Cómo no iba a cantarte, aceituna, escribirte algo, con permiso del olivo, pendiente que cuelgas del árbol evangélico, pasaje y paisaje bíblico, Monte de los Olivos, donde ha nacido nuestra cultura, tan unido a Jesús, sueño del amor, sueño del dolor, hecho a la patria de la infancia, horas del niño que he sido y, tal vez siga siéndolo, al motor que sonaba a mis espaldas, junto al arrayo de los Lagares, pobre en aguas, rica, sin embargo, cuando tus pendientes colgaban de los olivos, tan tuyos, tan míos,  mi infancia, agua que corre, corre con mi vida, en las noches de luna, noches lorquianas, noches de amores, cogiendo aceituna, madre, dejaré mi fruto al hombre que quiero, del que me enamoro. Que cantaba el molino, con el agua y la rueda, el morejón y el aceite que quiero y, para ti, hombre, un beso ciego, ojos del alba cuando, madre, el gallo canta y yo lo quiero en el olivar y en la matanza. Si el hombre tiene una patria, no es otra que la infancia, la hoja del calendario que caía por estas calendas, con la vara del mozo y las manos arrugadas de las mozas, el rocío de la tierra, aceitunas caídas yo si las quiero, como el corazón tuyo, al novio se las doy entero. 

Niño de posguerra, noches de luna y rocío, “aquí Radio Andorra, emisora de las Valles de Andorra”. Aquellos hombres del serano llevaban en sus rostros, el  cansancio, la desolación de la guerra: tres años como tres siglos. Algo intuía el olfato de un crío, a las ondas de la radio, a las lágrimas que buscaban un pañuelo. Atrás quedaría el veranillo de San Miguel,  septiembre de aprobados o suspensos, aceitunas, madre, aceitunas, hija, tú la coges de una en una.

Sierra de Gata, hopalanda de plata, olivos en sus espaldas, amo el olivo con el alma, y  su tronco abstracto. Mis ojos se llenan de un ejército de plata, olivareros altivos, paisaje grisáceo desde las peñas de la sierra de Dios Padre. Mi paraíso del Guijarral y la laguna, postal romántica, sueño y melodía con los grillos, paraíso con este sol decadente del estío, símbolo de gloria en la Grecia antigua, que abría una civilización nacida en el Mediterráneo, expandida allende los mares.

El periodista, Mort Rosenblun, testigo de contiendas bélicas, compraría una pequeña parcela en la Provenza, con unos olivos abandonados de la época del Rey Sol, árboles que se remontan a la época de Plinio. Olivares, olivares, árboles de tantos lugares, símbolo de gloria en la Grecia antigua, civilización desde Andalucía hasta Tierra Santa,   montañas de Marruecos, los maltratados en la guerra de Bosnia… La aceituna, ese noble fruto. ¿Cómo llegaría a estos pagos? ¿Cuántos años?. Mira que hay olivos viejos, centenarios, por Argentina, Turquía, Siria, Grecia, Egipto, Estados Unidos, Marruecos, Italia, Argentina. Alabadlo como dice Bertolt Brecht, “jubiloso hasta el cielo.”

Amo este paraíso de la Sierra, los pendientes de las olivas, la actitud marcial, sencilla y austera del olivo. En Soria, hasta tiene una plaza – la del olivo -. Tal vez a la musa de Machado le faltara este árbol, donde canta el jilguero y acompañara sus versos camino del Duero. Amo este paraíso, patria de mi infancia, voces lejanas, calla la rama, canta el jilguero. ¡Sierra de Gata cuanto te quiero!. 

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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