Noche de cuna en San Martín de Trevejo

Juan Antonio Pérez Mateos, en la tercera fila de la parte derecha, con bufanda roja
Juan Antonio Pérez Mateos, en la tercera fila de la parte derecha, con bufanda roja

Este mismo rumor, el que me llena de vida, el que abre los sentidos, el que conmigo canta una copla manriqueña, el que nos recuerda que nuestra vida, como estos regatillos, van a morir al mar – una vez más, Jorge Manrique -, en la noche oscura del alma, abierta a San Juan de la Cruz, la noche muy cerrada, los regatos como lágrimas alegres de las nubes, decidme qué queréis de mí, cómo ayudáis a soñar a vuestros vecinos, que rendís pleitesía a Jorge Manrique, “nuestra vidas son los ríos…”. Qué sosiego, el alma se serena, la noche invita a soñar con estos regatillos, aprendices de río – el Manzanares, lo es -. Pasadas estas noches en la Hospedería, he seguido por las calles de San Martín de Trevejo, con esa dualidad  del nombres en su callejero – la calle  Forti / Fuerte y tantas otras -, la belleza convulsa de este manojo de casas, de este singular callejero, donde la noche invita a soñar y, por ende, a crear. Si los Senior hemos venido hasta aquí, para tomaros, además, el pulso muerto del ardor de las llamas, su recuerdo estremecedor, que he abierto mi corazón para que el sosiego habite en mí. El sosiego, rica palabra que invita a la calma. Felipe II recibía a sus súbditos “con un sosegaos”, hermoso vocablo, para hacer más familiar el encuentro con el Rey.

Así, en esta soledad sonora, he sido sereno en San Martín sin cantar las horas, la lluvia caía mansamente, hasta ese pilón, que guarda, como un tesoro, el prohibido lavar bajo una multa. O junto a la iglesia, bella y triste, de  San Martín de Tours, con tres tablas de Luis de Morales, “El Divino”, sin el campanario, que ignoro el por qué alardea de su figura, lejos del templo, en la plaza mayor, quizás porque, si no me engañan mis notas, tendría una doble función: convocar feligreses y ser refugio de malhechores, desde que se alzara durante el reinado de Carlos V, donde, por cierto, figura un Mateos, vete a saber, querido lector, si por él no correría la sangre de algún lejano pariente mío.

Cuánta historia duerme en esta villa sorprendente, estatuas barrocas, tablas del pintor Morales y la casa Convento de San Miguel, en San Martín de Trevejo. Dibujo de Agustín Floresdel Comendador de la Orden de San Juan de Jerusalén, donde nacería mi amigo Félix Hidalgo, primoroso palacete, donde habita su centenaria madre, doña Carmen. Cuánta belleza derramada, embrujo para la creación, qué misterios en esta hora de las brujas, cuando sueñan en la calle Forti, mis amigas Victoria y Justa, vecinas del periodista Luis Carlos Díez, la hermana Pilar, samaritana, los Boticarios… y, como galeno, hace años, mi pariente, Eduardo Corchero y su mujer Lola…

Por el casco antiguo las casas – palacio del Comendador y de los Ojesto -. Cómo llegarían hasta estos pagos, que ha llovido mucho desde entonces, el Cardenal Almaraz para oficiar el funeral de Ojesto; y Menéndez Pidal y  Vasconcelos, en busca de escudriñar el mañegu, tomarle el pulso al dialecto. Últimamente, la legión de los Senior, han alzado en la hospedería un lugar para ponencias y debates, con el fin de escudriñar una parte de este paraíso perdido. ¡Lo que habría gozado Milton! Entretanto, en el conticinio de la noche, con mi fonendo, bajo la lluvia, ausculto la noche, canto con los grillos, cuando soñáis, sueño, plácidamente, con una canción de cuna.

Por la mañana, al ver los olivos, recordaré las palabras de Alberti: “¿Qué es un olivo? Un olivo es un viejo, viejo, viejo / y es un niño /. Con una rama en la frente y colgado en la cintura / un saquito todo lleno de aceitunas”.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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