La oleada de asaltos y delitos, acaecidos en los últimos meses del año de 2014, han  sacudido la Sierra de Gata como si de un terremoto se tratara. La pérdida de las garantías de tranquilidad han colocado la inseguridad ciudadana en el primer foco de preocupación de los vecinos y vecinas serragatinos que ven como peligra su integridad física y su hacienda, con un flaco favor al incipiente turismo rural

En la fría y húmeda terquedad del invierno serragatino, bajo las farolas de luz sepia, se perfilan perversas sombras chinescas. Despreciando la penumbra de las empinadas calles de luz a muerto, suben los malvados. Quedan oscuras sus caras, seguros sus gestos, rápidos sus movimientos. No temen a nada, la noche es su forzada aliada. La confianza de las gentes y la nula vigilancia, son el aval, la garantía del éxito. Ya están las pistolas cargadas, abierto los seguros, ¡ni Dios los para!.

Los gatos huyen a su gateras, con las prisas olvidan sus curiosos ojos clavados sobre los redondos agujeros de las viejas puertas de madera. Ojos que brillan empujados por la luminaria de trasantier.

Alumbrado este, que anda colgado de los nuestros pueblos, de cuando la central hidroeléctrica de la Cervigona o de allende los tiempos, cuando la luz alta mostraba sombrero, capa y espada. Aquellas lucecitas de épocas de antaño, de cuando la claridad parecía fabricarse a cantaros de agua de la fuente cercana o con el barril sin pitorro sujeto a las sucias manos de los niños de entonces, larga espera de la amanecida.

No se oye ladrar a los perros, una absurda ordenanza de capital los alejó de las calles, eliminando la improvisada alerta de los ladridos que, como la alarma de los gendarmes ingleses, corría por todos los rincones de lo pueblos serragatinos. Tampoco quedan municipales, ni alguaciles, ni cuarteles de la benemérita, nos los robaron los mercaderes de votos. Aquellos cuyas promesas manan como la fuente loca del Huerto de los Frailes de Acebo, cuando les apetece y quieren, y cuyas bocas arden en campaña para apagarse durante cuatro largos años de pertinaz sequía.

Se oyen gritos despectivos en boca de las madres de los desalmados. Llantos despegados del musgo de las piedras de las paredes de las casas, donde anduvieron en un tiempo que navega despacio, para surcar el silencio sepulcral de la noche: “Míralu ya bien paí to cochinu, ¡mecá!, que paji un jurdanu. Non, nu te rías que te pegu una guantá, que trais cara de jazel judías. Pa ondi abrá estáu. Qué abrá jechu el mi chachu qu´está conuna palié, conun cuelpu perru i cumu rancíu”.

De entre todas las personas despreciables nos tuvo que tocar en suerte las de peor calaña, la más baja y ruin, la más malvada. Guardia civil caminera, dónde estabas esa noche, cuando subieron por las empinadas calles aquella gentuza armada, dónde quedaron colgadas las vuestras cartucheras. Dónde están aquellos carabineros que, otras veces, avanzaron sembrando hogueras, asustando honradas viejas que ganaron sus arrugas arrancando aceitunas del carámbano de la tierra.

Veinticuatro bofetadas.
Veinticinco bofetadas;
después, mi madre, a la noche,
me pondrá en papel de plata.

Guardia civil caminera,
dadme unos sorbitos de agua.
Agua con peces y barcos.
Agua, agua, agua, agua.

¡Ay, mandor de los civiles
que estás arriba en tu sala!
¡No habrá pañuelos de seda
para limpiarme la cara! (1).

Que nos roban nuestra Sierra, que no va a quedar nada de ella. Que entraron, como Pedro por su casa, lobos fieros de colmillos como puntas de navaja y se fueron dejando herida, de la manada, la más blanca de sus borregas.

En el templo el cura viejo reza con voz temblorosa, en silenciosa calma, y pide a Dios llorando que deje un rato la iglesia. Más arriba un devoto vecino, que miró la ermita del Cristo por su enrejado, vio brotar sangre del Cordero y, a su lado, el crucero bajó los brazos angustiado. A tiro de arco los regidores piensan en cómo han de hacer, para no decidir nada. ¿Qué? –preguntó un vecino que pasaba. Velequí, dando vueltas bajo la porticada, -contestó el que más mandaba-, que eso es cosa de justicias y nosotros somos de otra rama, pero es un compañero y nos dejo herida el alma. Si dejamos pasar esta andanza, sin acudir a las gobiernas, preso queda el pueblo de osos y alimañas.

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó.

Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde (2).

