Desde la cumbre de la sierra de Dios Padre, contemplo, ensimismado, el festón sereno de sierras y montañas con la humildad de quien ama al Creador, de quien prende en mis retinas un ondulado perfil de curvas, la lejanía de Cáceres – en días claros, allí donde el paisaje se transforma en llanura, pasado Portezuelo -, los dos picachos de la sierra de Béjar y, especialmente, acuno mis ojos en el baile sereno de la Sierra de Gata; y me sentiré tan humilde que amo la grandeza y dejaré prendida la retina ante la hopalanda de olivos en las besana sombrías de la Sierra de Gata.

Cuanto significa ese paraje para mí, porque, al fin y al cabo, el hombre es un paisaje y forma parte de él. Existe, por tanto, una simbiosis, un enriquecimiento, una inspiración; y hasta buscaré las musas que revolotean como jilgueros en esa hopalanda de olivos, encinas, alcornoques y robles, mientras escucho, lejanamente, gorjeos de pájaros, el misterio de un robledal, jilgueros que dejan una canción sobre una rama…

Y, todo este preámbulo, para hacer parada y fonda, un alto en el camino, en Villasbuenas de Gata donde nos convoca esa náyade digital y quijotesca, que nacería en los aledaños de La Mancha, que nos convoca a todos como el algüacil digital que se pierde, gracias al fascinante mundo de Internet, y la plaza de Villasbuenas de Gata se hace grande, se recogen las palabras al calor de Sara Fontán, mágica y artística, “absolutamente moderna”, que diría Baudelaire. ¿Y qué dirían nuestros antepasados al comunicarnos tan fácilmente? Quizás se morirían de susto, no entenderían este mundo tan comunicativo y, paradójicamente, tan aislado, en un sentido humanista. Pues gracias a esta mujer, La Sierra es más conocida, enseña los gozos y las sombras del día, sabemos qué acontece…, vamos, como una pregonera ecuménica en la era de la comunicación. De ahí que tenemos que agradecer y reconocer la tarea de esa dama de Quintanar de la Orden, rapsoda de estos pueblos, tan lejanos a los de hace unos años –“no hablo de años; hablo de épocas”--, antes de que, lentamente, se despoblaran, y sacaran los habitantes sus pañuelos de nostalgia y dijeran adiós con lágrimas, y emigraran con la imagen de un olivo, el canto de un jilguero o de una tórtola; y soñarán con lo único que somos: la infancia, nuestra patria.

No perdamos ese medio – el digital - que con tanta ilusión y esfuerzo creara Sara, cordón umbilical de la lejanía, paraíso donde canta el gallo, florece la amapola y el cuco es sonido de gramola en la noche y en la madrugada. Hagamos un esfuerzo para que no se mueran las palabras. Bien merece La Sierra “la oración laica de la mañana” o, lo que es lo mismo, un periódico. Que no se mueran la palabras, aunque sean digitales, que no se mueran, porque largos, muy largos serán los días y no tendremos un espejo donde se miren nuestras horas y las palabras no encuentren unos ojos.

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