LAS LETRAS DEL VIENTO. La sombra del ciprés es alargada

Reproducción de un cuadro de Van Gogh
Reproducción de un cuadro de Van Gogh

Para ser sinceros: nosotros los cipreses estamos muy repartidos por todo el orbe - con una sombra muy especial, naturalmente, cuando reina el sol -, en cementerios de ciudades y pueblos, que, de tal suerte, con nuestra altura simbolizamos la unión entre el cielo y la tierra. Los griegos, no sabemos el por qué, nos consagran a una divinidad infernal y los latinos, sin embargo, alaban nuestro culto. Nosotros no preguntamos el por qué; son cosas de los dioses y, hasta dicen, que, en Europa, significamos señal de duelo, y evocamos la inmortalidad, en este día tan especial,  dos de noviembre, cuando los parientes de los difuntos, vosotros / as, tú que escribes, veis en esa dolorosa ausencia, la evocación de la inmortalidad.   

Estamos muy satisfechos de nuestro tronco tan alto como esbelto, que nos consta que gozáis al vernos, con una sombra fina y alargada, como una lanza, pero muy lejos de ella. De todos modos, seamos símbolos de lo que sea, mediante el espíritu del Señor y, gustosamente, os acompañamos y, en cierta medida, hacemos guardia cerca de vuestros deudos. Somos como una navecilla hacia la vida verdadera. Y, hasta nos dicen que, al ser árboles perennes como somos, representamos los símbolos de la generación y de la muerte… Lo desconocemos, pero eso dicen los sabios en esta materia. En verdad – que  así fuere -, nos alzamos, altivos y serenos, en urbanizaciones de tronío, ya muchos de nosotros, muy común en ellas y en casas palaciegas. 

Somos altos, muy altos y, de ello, estamos orgullosos, unidos, naturalmente, a vuestra compañía. Alguno de los nuestros, en altura, quizás sobrepasen los cuatro metros, que es medida de categoría, y, en verdad, que en nuestras confidencias, no solemos hablar de tal hermosura, porque, de tal suerte, gozamos con nuestro tallo recto que, en ocasiones, buscamos y elevamos mercedes y oraciones por esos cuerpos que yacen cerca de nuestras raíces y, en las preces de los deudos, alabamos con gusto  nuestra altura señorial y, como pebeteros olorosos, “prendemos” de silencio y señorío, nuestro hermoso tronco, aliento animado para el cortejo y, no por ello,  armoniosas nubes y, desde allí, parten jubilosas, como aves del cielo y ruegan preces al Supremo Hacedor, y hasta cantan salmos. Por decir, que digan, y hasta afirmen, como algunos expertos en botánica que, hasta llegan a decir, que somos árboles fálicos. ¡Válganos Dios Nuestro Padre! 

Gracias a Plinio, el escritor, que es nuestro cronista, y cuenta, que era asaz común, en sus días, colocar nuestras ramas cortadas delante de las casas, para, de esta suerte, dejar buen olor donde yacía algún difunto. Y hasta el muy conocido  arquitecto romano Vitrubio, alaba la dureza de nuestras ramas ante el mal resultado de los abetos, árboles, según cuentan, muy afectados por gusanos…

Y, finalmente, os cuento que el ejemplar de Soma, situado en la Lombardía italiana, data, ni más ni menos, que de la época de Nuestro Señor Jesucristo, es decir: dos mil años, y la altura se eleva, nada menos, que hasta treinta metros y siete de diámetro; cómo para no presumir.

Curiosamente, en los lares cacereños de Villa del Campo,  se alzan dos cipreses en un corral derruido, donde un señor quiso, a su arbitrio, que lo enterraran, prescindiendo de la tierra sacra del cementerio, pero, el clérigo, acogido al código canónico, ordenaría que sus restos reposaran donde Dios manda, y como Dios manda descasan en el cementerio del pueblo. Somos, sencillamente, bellos y, hasta siento un cierto pudor al decir esto, y la alabanza que debemos al Creador, al elevar nuestro tallo, original, además del olor lejano que desprende: a incienso; y esos paseos de Dios, donde  escoltamos tumbas y dejamos un bello paseo y, hasta una sombra tan peculiar, una bella recta, original y larga, dibujada sobre la tierra. 

Una vez más, estos días, seremos fieles a cuantos os acerquéis a los sagrados recintos de los cementerios. Si, alguno de vosotros nos veis, no dejéis de elevar una oración. En la mágica ciudad de Granada, hasta tenemos un paseo, que lleva nuestro nombre, a continuación del Paseo de las Adelfas. El nuestro es un camino rodeado de cipreses, construido en el primer tercio del siglo XX. Y, de algunas tierras sacras, nos llega y la escuchamos con deleite, “La Marcha Fúnebre” de Chopin. 

 Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista. 

P.D. A cuantos, estos días, han dejado, en nuestros corazones, el dolor de la ausencia.

Este diario lo hacemos todos. Contribuye a su mantenimiento

ING Direct - Sierra de Gata Digital
Nº CC ES 80 1465 010099 1900183481