LAS LETRAS DEL VIENTO. El redondel dorado de la mies

Bullen lenta, cansinamente, las imágenes de mis viejas Eras en estas pupilas, cada vez más cansadas, más nostálgicas, -aunque la nostalgia sea un error -, pero, ahora que paso junto a ellas, me siento huérfano y una lágrima de los años idos se desliza, tristemente, por la piel. Aunque Baudelaire diga lo contrario, el ser humano se alimenta, sobrevive de ese viejo celuloide, que se pierde en el misterio del tiempo. Cómo no recordar las Eras, o las fábricas de harina, o las tahonas, con un olor que sigue / seguirá  en nuestras pituitarias. Cómo no recordarte sol de justicia y tu puesta de sol –que sigue siendo la misma, ya ves: con más años -, y como una moneda que suena, lejanamente, a escudo portugués, a alfandenga redonda de fados y saudades, ecos de Amalia Rodrigues.

Quien de vosotros, paisanos de Villanueva de la Sierra y serragatinos, no recordáis – a pesar del calor y de los cuarenta grados -, la parva dorada y redonda, la mies como el oro del pan -, aquel rito, cansino y lento, de asnos, mulos y vacas -, cuando el pueblo era una magia de olores, sabores y faenas, lejos ya de cuanto sucedió y nos queda en la troje de la memoria, que el hombre es, esencialmente, memoria, no lo dudéis, que nos “alimentamos” de recuerdos, aunque haya quien diga que lo mejor del recuerdo es el olvido.

Ahora os veo, paisanos y paisanas, bajo ese sol de justicia, como simples caballeros que llevaríais un espíritu de valor frente a los grados elevados del sol,  ese olor inolvidable en nuestras pituitarias, o el són de los campanillos colgados de vuestros largos cuellos, toque majestuoso, bajo un sol ardiente, vuestro rito en la era de Melecio Mateos o en tantas otras, el botijo…. O el rito de la pala cuando la paja se desprendía del grano. Qué dureza la vuestra, hombres y mujeres, qué matrimonio con la Naturaleza, qué simbiosis entre el hombre y ella, como si proclamaréis, humildemente, el excelso don del universo, la estampa dorara de la mies, esa fecundación celestial del Padrenuestro, el lento paso de plateros y muslos – qué os diría Juan Ramón Jiménez al ver vuestra estampa con vuestros plateros -, el viento y la pala, estampa bucólica y pastoril. Cómo me canta la nostalgia al pasar por esas Eras de Villanueva o las del abuelo, o las de Villa del Campo y tantos otros pueblos, en una comunión consagrada de la Naturaleza, donde el trigo era mies de oro, parábola de Cristo, olor de tahona, aroma singular de pituitarias. Ahora veo / os veo Eras como la reliquia dorada que perdí, la estampa que cuelga en mis neuronas. Todo, en suma, colgado, como afiches, en las paredes de mi memoria, cuando el sol reinaba sobre nosotros, aldeanos y aldeanitos, con el filo afilado de sus rayos y, quizás, hasta fuésemos felices, quien sabe, en esos paraísos perdidos y hallados no muy lejos.

Tardes de El Parral y su estanque, ocasos de perfumes y frutos, minúscula fuentecita de granito, sueños de amor en los corazones evaporados de nuestras chicas. Esa, así de breve, quizás sería parte de nuestra felicidad o estábamos en el tío vivo de un mínimo paraíso. Los árboles y sus sombras, el olor de sus frutos, el mágico juego de las sombras, el ocaso inacabable e inacabado, que nos llevaría, mágicamente, a oír una “saudade”- Amalia Rodrigues, por qué no, más allá de la Sierra de Gata.

Sí, claro que teníamos máquinas: la “Ajuriaenea” vasca - quiero recordar -, el arte alado de mover los liendros en los brazos bailarines de los hombres. Esa cultura conjunta de estar unos con otros, bien fuera la siega, bien la aceitunera, unidos por nuestro paraíso terrenal. Todo lo veo como un inmenso coro, gorjeo de pájaros, sinfonía del Nuevo Mundo - ¡cantad, piad ¡-cómo venían los jilgueros en busca de un grano, en su ballet sobre un montón de trigo. Claro que era dura la siega y otras tantas faenas; “pero si el campo es una esclavitud, decidme: dónde está la libertad”.

Quizás lloren mis ojos ante la imagen de trigo abundante, picacho de granero, cebada o centeno; quizás mis lágrimas se escondan en el corazón adolescente de nuestras ninfas, con aquel olor a era – perfume de pituitarias – a la sombra de los álamos de Alonso Mora – verdad, Pedro de Lorenzo -, a crepúsculo de adioses de un sol de fragua de vertedera, o a una atmósfera de soles y olores, de campanillos y crepúsculos, cuando la moneda del sol caía, lentamente, por la hucha lusa del ocaso, que todo esto era nuestro lar, nuestro corazón, nuestros ojos, nuestras pituitarias, en suma. Y sonidos de las campanas. Tocad, muchachos, tocadlas que dejen sus notas, como jilgueros, en las ramas de los olivos; que, sin duda, cantamos lo que perdemos, pero, concededme, aunque sea por un suspiro, este corazón nostálgico de válvulas.

Con el crepúsculo, quizás el sol se habrá ido a acostar por sus pasillos de siempre, en la alcoba misteriosa de siempre, con su redondel excelso de siempre, y seguirá siendo el mismo, saldrá y se ocultará, según las estaciones; y quizás las sombras sean distintas o no y, porque tengo derecho, según el código sepia de cuerpos y sonidos, porque, en ocasiones, sacaré vuestras viejas fotos, muchachas en flor y os llevaré, en mis ya desgastadas pupilas, y os revelaré, como fotógrafo mayor de la Naturaleza, con el alba, cuando el campo encienda sus encantos y hasta ame la vida para bebérmela con el rocío de la mañana. 

En el ocaso de la tarde, al pasar por las Eras, enciendo, en ocasiones, un cohete, y lo tiro al firmamento para que el crepúsculo sepa que vivimos.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.

A vosotras, ninfas de Villanueva de la Sierra, cuando los ruiseñores plantaban jacintos en vuestros cuerpos.

 

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