Conozco muy bien el paraje de la Vega en Tordesillas, situada en un otero, bello dibujo de su contorno sobre el firmamento de una villa histórica y señorial, unida al romance de las aguas del río Duero. “Río Duero / río Duero / nadie a cantarte baja…” Qué habrá pensado ese noble y cinqueño toro ante la estampa medieval del mozo con la lanza. “Como el toro bravo / he nacido para el dolor y la pena”- Miguel Hernández -. Una vez más, cuando he visto la oxidada imagen de la lanza, siento, con Machado, “el españolito / que vienes al mundo / te libre Dios; / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón.” La vieja Iberia, Doña Juana “La loca” y, en ese “espectáculo”, las dos Españas. ¡Líbranos, Señor!. Yo tuve el placer de conocer a Don Jesús Pabón y Suárez de Urbina, gran historiador, autor de una magnífica biografía sobre Cambó, catedrático y fundador de la Agencia Efe, hombre de Don Juan.

 El general Franco lo desterraría a Tordesillas, por un escrito que varios catedráticos le enviaron al General, en 1964, con el fin de que se iniciara una apertura del Régimen. Jesús Pabón sería testigo privilegiado del encuentro entre la Reina Victoria Eugenia y el General Franco con motivo del bautizo del actual Rey Felipe VI. Esa ceremonia sería clave en nuestra historia contemporánea. El General y la Reina se encontraron por última vez y esta le pediría a Franco que tenía tres candidatos a la Sucesión: su hijo, Don Juan, su nieto, Don Juan Carlos y su bisnieto, Don Felipe. “Hágalo pronto; que lo veamos”, le dijo La Reina y el General le respondió con un sí. Don Juan Carlos sería nombrado su sucesor. Por la firma del ya citado documento, Jesús Pabón fue confinado a la muy noble y leal Villa de Tordesillas - patria de Doña Juana la Loca - . Quién iba a decirle a Pabón que un amante de la historia como él “viviría” el destierro tras las huellas de la Reina Juana la Loca, a un tiro de piedra del Archivo de Simancas, al que acudía, casi a diario, durante su destierro, en los años sesenta. Una noche, a su casa madrileña de El Viso, llegaba un policía que le entregaba la orden de confinamiento. Don Jesús acababa de llegar, procedente de la Agencia Efe, de la que era presidente. Todo ocurrió muy deprisa. No daba crédito a lo que acontecía y ambos, don Jesús y el policía se fueron a la estación, camino de Tordesillas. A su llegada, se presentó al regidor y se instaló, en un principio, en un hostal y, posteriormente, en una casa alquilada, una vez que llegaron su mujer y sus hijas.

Allí todo transcurriría bucólicamente en los diez meses que duró el destierro; leería mucho, se haría muy amigo del médico y la gente  de la Villa le acogió con los brazos abiertos y se hizo un vecino más. Nadie se explicaba qué ocurría tras el castigo de un buen hombre y, como digo y repito, un vecino más, hasta el punto que, cuando se le levantó la pena, dos chicas de Tordesillas entraron de servicio en su casa madrileña. Cuál no sería el afecto al desterrado, que el alcalde y los mozos, ante la prohibición del Gobernador Civil de Valladolid para festejar “El toro de la Vega”, recurrieron a él. Este le escribió una carta al Gobernador  y la respuesta no se hizo esperar. Tordesillas podría festejar “El Toro de la Vega”, con lo cual hubo alborozo y cohetes y la fiesta se celebró normalmente, sin que hubiera altercado alguno, como los que ha conocido toda España y la lucha entre paisanos y rebeldes. Ahora, ante el brote sensible de la sociedad española y la división de opiniones ante la polémica de la llamada Fiesta Nacional, he recordado a Don Jesús. Ya no hablamos de años; hablo de época.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

Entre otras obras del autor, figura “Los Confinados”.

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