NOVIEMBRE 2014 CUANDO CALLÓ LA NOCHE. Oración por José Fernández “Yeyo”

Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.

Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles,
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.

Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba, no sé dónde.

Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.

Federico García Lorca, Fragmento de “Muerto de amor”.


Miré al cuello de la Cervigona, allí donde la montaña comenzó a dibujar libros sobre húmedos estantes de pizarras negras. Sobre uno de los canchales, en perfecta conjunción de luz entre el sol y la eléctrica, clavaste una placa de hondo recuerdo al amigo de las plantas autóctonas y las aves en extinción, aquel a quien un  rayo, celoso de la naturaleza compartida, rompió su joven corazón granado.

Tiempos solidarios en los que, tras la barra del bar, buscabas respuestas en el viento, aquellas que tantas veces te negaban los vendedores de chatarra y miedo. Gustábamos de estar contigo en la taberna, hablar de lo divino y lo humano. Amablemente, con una educación de colegio de pago, nos decías “está permitido que pongamos de nuestra parte un poco todos”.

Lo tenías metido en la cabeza, como se mete el zumbido incesante del abejorro en las flores blancas de la jara. Enrocado en ti mismo para que nadie te robase el pensamiento. Una rosa roja tempranamente segada sobre la fría resaca de una tarde de noviembre.

Qué te importa ya esa ventisca que, como el toro de Alberti, enviste con fuerza contra el surtidor, al fin y al cabo la vida fluye por su manguera con la tristeza del hastío.  Aquella pregunta mil veces repetida: ¿Hoy no ha venido Jose?. No, libra los fines de semana. ¡Qué jodido!, cómo es el más antiguo… ¡Cuántos kilómetros de vida servidos!. Has pronto, buen viaje, adiós.

¡Adiós, adiós, adiós!.

Rápidos números del tiempo parados en seco. Se hace un impresionante silencio en la cañada. El grito atolondrado del mirlo, ya no le llama, ni tan siquiera le reclaman las enlutadas grullas que riñen a gritos sobre el cielo gris de la gasolinera, como todas las mañanas. Que le importa de dónde vienes y a dónde vas, si la curiosidad quedó envuelta en el sueño gris de la melancolía, de un sin saber que le produce esta amargura, este abatimiento sin consuelo.

El joven se despide afable de sus amigos y se marcha entre escoberas y retamas. Las oliveras se visten de aceitunas negras, una granada rompe a llorar en semillas rojas. El perfume de membrillos envuelve La Fatela y, sobre la verde hierba, nueces y castañas reposan a la espera, que ya se pasó el duelo de Tolosantos y ahora, otra vez, vela que te vela.

En las ventanas de la torre llora una campana. Largo vuelo de bandadas de palomas cautivas,  ágiles  mensajeras del melancólico duelo. Lágrimas de colores visten de filigranas de encajes, de verde hilo, las montañas de la Sierra.  No queda hoy dolor más oscuro que el de las entrañas de Jálama. Ni los bolillos se atreven a tintinear ante la dolorosa calma.

Sólo interrogantes, suspiros de respuestas vanas, ojillos vidriados que dejan escapar tenues lágrimas por las mejillas de las pálidas acebanas. Ya sale la gente a la calle, ya sube la luna al tejado, ya se rompe el pueblo por todos lados, ya sangra el santo asaetado por sus llagas.

¡Hombre!, no te escondas, deja que la luna sepa de tu alma rota… Es que, no hay edad para la muerte, no, no puede ser, hoy no toca. ¡Malditos sean los que tejen en las mentes devaneos y venden a la muerte jóvenes cuerpos rebosantes de vida!.

¡Dónde está el mi José! -grita la madre engañada-, que lo parí del mi cuerpo y quiero ver la su cara. Tengo como un reconcome aquí mismo, dentro de las mis entrañas, que la gente me pregunta y yo no se nada.

El aire lo vela, vela,
el aire lo está velando.

Ahora, cuando miro de frente aquella placa de donaire viveza, clavada en los canchales de la Sierra, veo en ella unas letras doradas impresas: José Fernández “Yeyo”, un amigo.

Una sonrisa se desliza por la ladera, corre la torrentera en conversación amena y, sobre un esbelto roble, el melódico canto de la invisible oropéndola.

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