LAS LETRAS DEL VIENTO. Aquellos viejos y heróicos lagareros

Estampa sepia, más bien atezada, negra, de aquella lejana España de luto y hambre, del subdesarrollo, de esos tiempos de mari castaña, como dice el vulgo, cuando el hombre intentaba buscar caminos nuevos, inventar, crear, en suma, una máquina, algo que aliviara la lejana cultura del esfuerzo. Qué mérito el suyo, dejar el músculo, el ánimo en estas tareas, quizás pensando en que, un día llegaría a sus ojos otra luz, quizás también un artilugio, una máquina para aliviar la dureza del trabajo, sustituir el músculo, puro y duro, por otro invento más liviano y ligero. ¡Qué dureza!. Los que aún, como yo, hemos conocido el apéndice de lejanos tiempos, puedes imaginarte, amigo lector, la valentía, que tanto para mí, como el resto de los mortales, atesoraba el hombre  hasta que llegara, un día, el alumbramiento mayor, el haz del rayo de la inteligencia y, de esa suerte, aliviara los duros afanes de los hombres, hasta que la sombra técnica abriera un rayo luminoso en la dura senda del hombre hacia la modernidad.

Qué duro era hacer, entonces, la travesía del desierto de la vida, lo medidita que era, qué doloroso el sufrimiento y, dentro de la grandeza humana, muy sería el camino de la vida y fuerte el dolor, lejos de la  anestesia y estos descubrimientos que han revolucionado el oficio de vivir. Aún he visto la incredulidad ante la credibilidad de cuando el hombre pisó la Luna y gente que, ante esta gesta, mostraba un rictus de incertidumbre.

Yo he conocido aún los retazos, las sombras esclarecidas de los postreros ingenios en mi viejo molino, lagar de mi abuelo Melecio Mateos en  Villanueva de la Sierra; y seguiría con mis pupilas de niño y adolescente aquellas faenas en el viejo y restaurado molino, el motor marca Vellino, las poleas, los rulos y el trajín enloquecedor de los lagareros. Hasta Villanueva de la Sierra y pueblos aledaños, tardarían en llegar, procedentes de Béjar, esos utensilios – morejones y ruedas, el giro cansino de los rulos, ya sin mulos –para regalarnos el oro molido de la aceituna y aquellos ritos de “mojar la sopa” y la gran rueda, y el agua que la movía, y aquella industria – observad ya el nuevo vocablo, cómo giraba y giraba la rueda como si escuchara un tango -.

Qué lejanos los lagareros de esta imagen de esos otros que prenden en mi retina, como una imagen sepia de aquellos “años del hambre”, de aquella España de luto y silencio… Estos viejos lagares que la gente ha dejado caer y, con ello, las nuevas generaciones han perdido ese rico legajo, como reliquias del esfuerzo, de un tiempo ido y perdido, lejos de estos otros lagareros, hombres de fibra y fuerza, que dejarían en sus pueblos el sabor rico del aceite, la masa del carozo, el genio e ingenio de esas vigas, eso sí era ganarse el pan de cada día y “mojar la sopa” de cada día en esta estampa lóbrega de la España negra, que la gran fotógrafa Ruth Matilda Anderson nos ha dejado la sombría imagen prendida en la retina. Qué grandes hombres de noche y día, que iniciasteis y abristeis un sendero para que el aceite llegara al corazón de los hombres. Gracias.

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