Al final, sin darte cuenta, el tiempo - ¿y qué es el tiempo? –no el geográfico, el hecho exteriormente dentro y fuera del misterio humano, la lluvia, el frío... Ahora puedo decir con Platón que “he entrado en esa segunda navegación”: las más serena y más hermosa para él, desde la lejana colina de los años. Quizás yo esté, habré iniciado el rito iniciático del “adiós a la vida”, como si oyera el Tosca de Puccini, en un paisaje tan duro y, sin embargo, frágil. ¿Sereno?. Tal vez: en la extraña relación de la vida, el recuerdo, el tiempo… Ahora, en mí sentimiento, he escuchado muchos, muchos toques del badajo de la campana, como el boxeador que lucha en el cuadrilátero hasta que cae por el golpe del adversario. Quizás habrá que esperar al tiempo, a esos ecos de campanario y reloj, a ese “ring” arcano de la vida. Ya quisiera yo ser Platón y contarte, lector, la escatología que nos envuelve. Qué siento, en lontananza, aquel viaje a ninguna parte, ahora plateada mi cabeza, mientras emergen ausencias y esencias en el misterio de la memoria y el pensamiento. Qué podría yo decir, con permiso de Ortega, qué se escribía en la página, sepia y bíblica, de los olivos de la Umbría o de su lagunita, ahora con flores como lámparas sobre el aceite y el olor a cera. Quizás mi memoria me haya llevado a sentirme aquel niño que fui, pues como tú, lector amigo, que abriría senderos, como todos, en este misterio que es vivir, soñar, recordar – lo mejor del recuerdo es el olvido – y esperar, esperar siempre, sentado ante el último rayo de la tarde, ver el misterio de ponerse el sol hasta caer en la hucha de la noche. Son muchos los viajes que hacemos y nos hacen sentirnos misterio del tiempo, especialmente cuando recordamos la última curva del camino. Al fin y al cabo, la vida es un viaje, a veces a ninguna parte; otras desapacible. Ahora, que miro hacia atrás sin ira, que intento ordenar mis neuronas – qué pobre y qué aventurero -, busco, por ejemplo, la magnanimidad, la aventura de un lejano viaje de mis padres, recuerdo sepia con el matemático y poeta, Arsenio Gállego – que obra tan intensa – compañero de Antonio Machado en Baeza -, su mujer,  Mercedes Cantero, natural de Villasbuenas de Gata y hermana del bueno y santo Don Fausto Cantero Cuadrado, secretario del Cardenal Segura, que dejaría en su alma poemas de un corazón roto por una de las dos Españas en Toledo, hombre de confianza del Cardenal Segura; y no recuerdo quienes más, en busca del paraíso perdido de Las Hurdes. 

Irían como quien iniciara una respuesta, un sentimiento ante el paisaje y el hombre. Al cabo de tanto tiempo, buscaban el misterio de Las Hurdes – el padre de Doña Mercedes había muerto en Casar de Palomero, donde Don Tomás, el curandero, sublimaba el mito de los milagros, con sus curaciones mágicas - .

Villasbuenas de Gata entraría en la magia terapéutica con el agua milagrosa de los baños de la Cochina, que tanto recomendaría don Fausto. Naturalmente,  que “desconocerían” el rito viajero de Alfonso XIII, el destierro del doctor Albiñana, la magia surrealista de Las Hurdes. En lo nuevo, se abre la belleza de la aventura, se crea el mito y el rito. Poco queda ya  de aquella circunstancia orteguiana y cuánto podría yo contar de charlas al calor de la lumbre, a la bendición del sol, al misterio de la luna, pero ¡se ha ocultado tantas veces ya el sol, la luna, las mañanas y, tal vez  yo, haya hecho una corona de laurel, mito del niño que fui y, sin embargo, quizás siga siéndolo, escondido en ese misterio, hasta este tiempo de envejecer!. A veces, si quieres ser feliz, sigue siendo niño, que es una manera de sentir y, por tanto de vivir. “O si quieres ser feliz como me dices, no analices, muchacho, no analices.”

Al fin y al cabo, ese baúl de órganos, el espíritu y su sensibilidad en el complejísimo tejido de nervios, simpáticos y parasimpáticos, urdimbre del Creador, ahora que miro el almanaque…, siento un no sé qué…, eso quizás sea el hombre.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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