas: los olivos. Y así lo hago, como una copla, “Sahual abajo/ Sahual arriba /.Con esta villa sueña…/ Sueña mi vida”.

P.D. Desde estas líneas, apoyo, fervientemente, la manifestación de los paisanos por el desprecio con que se trata a uno de los frutos más hermosos del Universo.

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