LAS LETRAS DEL VIENTO. "El tío Lao", aquel ser del cuaternario

Nunca sabré cómo llegaría “El tío Lao” al jacal humilde de la viña, a la humilde choza, como si vigilara las vides a lo largo y ancho de una heredad, que trepaban las ubres de las parras y se colgaban en nuestras pupilas, aquellas parras evangélicas, las uvas y las manos femeninas y el verde de los pámpanos, acuarela de los tiempos de Jesús, dorado ya el último sol de la tarde, el dibujo oscilante de la lejanía de las sierras, el murmullo de los chascarrillos de las mujeres, y aquel personaje de García Marquez, que aún no sé cómo llegaría hasta Villanueva de la Sierra e hiciera morada en ese jacal de mi abuelo Melecio.

En esa época, aún estas tierras, humildes predios, no se hallaban solas, conocían dueño y señor de la heredad,  manos femeninas y ubres de “teta de vaca”, que ascendían y le daban a la tierra un color y un sabor. Aún el campo era esa hopalanda verde o dorada que ofrecía la cosecha bíblica del olivo y su belleza, sin la adustez del labrantío y el ocaso se abría con su misterio de siempre, con un fado repentino exhalado desde la cercana saudade portuguesa. Yo alimentaba mi inspiración con los versos de Tagore y sentía una extraña sensualidad, no sé cómo si el ánimo me cantara, brotara como el sonido de una guitarra rasgada, quejío del alma, cuando las mozas dejaban sobre la pasarela de la almendrilla – qué carretera -  la sensualidad de sus cuerpos.

Pero, ¿y tío Lao? ¿Qué hacías  Lao en aquel jacal?. Tu vida cuasi a la intemperie, ser del Mioceno, de otro mundo, en suma, como si nos testificaras los latidos lejanos de otras épocas. Además tío Lao andaría por las calles de Villanueva de la Sierra, envuelto el torso con culebras y lagartos. ¡Uf, qué miedo!, vistos con nuestros ojos de niños, cuasi en la frontera adolescente. Ahora, asomado al pretil del puente de las horas, podría pensar de una época muy lejana, qué sé yo. Cómo observo la armonía de los árboles de la carretera – qué cabeza la del ilustrador de las carreteras, frondosos álamos, eso sí, pero peligrosos para automóviles y camiones; y el ziz-zag de los rayos – recuerda, por ejemplo, a aquella mujer, montada en su burrito, la “acarició” la vida un rayo -, cerca de la fábrica del señor Romualdo, hombre ilustrado y exquisito, elegante y aquellas dos nietas, tan amigas, Andrea y Romualda Rivas, espejos donde vería la belleza cuando esta se abría a nuestros ojos  y  corazones adolescentes – que como diría el  amigo novelista Martín Vigil: “La vida sale al encuentro”.

Tiempo horaciano y sentimental: la estampa ya perdida de Las Eras y su estampa bíblica, liendros, trigos y cebadas al aire acariciando una brizna, estampa romántica y sepia, la parva y la era, ya recuerdo sepia,  la monotonía circular de los animales tirando de la trilla,  olor de cereal y ocasos.

Y aquella estampa del tío Lao,  y una procesión de muchachos tras él, hombre de otro mundo. ¿Qué hacíais tío Lao en Villanueva? ¿Y en el Pilar de la plaza?. Cuatro caños y su canción monótona, corrillos de mujer, diario local de palabras dormidas sobre el granito húmedo y  el agua que se deslizaba calle abajo. Cuánto de Horacio tenía Villanueva de la Sierra, que el romano Sículo lo cuente, que crecíamos con la azucena, nos tallábamos con la higuera o en la entrada de la iglesia, esquela donde figuraban los “Caídos por Dios y por España”; los de la “otra España” serían carne de águilas, como si me lo recordara el mismo Antonio Machado – yo amigo de su cuñada y sus sobrinas -, y “tu españolito que vienes al mundo / te libre Dios /una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”.

En aquellas charlas confidenciales de posguerra, atiende niño, atiende…En ellas, oirías que, durante la República, cuando Elías Durán, rico y señorito, daba su paseo al atardecer, algún que otro obrero le sobrarían relaños para decirle: “Aquí tienes un sitio” – alusión a sepultura. Después de los tres años como tres siglos entiéndase Guerra Incivil -, estos ojitos míos verían a ese hombre pulcro, sentado al atardecer en su era, abierta al paisaje del ocaso con mi padrino, Rufino Saúl. ¡Ay, los tiempos! Con la llegada del “Glorioso Movimiento Nacional”, a su paso, las mujeres dejaban la humildad de la sillita de enea para incorporase y corresponder con las “buenas tardes”.

