Dulce veranillo de San Miguel

Lentamente, te abres calendario, que cuelgas de la pared de mi memoria, fijamente en él la mirada sepia de la viña, la vieja bodega, olor a mosto, mirada sepia que aún cuelga en mis alejadas retinas, como una postal de calendario humilde o, por qué no, de un cuadro impresionista, quizás de Renoir, o del niño que era y, quizás, siga siendo, la mirada en la ladera de la viña, las uvas de la ira, el tozal, donde dejaría sus sueños el tío Lao, hombre de otro tiempo, del siglo  XIX - . Todos tenemos nuestro tiempo, en el mágico calendario de los años, misterio biológico que, sencillamente, llamamos vida - septiembre mes de las uvas en sirio, las uvas literarias de la ira. Tiempo de vendimia, cuando la aldea era coral, bajo la inmensa luna lunera, luna de plata, luna de Lorca, concierto misterioso de grillos, rebuznos, eco de ranas en la laguna, entre la caricia verde de los juncos, la imagen de la estatua, el joven que perdió la vida en la guerra de Marruecos.

Lejanas noches de verano, croar de ranas, toque de guitarra del padrino, Rufino Saúl, coro de sonidos, en el “agosto, augusto y lento”, hasta el dulce veranillo de San Miguel, bodegones de Zurbarán, paraíso gozoso y gozado, juncos de la laguna o en el paraíso del Parral,  con la frescura del estanque y el pozo, cráter de agua para mitigarnos los calores, árboles  con la generosidad de sus frutos, la higuera ancha como una madraza, húmeda y sensual, refugio, en suma, del azote implacable del sol, placeres del estío, paraíso que, lentamente, nos iría descubriendo la vida y una miniatura  de cuadro impresionista, ¿eras tú, Renoir?. Qué más da. Sí, hacían su vida las mariposas y la cigarra dejaba en el aire su canto eterno. Bodegones de nuestro Zurbarán: membrillos, la belleza convulsa, muchachas en flor….

Aún olía a mies y a era, damiselas renacentistas, tatuadas en el corazón, noches de blanco satén, hornacina de los sentidos, dejabais el talle por la pasarela de la carretera polvorienta, junto a los álamos, soñábamos con vuestra belleza, bellas en las tinieblas, perfume en la alfombra del paseo, empezábamos a mirarnos, a descubrirnos, la belleza convulsa. Sí, que nos abrían un apartado de te quiero, náyades de nuestros sueños, besos en un aire quieto, perfil de Monnalisa, en la vereda de la memoria, o chicas del celuloide, Sofía Loren.

Sensaciones que se mezclaban en nuestro natural paraíso. Alguna charla con Martín Vigil – “La vida sale al encuentro “- en la Clerecía, calle de la Compañía / tan tuya / tan mía, sonido de un Stradivarius - en una copia, lo tocaba mi abuelo -. Ahí en el oro de las piedras salmantinas, la sangre de toro, las muchachas en flor… ¿Qué era vivir? ¿Y sentir?. Quizás el vientecillo suave y dulce que enlazaba dos corazones o por qué no “el corazón partío”. “Corazones partíos / yo no los quiero / porque, cuando doy el mío / lo doy entero”. Tal vez, dejásemos el tatuaje del flechazo en una estación donde dormían los sueños. Lejano duerme ese otoño, de golondrinas, jilgueros y palomas mensajeras… A la mía le dejé unos versos y me los devolvería en un sobre sellado con un carmín de labios. Amo el otoño como se aman las hojas del árbol caído / juguetes del viento son. Amo ese río Duero / nadie a cantarte baja, como a los álamos solitarios, donde se oye cómo el sonido seco de las hojas secas, copla manriqueña, eco en la lejanía / en mi lejanía / cuando llevo en mi corazón tatuado una moza mía. 

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista 

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