La magia de los huertos urbanos

Huerto Urbano
Huerto Urbano

Qué libro blanco de la nostalgia, qué libro muestra interiormente las páginas de las horas, la ausencia, diurna y nocturna de las campanas, las que nos regían cuando, solemnemente, nos recordaban, por ejemplo, la hora del almuerzo, que era un rito, como se llama – o se llamaba – el padre Prior a su Comunidad -, el libro de las horas, recuerdo lejanísimo de conventos y monasterios, toque con olor a incienso – lo llevábamos en nuestras pituitarias, como en el ánimo se lleva la alegría o la tristeza, lejana tradición monacal  - el libro de las horas, letras góticas para la lectura, además, de reyes y reinas -. Ya no suena ni mi reloj de aldea, que nos anunciaba la hora del almuerzo, ni se tocan las campanas a vísperas. 

Cada día se nos hurta – o se nos muere - alguna que otra tradición, en este calendario de prisas y adioses, cuando, tristemente, la soledad está, cada día, llevándonos la magia de ciertas citas e ilusiones, sin los debidos ritos, que, lentamente, se evaporan con el paso del tiempo.

No hace muchos años, la vida, en cierto sentido, nos la marcaba, mecánicamente, desde la Casa Consistorial, el reloj  y su toque de campanas, que nos invitaba a recordar  la canción: “Reloj no marques las horas”. Aún hoy -¡y vaya si ha llovido desde entonces! –  archivo, en mi retina, la imagen del relojero que llegaba a la aldea en un coche de carreras. Quiero recordar que se llamaba  Santa Olalla y tenía tienda en la calle Pintores, junto al viejo café Jamec. Pero ¿quién era, ese personaje, para un chico de aldea?. Imagínate, lector, hasta parecía el mismo Fangio, por el automóvil de carreras. Aquel hombre tenía en sus manos el misterio del tiempo y acudía a darle cuerda al reloj de la aldea, la inolvidable esfera que llevaré siempre en la retina y las campanadas de las horas.

Qué sabíamos del Menosprecio de Corte y Alabanza de aldea, allí, en el viejo rinconcito del mapa de la provincia cacereña, al norte, a un tiro de ballesta del triángulo hurdano. En las horas sepias del tiempo, runrunea el eco de una década de posguerra, digna de la inteligencia preclara de  Ortega y Gasset. ¡Qué filosofía no interpretaría mi admirado filósofo y qué fruición un ensayo suyo!

Todo este exordio, para expresar cómo la nostalgia del campesino, ha buscado un pequeño predio, en la periferia de la urbe, para cultivar, como un monje, un pequeño huerto y llevar, en sus manos, el fruto de la semilla, regarla para que crezcan las plantas  como un brote rebelde de la agricultura, allí donde la tierra da un grito rodeada de monóxido de carbono.

Todo esto, para darle “al menosprecio de Corte”, sello verde de la “alabanza de aldea”. No sé cuántos “huertos urbanos” llevo contabilizados, varios, a un tiro de piedra de la plaza de Castilla, pagos de Fuencarral. Brotan, en un ejemplo, de retornarnos a nuestros predios, a mis prados y huertos, como cuadros impresionistas, cuando mis ojos se prendaban, de crío, de los surcos y sus plantas; y el viejo pozo, imagen de la abuelita en la lejanía de quien, como yo, soñaba con cualquier impresionista – Renoir, por ejemplo . Qué decadencia la de esta época, tan cercana a “enterrar” estos pagos descuidados. Que todo era  ritual, pincelada  campesina, gozo de alimentarnos  de la huerta, sin los intermediarios de ahora. Gozar, en suma, de las hortalizas, regadas con el agua fresca del pozo del Parral, que me sabe a paraíso perdido, cuando el pueblo entero, al toque de campana, nos convocaba a la hora del almuerzo. Entiendo que se canta lo que se pierde.

Un día de estos, mi paisano Juanito, verato, a tres metros de una Inspección Técnica de Automóviles – ITV -, ha querido recordar sus viejos pagos y, a un tiro de piedra de San Sebastián de los Reyes, ha escrito, rudimentariamente, una bella página agrícola para recordarnos  aquellas huertas, que aún duermen en la magia de la memoria, el viejo huerto, la sombra de la higuera, el naranjo, vergel, en suma, donde escribiría mis sueños en las hojas perennes de los árboles y, en mi Parral, el rostro de la melancolía, en el espejo del agua, cortejado por las higueras y mis estanques, donde  yo tendría mi bello y cautivador paraíso y mis nidos, jilgueros que volarían con mis sueños.

Qué nostalgia la de estos hombres, que llegaron a la Villa y Corte, y, en pagos madrileños de Fuencarral y otros sitios, plantan y cultivan sus huertos,  “huertos urbanos “, como quien no renuncia a su pasado, a “la patria de su infancia”. Reconforta llenar nuestras retinas de estas pinceladas, como quien recuerda el colorido de los Impresionistas o la estampa de un tiempo que, afortunadamente, se resiste a fenecer.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista

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