Una voz clamó a la diosa Jálama: “Estaba yo tranquilo en mi casa, limpiando y haciendo caja, el pueblo cansado duerme, la niebla iba alta, pegada casi a mi tejado la luna recostada,… ya sentía yo que los mis perros algo barruntaban. Miré paí una, dos o tres veces, puse el oído en escucha pero no sentí nada. Más, camino del mi aposento, un fuerte golpe me sacudió las entrañas, que no supe de dónde vino ni que significaba. Ya en el suelo el dolor de mí se apodera, los perros aúllan presintiendo la canallada. El aire, que está despierto, silba llamando al auxilio que me ampare, yo sereno. Las oliveras, que son muchas, palidecen y un sauce, sobre sus ramas caídas, llora la triste hora. Ya sólo siento el correr serpenteando de mi sangre sobre el cemento, su olor penetrante bajando por la mi garganta. Quiero parar el rojo río com mis manos y no puedo. No me rindo, saco fuerzas de donde no las tengo, respiro hondo, los maldigo y grito, para mis adentros: ¡canallas!. Espero que pase el tiempo en esta hora tan larga. Pienso: si es la muerte que me venga, si es la vida, yo si la quiero, que echaré un cigarro, en cuanto salga, como si fuera el primero. Le daré un largo beso a mi nieto, con lo chiquinino que es y lo que yo lo quiero, para que él cuando se ría diga: ¡Eh! un beso profundo de mi abuelo para toda la familia, amigos,  compañeros… y, a esa gente que vinieron, un manotazo duro, un golpe helado.

El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
….

Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Ángeles con grandes alas
de navajas de Albacete (1).

Este año San Sebastián desnudo, golpeado y apaleado, tendrá una hoguera grande, llena de lenguas celestes, y la gente bailando hará vítores, romances y cantares.

Las saetas que os tiraron
fueron con mala intención,
todas las tienes clavadas
al lado del corazón (3).

Otra voz dijo, muy cerquina, del pueblo de al lado: “entraron por detrás, con sigilo y destreza, como si conocieran el terreno que pisaron, se llevaron todo el género, el del bueno, aquel que yo tengo de marca. Una buena merma es esta para la mi fardiquera. Luego lo dejaron todo cerradito, como antes estaba, por eso no supimos nada hasta abrir por la mañana. Con salud se lo fumen, que ya no quiero que me devuelvan lo robado de las sus bocas alobadadas, sólo quiero que nos dejen en paz, a los trabajadores de la Sierra”.

Cuando todos los tejados
eran surcos en la Sierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra (1).

Qué sensación tan vaga, qué impotencia, qué deseo de hacer algo sin poder hacer nada. Qué ganas de saber que pasó en Talavera, que quiero descartar que si, por ser Real, fue la primera y es la ruta trashumante, camino ahora de malhechores y maleantes. Un singular paralelismo, una equivalencia en la semejanza: el golpe preciso para inmovilizar a la victima, el conocimiento del escenario, maniatados y abandonados y, sobre todo, la imagen exterior de aquí no pasó nada. Tiempo imprescindible para la huida planeada. En este cruel juego pido un descarte e interrogo ficticiamente al detenido para que llene de respuestas, esta ignorancia nuestra, sobre lo aquello y lo esto.

 ¡Eh!, serragatinos, ya bajan los políticos por el teso Porra, ya vienen con sus banderas por la Atalaya. Sus altavoces por el Monte Chico suenan, la calle Alante llena de banderas y pegatinas de colores sobre los cuarterones de madera. Ya se abre la urna en las escuelas,… luego, cuando pase el calor de la contienda, otra vez se quedará sola la Sierra, sin más defensa que la unión de los vecinos y lo que una voz con otra voz diga y quiera.

Queridos amigos, desde ayer mi vida cambió, desde ese instante todo quería irse no se donde, los sueños me despertaban en una noche sin luna capaz de inspirar la ilusión de continuar, pero no os preocupéis, puedo aseguraros que las ideas siguen su camino. A Dios gracias, el alma todavía deambula por las sendas que siempre caminaron, aunque el cariño ande perdido entre las dudas. Aquí, nada se para. Los espacios tienen su historia y a pesar de las tinieblas que oscurecen el sol, puedo ver la luz ancha y clara, reconfortante. Todavía tengo fuerzas para levantar el puño y apretar fuertemente ese aire que corre solidario por los empedrados de la Sierra, ese olor limpio y libre del azahar de los naranjos. Pensad en mí, sois mi sostribo. Dadme tiempo.

Nota.- El autor expresa su opinión basado en una recreación literaria que unifica ficción y realidad, inventando el texto de la narración y los monólogos que expresan los protagonistas de esta horrorosa historia, de cuyo contenido cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

1.- Federico García Lorca.
2.- Bertolt Brecht.
3.- Himno popular al señor San Sebastián.

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