Tengo que reconocer que he encontrado algo especial en este tipo de caramelos, nunca antes había sentido esta sensación de bienestar. Es un estado de felicidad, no tan parecido al efecto psicodélico multicolor que dicen sentir algunos cuando montan caballos desbocados, o al que sugieren otros cuando se encuentran en pleno viaje de tren, aquel que en los años ochenta insinuaba que si controlas tú viaje serás feliz.

No, no es eso. Es como un estado de quitarle importancia a las cosas que suceden a tu alrededor, de restar ansiedad a los acontecimientos, de evitar caer en la depresión dura y pura. Es como sentarte en la cómoda butaca de un multicine para ver Bienvenido Mister Marshall, o mejor una película de los Monty Python. Es el bálsamo de Fierabrás, si, si, eso es… como el bálsamo de Fierabrás. Por lo menos a mi me causaron ese efecto. Pudo ser físico o simplemente psicológico, pero ocurrió. De pronto ya no había crisis, la recesión quedaba lejana y la maldita prima de riesgo ¡dónde está!.

Todo ocurrió un día cuando la Casablanca, de manos del mismísimo Obama, regaló a este país de la piel de toro, unas cajitas de Emanems. Tras el lógico darle vueltas a la caja, por si tenía algo valioso dentro, caímos en la firma estampada en ella. Era la firma del mismísimo presidente de los Estados Unidos de América del Norte. Increíble, Fidel Castro regalaba puros habanos y Obama, caramelitos Emanems. El lider cubano envolvía su filosofía en humo caro y el mandamás norteamericano con simples caramelitos dulces.

Al principio nos pareció una jilipollez, perdonadme la expresión pero eso y no otra casa nos pareció en el inti. Luego, en la rueda de prensa todo cambió. Los periodistas saborearon la pequeña pieza y, ¡sorpresa!, ni una sola pregunta comprometedora. Incluso hubo periodistas que, cosas del azar, hicieron preguntas cuyas respuestas ya teníamos  previamente escritas.

De tener los citados paquetes abandonados en la mesilla de la habitación del hotel, pasaron a formar parte inseparable del bolsillo de la americana. Con las elecciones europeas a la vuelta de la esquina, nuca se sabe.

La prueba de fuego sería convencer a los militantes y simpatizantes del partido que no convenía hablar de cosas serías en la Convención de Valladolid. Dicho de otra manera, cómo los convencemos para que parezca serio todo lo que hablemos, sin hablar de cosas serias. Luego hay que hacer creer que las significativas ausencias nos importan un pimiento y, por último, que el nacimiento de Vox no es culpa del ministro Gallardón, por su Ley del Aborto, sino fruto de una serie encadenada de acontecimientos, versus doctrina Parot-Victimas del Terrorismo, que si por lo primero hemos hecho poco, por lo segundo hemos estado pendiente un día si y otro también, que es un sin vivir. De cómo nos hemos volcado por estas victimas y sus asociaciones, no queda lugar a dudas si las comparamos con las victimas del franquismo y la asociación de la Manjón.

Pero para saber si estos caramelos surten el efecto deseado era previamente necesario acometer unas cuantas pruebas. Es cierto que fueron mano de santo con el presidente de España, que lo es de momento de Cataluña, que quedó enamorado del jefe de los americanos de la federación aquella, y con los periodistas asistentes a la rueda de prensa posterior. Lo fueron también con los empresarios que asistieron de acompañantes. Fue tal la euforia sobre la salida de la crisis que los ciudadanos y ciudadanas españoles, creyeron inminentemente recuperado el Estado de Bienestar.

Y los hechos acaecidos inmediatamente después, en plena prueba de la magia edulcorante, así lo parecían anunciar. Primero fue el alcalde de Burgos diciéndole a los de Gamonal que el bulevar se quedaba como estaba antes del famoso proyecto especulativo, luego el presidente de la Comunidad de Madrid, que ya no quería privatizar la sanidad pública y, por último, Pedro J. Ramírez que dejó la dirección del entrometido diario El Mundo. En todos funcionó.

Claro, que no conviene abusar del consumo no sea que el exceso cree situaciones de incontrolable euforia y nos de por anunciar una bajada de impuestos, aunque sea para 2015, comenzar el cumplimiento del programa electoral, pedir entrevistas con Artur Mas, insultar al jefe de la oposición o trabajar por mejorar la economía de las familias, por poner unos ejemplos cualesquiera.

Algo así es lo que ha debido pasarle a Ángela Merkel que está dando un giro social a sus políticas de austeridad. Nos está dejando en mal lugar con eso de bajar la edad de jubilación, el aumento de las pensiones, ayuda a las madres, salario mínimo interprofesional y cuota femenina del 30% en los consejos de administración.

Tampoco está la economía como para comprar camiones de caramelos y regalárselos, uno por uno, a cada ciudadano y ciudadana. Esa sería la solución idónea y por ello, como todo ideal, utópica. Un Estado de ciudadanos contentos y sumisos, como en el mundo feliz de Aldous Huxley, capaces de cambiar las tendencias electorales, que nos traen de cabeza. Si, como dicen las malas lenguas del contubernio judeo masónico, cada vez que se toma una decisión, con el ánimo de mejorar la economía de los españoles, en realidad empeora la de las familias, aquella será la única forma de convencer a los potenciales votantes de la mejora del Estado de Bienestar, de las pensiones, del empleo estable y el  crédito para las familias que asegure el consumo.

Cuando se pase el enfado con Artur Mas, también le mandaremos caramelos. Es la única manera para que se deje de esa nostalgia trasnochada y de ese afán por manipular el pasado y la historia. Le recordaremos el decreto de nueva planta de 1714 y lo ampliaremos con unas ponencias, que visten mucho aunque no calcen nada.

Hace algún tiempo le mandamos unos paquetitos a Alfredo Pérez Rubalcaba, su entorno cercano me asegura que se los ha tomado. Esto me ha animado para enviar otros pocos a José María Aznar, Jaime Mayor Oreja y su gente, con una nota que dice que el próximo libro no me lo pierdo. También quiero mandarle algunos al Fondo Monetario Europeo que anda difundiendo que prevé que el alto paro persistirá en Europa por años, estos sabios despistados economistas no se han enterado de que entramos en tiempo electoral. Sí,  otro paquete para Ada Colau y…