Sierra de Gata: En el corazón y la cabeza

Las palabras de José Miguel López, y que acabo de leer son flechas que van, con todo cariño, no exento de firmeza, al corazón del presente y el futuro de la Sierra de Gata. Su misiva nace de un pensamiento reflexivo y de una mente clara. Es un toque de atención, como quien hace sonar la aldaba, para despertarnos del letargo, sí, de esa somnolencia en que duermen nuestros pueblos, llamados a entonar un miserere, un adiós a la vida si, entre todos, no ponemos remedio a una agonía, lenta y amarga.

Con cuánta pena he visto fenecer pueblos de Castilla, aldeas donde sus viejecitos esperan ante unos rayos de sol, su adiós a la vida, como Toscas que dejarían en las besanas el calor de sus afanes. Cabezas pensantes que no han sabido cortar la hemorragia de unas vidas cansadas, dormidas ante la televisión, que está bien que se vea, pero, como todo, con moderación. No exento de tristeza, vería pueblos y  tierras, en una época no muy lejana, cómo sus habitantes  le dirían adiós con un pentagrama melancólico.

Tanto los regidores como nosotros – me culpo de ello -, hemos ido dejando morir, lentamente, estos alientos de vida y estancia y corremos, con ello, el riesgo de perder nuestra propia memoria. Un pueblo así, está condenado a perecer. No afrontó el Franquismo, a pesar del desarrollo de López Rodó, el rostro y la localización debida de sus habitantes. Urbanistas, cegados por la especulación, cayeron en manos del negocio inmobiliario, sin el menor amor por el gusto y , otro tanto, con la agonía de las comarcas. Qué hermoso para un país que no languidezca ni el pueblo ni la comarca, ni la provincia – dínoslo Ortega:”¡Las provincias en pie!”-. Con gran tristeza, pues, he asistido a la depauperación de España. Por ejemplo, la marcha de los primeros habitantes de mi pueblo natal, donde reposan mis antepasados. Y uno es de “donde tiene el amor y donde tiene los muertos”. Aquel éxodo, cuando yo era  muchacho, me dejaría un poso de tristeza y melancolía. Por las calles sin luz, vería marcharse a los primeros emigrantes a Asturias. Un día que firmaba ejemplares de mi libro “Los Confinados” en “El Corte Inglés” de Oviedo, me los encontraría, y  no faltaría a quien se le soltara una lágrima. De ahí que, debemos buscar la fórmula de vertebrar las comarcas para, de esa suerte, evitar la sangría.

Nuestra verdadera patria es la infancia – lo decía Rilke -, y el hombre es tierra y vuelve a la tierra, crecemos con la encina, el naranjo, el árbol, en suma, y somos hijos del paisaje que crecería con nosotros, la belleza de esta tierra parda, la sierra que dibuja en nuestras retinas su ondulada canción de belleza, y no, no debemos perderla, porque moriremos. Y esto es lo que, desgraciadamente, está ocurriendo en España. El éxodo. ¡Tocad a arrebato! ¡Que no perdamos nuestras raíces! Porque somos sólo eso: raíces y triste el pueblo que prescinde de esta palabra. Que no lloremos la ausencia, que sigan los jilgueros, pardales y estorninos alegrando nuestra vida entre las lomas que nos acunan. Qué se vertebre la industria ideal para cada comarca, sin que se manche aquello donde brota la vida, nos hace crecer y envejecer en nuestros pagos, lejos de esas ciudades dormitorios. Viva el “Menosprecio de Corte y alabanza de aldea”. Loas a esta comarca de Sierra de Gata, que aún nos acaricia con su belleza. Si el hombre se marcha, la convertiremos en un erial. Este medio, que Sara Fontán cuida con tanto mimo, es una voz cuyo eco digital se pierde por todo el mundo. No lo perdamos. Él nos convoca como un amigo y, en cada esquina, escucharemos sus voces y, en cada página, su belleza.

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