En la época republicana, el abuelo Melecio Mateos mediaría para que los pasos de Semana Santa recorrieran las calles, El Nazareno y La Virgen de la Soledad. ¡Qué cambios¡ ¡Cantad, cantad hijos de Villanueva!: ”Perdona tu Pueblo, Señor; perdona tu Pueblo, perdónalo, Señor. “¡Canten todos; hombres también!”. Aquella época, sin embargo, no la llegaría a conocer, gracias a Dios. Me llegaría el lejano eco de “La España triunfal” y nos tallaríamos los chicos con el nombre de los Caídos junto a la puerta de la iglesia. Aquella España de palmeta y lágrimas, del “maquis” y el estraperlo de pellejos de aceite a Castilla – “de Castilla el trigo, pero no el amigo”, decían los extremeños y los castellanos respondían: “Y de Extremadura el aceite, pero no la gente –. Los españoles, siempre igual… Ese tiempo de silencio, de herraduras, sin embargo, salvad la vigilancia de los jinetes rabiosamente verdes -, y que la Luna rebaje la luz de su plata…

Pero vayamos con tío Lao, que  era como buscar un conquistador extraño, cubierto aquel de la repugnancia y miedo de los ofidios. Qué miedo. Esa España que parece, os parece de cuento, pero no lo era. Qué personajes en aquel silencio del valor de las palabras y, sin embargo, agrícola y pastoril, no exenta de personajes estrafalarios: el del asno con un lobo muerto; el cojo y su niño con la copla dolorosa del grisú, la Fiscalía, las denuscias... El toque del pregonero y los bandos: “El se hace saber de orden del señor alcalde…” Siempre la villa nos presentaba algo nuevo, el capador de Frades…, por ejemplo… Todo un mundo envuelto en el celofán de un tiempo caduco, con unas horas de luz y el eco de la guerra. ”Mañana, en la batalla, piensa en mí.” Volvería la picaresca entre sombras, el estraperlo del aceite, los pellejos yacentes en la trasera del camión, “el enfermo imaginario”, ante una detención de los jinetes rabiosamente verdes…( Guardias civiles)

Nos despertábamos / nos habían despertado los ecos lejanos de las bombas, y vivíamos con un dolor de miedos y sombras, cuchicheos, pasos y pasos, entradas furtivas, dejadme que meta mi cuerpo en el estanque del Parral, y se posen en mis ojos los nísperos, huela todo el perfume de los frutales, y me embriague con ellos,  trace el sol una estela de oro sobre este cuerpo adolescente, vea a las ninfas entre los vencejos del ocaso y llene mis retinas de sus pieles, cuando tío Lao quizás habrá vuelto al jacal y canten los grillos una canción desesperada, la tibia bombilla deje un haz de luz para no tropezar con las piedras. Qué quizás me atrape esta tela negra, cuando escucho las lejanas voces de los lagareros y cubra la retina con  estas ninfas, sueñe con sus cuerpos de guitarra, cante el gallo y se inunde el campo de un aroma indescriptible.

Quizás la aldea – cuasi villa de Villanueva de la Sierra - no quiere que la cante con el desgarro de una voz de aguardiente; y muy bella será la madrugada con el rocío, cuando el sol se asome, deslumbre con su  aliento a los árboles, y recuerdes el “Menosprecio de Corte y Alabanza de aldea”. Qué en esa época, años de posguerra, abría el sol el gran teatro del mundo y lo fotografiábamos con nuestras retinas, aroma suficiente para amar el encanto de vivir y, la tarde, con las ninfas – os cito, interiormente, a todas -, sus pies sobre una pasarela de carreteras y sus miradas con las que nos envolvían la grandeza de vivir. En casa, me esperaba el sonido de acordeón y, durante las siestas, en la sacristía tocaba “tristeza de amor” de Chopin y - ¡y qué precio tenían esos momentos ¡ -. “Tío Lao” pertenecería, qué sé yo, aun ser de la Edad Media. Qué sé yo. ¿De dónde habrías venido, Tío Lao?. ¿Serías hijo de una viñeta medieval?. Ahora que me asomo a la barandilla del recuerdo y no, no te veo en la retaguardia del 36. Tú serías hijo no sé de quién. Y ese mundo, ya tan lejano para mí, entre la realidad y la fantasía, era tuyo y tú de él. Me haces dudar; y quizás hasta lo comentara, alguna vez, con García Márquez. Tú, tío Lao, tenías tu Macondo y estaba en la viña de mis abuelos, a un tiro de piedra de Villanueva de la Sierra, donde reposan mis antepasados y, ahora, en el recuerdo, oigo tu canción, Areta Franckin.

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