LAS LETRAS DEL VIENTO. Réquiem por el "árbol gordo"

Al fin he tenido que rendirme, a pesar de las muchas lágrimas vertidas, que he dicho adiós a la vida, como si fuera el gran músico Puccini. Mi corazón no podía más, mis arterias y venas, lo mismo; y sentía mucho que los mirobrigenses, con lo que me quieren, me viesen en un estado agónico. Yo he sido un hijo más de la vieja Miróbriga y, aunque pertenezco a otra especie, teníamos una gran hermandad. La vieja Miróbriga era mucho yo y yo era mucho la vieja Miróbriga, que soy, en cierta medida, alma de esta histórica ciudad y así que aquí eché raíces profundas; mi estancia, un símbolo más y hasta he andado en tantas retinas, que se me han quedado mis ojos, quietos y llorosos, seguros que han perdido vivencias en esta ciudad de mis aires, soles y vidas. 

Sé que estos días de agonía, esta gente lo está pasando muy mal ante mi agonía, que no cesan de arroparme y sacar imágenes, extranjeros también. Sí, hasta siento cuando vienen extranjeros, a prenderse de la belleza de Miróbriga y hasta me han rezado mientras enfermaba y, ya ves, en agonía, que no han cesado de caer mis hojas, esas “hojas – que al caer – juguetes del viento son –“, pero, de todos modos, yo “tengo mi coranzoncito” y sé que, en estos instantes, me desmayaré como si un rayo me hubiese herido, aquí están mis “médicos”, intentando salvarme de la grafiosis.

Cuanto he visto a lo  largo de los años de mi vida. Yo sería, para estos paisanos, qué sé yo, todos se citaban aquí: “Quedamos – decían - en el árbol gordo”. Sí, y hace ya tiempo, mucho, que junto a estas raíces mías, se reunían los hurdanos y esperaban a los ricos agricultores para las tareas de la siega. Qué hombres tan duros, hechos a la fatiga. Cuántos segadores en estas tierras de pan llevar, por esos pueblos de Dios – “Válgame Dios” y “La hija de Dios”. Qué nombres. Hace años, a Miróbriga venían muchos seminaristas– ya no queda ninguno en el Seminario -.  Me acuerdo de un tal Francisco, natural de San Felices de los Gallegos, el pueblo de las tres mentiras: Ni santos, ni felices, ni gallegos. Ay, Señor, eran otros tiempos, los del nacional catolicismo. Qué pena. Estoy suspirando por el alma de mis ramas, seca mi sangre en las hojas, suspiros al viento, viendo como mis hojas dejan su retina en la catedral o, tal vez, suspire y no sé si suena una campana y tocan a difuntos. Ya sé que la tristeza está en el alma de mis paisanos y yo no puedo con mi savia…. Con lo que he sido… Gracias a vuestros ojos: “Aquí yace el Árbol Gordo, por los siglos de los siglos. Amen”. 

Y tú, el que levantas crónica de mi agonía, siempre que pasabas ante mí, me mirabas, como si fuese una especie del Paraíso Terrenal. Tú, además, estás muy vinculado a mis hermanos, que hasta en Villanueva de la Sierra, nos conmemoran. ¡Y qué gran fiesta, la del Árbol. Tú, el que rezas por el alma de mis hojas  y por mi tronco, por mis ramas, también. Sí, tú no hace mucho, estuviste aquí, amante de nuestro reino, mira si hemos contribuido a que el hombre respire como Dios manda o se cobije, ante la lluvia, bajo nosotros, y hasta cantemos coplas junto a la corriente del río. Mira el Duero el Duero al pasar por Soria, y los versos de Machado y San Saturio en su ermita.

Cuando tu escribes, ha llegado mi hora, y mira si he resistido esta enfermedad, que, sinceramente, a esta gente de Miróbriga, tan hecha a mí, tan encantada con mi sombra, ¿besos?, claro, pero miraba para otro sitio. Tagore dijo que “el hacha pidió al árbol su mango, y el árbol se lo dio”. Y ahora que me cuentas esto, te digo: “El que antes de su muerte ha plantado un árbol, no ha vivido inútilmente”. No me llores, Juan Antonio, no me llores. Sé que eres un sentimental. Ahora, me encomendaré a Dios y me iré al Paraíso.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.

Al vecindario de Villanueva de la Sierra, deudos del árbol y, por supuesto, a la memoria de Don Ramón Vacas, que abrió al orbe la grandeza de la fiesta del árbol.

 

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