LAS LETRAS DEL VIENTO El sabor de los membrillos

Al calendario se le ha caído su hoja de agosto, “el agosto, augusto y lento”, ese tiempo que sabe a holganza, a playa y espuma de mar, un paréntesis de ocio que invita al olvido y holganza. Agosto es evasión y búsqueda, orillar la rutina del horario, invitar al cuerpo a ese tiempo inexistente, a la espuma del mar, al oleaje de las olas, a dejar prendida en la retina la belleza de las ninfas, esa piel tostada en el sol grande del año o  “il mare / il mare e no pensare a niente” – “el mar, el mar y no pensar en nada”-, gracias, Leopardi. Sí, nos ha dicho adiós ese paréntesis denominado vacaciones y, cerrado el mismo, de nuevo, regresaremos a la rutina, los pies volverán al recorrido de siempre, al camino que nos conoce, al jefe que no habrá vertido al mar su bilis, nos abrumará el aparato administrativo, echaremos pestes del negociado, del chico de la ventanilla que nos mirará con ojos de odio, rotaremos de señorita en señorita con un papel al que le falta una póliza, el portero, como en tiempos de Larra, te / nos dirá “que vuelva usted mañana”. Recuperaremos, pues, los malos gestos, sin pensar que ante una ola prometimos que nadie, nadie, ¡nadie! turbaría nuestro ánimo, y que dejaríamos la acera a la anciana o al anciano, hasta te alterarás por la geografía de la oficina y, mientras caminas, seguirás oyendo, como una canción, el vals de las olas. Oh, ninfas, por qué no venís.

Septiembre es un encuentro escolar, un nuevo año, al que llaman académico y se le caen las hojas de los libros de texto, es como si abriéramos un tiempo nuevo, que estrenásemos pupitres y profesores, caras distintas, huir, huir de la monotonía, al fin y al cabo, el hombre es rutina si no busca algo mágico, qué sé yo, la creación, escribir un poema, decirle una metáfora a tu chica, abrir los ojos al otoño, escuchar la nueva sinfonía del aire, ver cómo caen las hojas, pisarlas como si fueran alfombras mágicas, buscar una metáfora en el viento, como quien recoge una mariposa, mirar la luna llena como si estuviera bañada en plata.

A mí, como a ti, querido lector o lectora, o viceversa, se nos irá cayendo el tiempo – somos nosotros los que nos caemos, como el misterio más insondable, como el árbol se queda sin hojas -, que te aparece, sin querer, una cana y, lentamente, tu testa se transformará, año tras año, en una imagen apostólica y a tu chica le descubrirás una arruga en el rostro – la arruga es bella -, sí en un vestido, pero en esa belleza que duerme con nosotros, que la llevamos prendida en nuestro iris, que la miramos como si el misterioso tiempo no pasara por ella…áh… esté el hombre triturado por la insondable y la suavidad de una caricia que no sentimos – con más tiempo, sí -, y no, no quiero proseguir porque el tiempo no pasa: pasamos nosotros.

Por eso, retornad, retornemos a la infancia, la verdadera patria del hombre, según Rilke. Somos eso: infancia, el paso de los días son hojitas que dejan solo al calendario, como al árbol caduco lo empujan las hojas a su caída. Por estas calendas, cuando estaba en el tránsito de la infancia a la adolescencia, perdido el olor del trigo, amaba y sigo amando a los membrillos como si el aire del otoño acariciara mi rostro, mis pituitarias y mi felicidad con la lectura de Tagore o de Neruda o de Machado. Sí, me encantan los membrillos “tan posados” para los pintores. Tengo esta / esa época dibujada en mi retina y siento el placer de la felicidad. Dejaré mis retinas en los cuadros de los grandes pintores y el color de sus membrillos. Ahora,  al pasar por el puente sobre el Duero, bien en Soria o en Almazán, le canto con Antonio, y le arrojo una perra gorda y canta, canta: “Mi río Duero / río Duero / nadie a cantarte baja / nadie saca su pañuelo / para decirte adiós / decirte lo niño que soy / y lo mucho que te quiero”.

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