Aún flota en mi memoria, allá en la lejanía, aquel ser misterioso, digno de un sueño, inconfundible en Casar de Cáceres, pueblo, entonces, agrícola y ganadero, con su laguna y casas de Las Viñas, junto al paraje de la Nacional, 630. Muy en lontananza, mi viejo Instituto – Colegio de Humanidades –, aulas por las que pasarían, gente de relieve, Sergio Sánchez, El Conde de Canilleros y, posteriormente, una pléyade de ilustres profesores, desde Eladia Montesinos Espartero, nieta del General -, hasta Arsenio Gállego, matemático y lírico, amigo de Antonio Machado en el Instituto de Baeza, el latinista, Martín Duque, que su rúbrica era un rostro con barba y ojos. Le estoy viendo en la lejanía de la memoria. 

No puede uno imaginarse la llegada al Casar de Cáceres del maestro don Angel. Aquel vecindario vivía sorprendido ante una evocación de la Vieja Roma, ante un personaje tan singular, oriundo de Mogarraz, pueblo cercano a la Alberca. Obedecía por Angel Rodríguez Campos – 28 de junio de 1894 a 1956 - huérfano, aprendería las cuatro letras en un orfelinato y, su trayectoria, pasaría por el sacerdocio. Presocrático y dotado para las Humanidades, hasta el punto de que trataría a Unamuno, en su etapa de Rector de Salamanca, que acogería a aquella mente privilegiada en su casa, a un tiro de piedra de la calle de la Compañía.

Sin duda, don  Ángel llamaría la atención en esa ciudad, entre la enseñanza y los toros, no solo por su atuendo – calzaba coturnos, ceñía diadema y, al parecer, era su propio sastre -, cursaría Magisterio, junto al Palacio de Anaya y, en suma, le ponía un sello muy singular. Sí, vestía como si aún mandaran los emperadores romanos. Don Ángel ponía un acento especial entre sus versos latinos y su cultura presocrática. Era, lo que se dice, un sabio y un eminente humanista. Se le conocía, además, por “Helénides de Salamina” y aquellas palabras suyas, derramarían pétalos de rosas, versos en latín y griego. 

Don Angel era, pues, un ser raro e incunable – túnica, manto y sandalias -, y vestía como los sabios romanos. Amante de las flores y las lenguas muertas, le pondría un viejo lazo a la ciudad de las piedras de oro. Heredero de la antigua Grecia y Roma, llevaría su cultura, donde los campesinos, al verlo, llegarían a dudar en qué época vivían. Lo que daría yo por haber visto la llegada de Don Angel al Casar, y los murmullos de los vecinos, que no se hablaría de otra cosa. Hasta nuestro Ilustre Rodríguez Moñino, sugeriría que se conociera su obra y se editara. Porque su Panelenio – ¡ventiún mil versos! -, que ya son versos, hechos para exquisitos paladares literarios.

De ahí que esa época del Casar no se concibe sin el regalo humanista de este ser, raro e incunable, sabio, estampa clásica, en su huerto y jardín, como una oda de Horacio, que comía como si estuviera en el siglo de Pericles, reclinado sobre el triclinium. Privilegiados esos escolares, herederos del tesoro de la palabra, el ejemplo de ser de otro mundo, como si la sombra del Partenón se alargara hasta estos pagos. Qué rostro de sorpresa no pondría, el amigo Valeriano Gutiérrez Macías al hablar con este sabio y, especialmente, abierto a sus palabras, al ver un ser excepcional, un hombre, en suma, de otro tiempo.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.   

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