Qué sensibilidad la de Sara Fontán, qué acierto en levantar acta y de arrojar al “infierno” de un contenedor, una serie de libros, de la suerte que fuere, del autor y su creación, con lo que cuesta –“que la inspiración te coja escribiendo” y lo que significan en el desarrollo cultural del hombre - hasta se habla de un libro como complemento, virtud en desarrollo del hombre. Lo que ha significado y significa una obra, de la materia que fuere, en la formación humana. Así de sencillo: todos está en los libros. Nos abren sus páginas, generosamente, para enriquecernos, generosamente, con sus pensamientos.

Así el hombre ha ido culminando su papel – nunca mejor dicho en la historia de la humanidad -. Qué grandeza las de sus páginas: recoger el tiempo pasado o el tiempo ido y abrirnos su pensamiento para cocrear la civilización humana. Podría decirse: “Dame un Biblioteca” y transformaré el mundo”. Imaginaos la de Alejandría y tantas y tantas que han dejado un gran poso en el devenir del hombre y su época. Si somos alguien – repito – es gracias a la generosidad de los libros, a su generosidad; ellos no piden, sin embargo, nada a cambio.

Dejarlos como presentes, leerlos y enriquecernos, hacernos, en suma, hombres de nuestro tiempo. Así, con el tiempo, han buscado su sitio en las bibliotecas, donde nos esperan, pacientemente, para hacernos mejores hombres. De ahí que me haya herido esa incuria, ese desprecio con el que se ha obrado en la Casa Común de Gata. Pobres libros de sus autores y, también, nuestros. La Biblioteca, alma, corazón y vida, en este caso la de Gata, ha sido maltratada, bien por la incuria o por la falta de sensibilidad de quienes tenían el privilegio de cuidarlos.

El hecho ha sido muy desafortunado – que los responsables hagan examen de conciencia -. Autores anónimos o sin relevancia literaria, sea quien fuere, han sido víctimas de la tropelía a la inteligencia. Quizás me recuerde “El venceréis, pero no convenceréis” -, de Miguel de Unamuno, en El Ama Mater de la Universidad de Salamanca, “Capital del dolor”, Palacio de Anaya, cuando Francisco Franco vivía en el Palacio del Obispo, frente a la belleza dorada de la Catedral Salmantina. 

El alma del libro nos abre la mente, nos educa el pensamiento, la actitud, abrirnos la magia de la inteligencia, enseñarnos a pensar, sentir, convivir, en suma; respetar el pensamiento de cada uno.

Quizás lo acontecido con los libros en la muy bella Gata, no es más que un acto de falta de sensibilidad literaria, histórica, narrativa o cualquier otro género y, por ende, del autor/ autores que crearan esos textos. Muy interrogantes podríamos plantearnos ante un acto desdichado y triste, vulnerar, en suma, de una manera soez el bello reposo del libro en los anaqueles, el arte de abrirlos, el gozo de tenerlo en las manos, cautivar o cautivarnos con los ojos de esos textos, lo que enriquece un libro, siempre tan abierto a nuestra curiosidad o “robarles” unas metáforas, la grandeza, por sencillo que fuere del autor. Un acto así revela una incuria, una falta de sensibilidad, propia de los tiempos inquisitoriales.

Ricos y amados libros, pasto no de las llamas, de “estar por ahí”. Porque un libro no solo pertenece al autor, nos pertenece a todos, de ahí la prudencia con que ha de procederse. En mala hora, se ha cometido tal desatino, propio de tiempos de barbarie, y estoy seguro de que, en el ánimo del autor o autores, no se pensase en una conducta malintencionada. Sí, tal vez, en una falta de sensibilidad. 

Me consta, sin embargo, la tristeza con que Angel Hernández, un pestalocci serragatino en esos pagos, ha presenciado un hecho tan desagradable como desafortunado. Amante de los libros, Angel, que ha dejado su pedagogía en varios pueblos de la Sierra, se ha conmovido ante este desatino. Como alardearía Don Quijote con su “libertad, Sancho”. Que desatino, cuando el libro corre el riesgo de quedar “como objeto de culto”, ante la nueva era de Internet. A un hombre sin libros, es como si le faltara el aire reposado del pensamiento. Que diría de un acto como este, por ejemplo, Ortega y Gasset, estos días que gozo con la sabiduría de su escritura y la riqueza de su  prosa. 

Cada libro que veíais aquí, tenía su alma, la del escritor, la de sus lectores, porque, cada vez que un libro cambia de manos, bajo los ojos a las páginas, crece mi espíritu y, por qué no, también mi fortaleza.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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