Rumores del Árrago en Cadalso

Cómo me gusta oír / sentir la canción de tus aguas, Arrago / de mis días y mis noches, cuando la luna pasea contigo, que casi se deja caer como una moneda inmensa en la hucha de la noche, río Arrago, río Arrago, nadie a cantarte baja / nadie viene a oír  tu eterna estrofa de agua, que podría cantarte esto mismo Antonio Machado, con su Duero y el amor de Leonor. Yo te he visto Arrago tantas veces y te he oído tantas noches, tantas que me siento enamorado del regalo de tus aguas, que viajo, sentimentalmente, contigo, contador de quien, como tú, recoges las aguas de tantos y tantos arroyos y arroyuelos. Qué no sabrás tú, querido Arrago, de estas tierras, de estos pueblos, de estas gentes, cómo se citarían los arroyos y los arroyuelos, a lo largo de generaciones y generaciones, que vendrían a descansar o a sumarse a tu caudal, siempre escoltado, como río grande de la Sierra de Gata, con  veneros, lluvias, tejas que nos cantaban en nuestros sueños, bajo esa luna llena, testigo de tantos hechos, historias de arrieros – “arrieros somos y en el camino nos encontraremos” –, testigos de tantos aconteceres, del ruido de los molinos de aceite, de pasos y pasos hacia Castilla, “la que face los homes e los gasta”; y estos paisanos míos, burlando la vigilancia verde de los guardias, tiempo de estraperlo, de pedirle a la luna que no mostrara toda su luz – todo a media luz como un tango -, en aquella década de los cuarenta y cincuenta, vigilantes los jinetes rabiosamente verdes, guardias civiles.

Tú, mi Árrago, abriendo tu cauce, ancho en aguas  – entre comillas - que el terreno no da para tanto, aguas, bajo un romance de Lorca, luna lunera, tu cauce nacido de un favor de la Creación, coqueto, siempre, donde te acompañan y te miran alcornoques, castaños, olivos y viñedos. Aún conservo, en el recodo de la memoria, un molino, en buen estado, en esos pagos mágicos de Robledillo….; y cuantos viejos molinos de aceite y, algún que otro, de harina, se pavoneaban ante miles de olivos –“de Castilla el trigo, pero no el amigo” y los castellanos: ”Y de Extremadura el aceite, pero no la gente”.

Cómo te miran los olivos, madre, como te miran, Arrago, que sabes dejar tu cauce ante la pupila de plata de la luna, la belleza que no te robaría tu imagen un pintor impresionista, por ejemplo, que no sé cómo no han levantado los pintores sus lienzos para reflejarlos. Lo que os perdisteis, los Renoir, Corot…, el puente del arroyo de la Garganta, la misma calle de la Rúa en Robledillo de Gata o el adiós al Puerto Viejo…, o ese chorro plateado de Ovejuela.

Yo me quedo con una riada tuya, capaz de salirte de cauce o ese descanso, rico en aguas y anchura, abierto ante la casa Piris,- los Canchones - donde me has acogido para sentirte, aliviarme ante el estuoso sol nuestro, que discurres, pues, como acostumbras, con más o menos agua, testigo privilegiado de estos molinos, que cantas como una copla de Jorge Manrique, ya desaparecidos o mostrando su incuria. Y, así, lentamente, nos dices, con delicadeza, esa copla… Con lo que has visto, sin embargo, cuánto callas, /Arrago de mis sueños /Arrago de mis horas /Arrago de mis baños /Arrago del alma mía /Arrago de agua fría. Allí, donde saco mi pañuelo y tú te llevas la imagen de mi cara en tus aguas.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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