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Nada sé de Blas Romero, “Platanito” en la hiedra cuadrangular de los carteles, que será de él, si sigue vendiendo lotería por esos restaurantes… Nada sé de él, desde que lo viera, con relativa frecuencia, en un restaurante de El Pardo. Qué dura y perra vida la de este hombre, que lleva en el rostro el reflejo de los olés y verónicas de las plazas de toros y, especialmente, sus sueños de gloria y luna, tras una travesía tan dura como es la de saltar de ruedo en ruedo, mirar la hora lorquiana de las cinco de la tarde y soñar, en fin, con la gloria efímera de los carteles. A pesar del tiempo transcurrido, que vaya si ha llovido, cuando sonaba el clarín en las noches de estío en aquel Vista Alegre, ya en la historia, donde estos ojos, han visto, en una barrera, al genial Dalí, cuando en los pagos carabancheleros se oían ecos de clarines y olés, ruedo donde se habían escrito grandes tardes de olés y verónicas, Cossío de arena y piedra, puerta grande de un Madrid, abierto a dejar en sus páginas de gloria, faenas de cierta historia. 

De eso, sería testigo Blas “El Platanito”, cuando él vería cómo se abrían las puertas a la gloria efímera de las cinco de la tarde, en aquel Madrid poblachón manchego, en el antitaurino horario de la noche, con y sin luna, que regía la plaza el sabio y amigo mío, Domingo Dominguín, capaz de ese menester y leer a los filósofos, antes de hacer el paseíllo. Blas Romero sería el símbolo de la España de planes del desarrollo – la de López Rodo – y la sombría mirada de un país que quería ver otros paisajes, lejanos a los del mismo Blas, testigo del campo de concentración de Castuera – 1945 -, la vida perra de Blas Romero, Legazpi incluido, que tocaría la gloria fugaz de la popularidad, dormiría entre las musas del hotel Victoria – mil pesetas de la época -, vender lotería siempre “tocando el bombo de la suerte”, cinco duros cada décimo…

Sí, Blás, te he recordado al ver que “Platanito”, sería un tren que quince años antes del AVE parecería la forma y la idea de un pájaro, por los sesudos ingenieros de la red ferroviaria. ¿Y sabes cómo se llamaba?. “Platanito”, revolucionario como tú, con el que España haría en los años setenta y ochenta, el experimento hacia la alta velocidad, con su morro aerodinámico y la esperanza de modernizar la vieja piel de toro, ante la competencia del avión y el coche. Esta joyita duerme sus sueños – los ferroviarios, claro – en la estación navarra de Castejón. Hasta veintidós años expuesto a la intemperie, oxidado y sucio, grafitis…, expuesto a la inclemencia del tiempo, un Titanic, versión tren… Cuánta filosofía en estas vidas plutarquianas, “un Titanic” en tren. Qué paralelismo. Y qué triste final. La vida, como ves, es muy difícil en el redondel y en líneas paralelas. Suerte, no obstante.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

A Blas, si, casualmente, lo leyere.

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