La huella de la Casa de Alba en Sierra de Gata

Ha muerto una duquesa. La duquesa de Alba. Digna representante del ducado que heredara de sus padres. Suma inabarcable de heredades para una sola persona, aún en el largo caminar de una vida octogenaria. Sierra de Gata sintió, en su lento y sosegado devenir histórico, a la Casa de Alba, señores de Acebo, Hoyos y Perales

Ahora surge el decir de las hazañas béticas de la duquesa. Ese felipismo entendido como un socialismo aparte. El recorrer las ciudades machadianas. Una Sevilla de Palacio y Cristo, en el dolor de los Gitanos. El solicito beneplácito de la beneficencia. La asistencia a corridas de toros, tocada de peineta y mantilla. El gusto por la pintura, la literatura, el cine. La afición por la colección de fondos artísticos, documentales e inmobiliarios. La cantidad de títulos atesorados: cinco veces duquesa, dieciocho marquesa, veinte condesa, catorce veces Grande de España…

Tal vez se quedó doña Cayetana, jefa de la Casa de Alba, con un sabor agridulce cuando no le dejaron ser retratada por Picasso, ella que gustaba de flaxes y entrevistas. La posibilidad siempre viva de que la historia repita modelos y estereotipos, fiel a las leyes de Mendel. Porque la otra duquesa, doña María Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, que fue también hermosa, sensual y de vida liberal, si fue mecenas del pintor Francisco de Goya, retratada en sus plásticos cuadros  luciendo la belleza y la prestancia de una XIII duquesa de Alba de Tormes, por derecho propio.  Vistió de maja, doña Maria Luisa de Silva, como el noble getafense marqués de Perales supo ser majo, ambos muertos repentinamente en el trágico principio del siglo XIX, aquellos luctuosos años por gracia y obra de la guerra del francés Napoleón Bonaparte, sin descendencia

Pero yo venía a narraros hoy otra historia. La historia más sentida que nos acercó al ducado de los administradores de fincas de los Alba de Tormes, enredados los duques y las duquesas en cosas más altas, en temas que conciernen al espíritu y la honra y, con ellas, al alma. La huella dejada por los duques desde Alba de Tormes hasta Coria, pasando por Acebo, Hoyos y Perales.

No me refiero al conflicto de Cabra Alta y Cabra Baja, que mantuvieron los vecinos del pacense pueblo de Zahínos, aquel de cuya finca ni se acordaban en Liria y que al final paró en manos de los ganaderos de esta localidad, previo pago del justiprecio, sino al correr de tropas y caballos hasta vincular la Sierra de Gata con la Casa de Alba.

Me contaban amigos de la muy noble y leal ciudad de Coria, en la que dejé algunos años de mi vida, que todo comenzó por una guerra de hábitos. Quién les iba a decir a los de la Ordem de São Julião do Pereiro, cuando se reunieron por primera vez en ese pequeño pueblo hispano-portugués, que su emblema simbolizado en un desnudo peral de color verde tomaría la forma de la cruz de Calatrava o que su nombre pasaría de ese San Julián del Pereiro a Alcántara, con las reglas del Cister por delante. Quién iba a atreverse a vaticinar entonces, que el señorío que tomo nombre de Alba de Tormes, sería amparo de la mayor nobleza de España.

Todavía la reina Católica, Isabel I de Castilla y León no tenía concedido título de Gran Maestre (1492) al máximo representante de la Orden de Alcántara, don Gómez de Cáceres y Solís (1457-1470). Por entonces la Orden ya alardeaba de posesiones en la Comarca de la Serena, Tierras de Alcántara, Sierra de Gata y algunos otros, perdidos los lugares de Acebo, Hoyos y Perales.

Cuando Gómez de Cáceres y Solís (1457-1470) recibe los hábitos de la Orden de Alcántara y es elegido maestre de ella (1465). Enrique IV, como rey de Castilla y León, le concede la ciudad de Coria (1469) y este se la cede a su hermano Gutierre de Cáceres y Solís, conde de Coria, con sus aldeas, jurisdicción civil y militar y todos sus derechos, entrando en estos términos de cesión los lugares de Acebo, Hoyos y Perales. Era costumbre muy sana entregar la jurisdicción sobre  las tierras antes de ser conquistadas, así el Rey incentivaba su posesión. Pero veleí que el clavero, de esta misma Orden de Alcántara, se opuso a la cesión entre hermanos y se enfrentó a su propio maestre. Así se escribe la historia, guerreando, ya que en esta triste España las cosas se ganan más con fuerza que con saña.

Aún siendo frágil la memoria, estoy totalmente convencido que la familia de Alba recuerda a quien fuera II conde de Alba, don García Álvarez de Toledo y Carrillo Toledo.

Nosotros sí lo mantenemos en el recuerdo, porque fue este noble conde de Alba el primero, de esta Casa, que entró en nuestra Sierra de Gata como señor de las aldeas del Azebo, los Hoyos y Perales y lo hizo, no sólo como I duque de Alba, sino también como I marqués de Coria.

Ellos, desde sus palacios más queridos de Liria de Madrid, de las Dueñas de Sevilla o de Monterrey en Salamanca, también recuerdan a su antepasado que inició la historia. Digo lo que digo porque, además de ser noble miembro de su familia, de los Alba Mayores para más inri, don García Álvarez de Toledo, fue el I duque de Alba hasta su muerte acaecida en 1488, iniciando así el título para la Casa de Toledo o Casa de Alba. A partir de este fallecimiento, sería II duque de Alba, su hijo don Fadrique Álvarez de Toledo y Enriquez (1460-1531).

Los duques de Alba antes de estar en posesión de este título fueron señores de Alba de Tormes (1430-1439) y condes de Alba de Tormes (1439-1472).

Pero voy a lo que voy. Siguiendo con nuestra narración. En la triste guerra, entre clavero y maestre de Alcántara, por la posesión de Coria y su Tierra, aparece don García Álvarez de Toledo, entonces ya I duque de Alba, título recién estrenado.

Llamó don Gutierre de Cáceres y Solís al duque de Alba (1470), tío de su mujer,    para que acudiese en su ayuda, pues veía la “vendetta” un tanto perdida y a don Alonso de Monroy, maestre de Alcántara.

El recién titulado duque de Alba accedió gustoso pero le dijo al de Coria que parentescos son amores y aquí manda la pela. Que su tía se pondría muy contenta si desde Coria se corría con los gastos y sueldos de la su mesnada.

Qué salida le quedaba al conde de Coria sino era quitarse el guante y tender la mano de caballero para cerrar el trato. Pero, amigo mío, el conde presumía de título pero no de dinero, por lo que ofreció al duque la ciudad de Coria en prenda del acuerdo.

Terminada la guerra, victorioso el conde de Coria, decidieron los Solís con los Álvarez de Toledo, a cuenta de la promesa y aval, una permuta de lugares (1472).  Así fue como el I duque de Alba, don García Álvarez de Toledo pasó a tomar posesión de la Ciudad de Coria con todas sus aldeas, jurisdicción civil y criminal y todos sus derechos. Entre estas aldeas se encontraban las serragatinas de Acebo, Hoyos y Perales, de las cuales los duques de Alba serían sus señores, a partir de ahora.

Tan sólo tres años antes (1469), el rey Enrique IV, por la presencia del conde de Alba en la reconciliación con sus notables, había otorgado título de ducado a la Casa de Alba de Tormes, siendo don García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo el I duque de Alba y I marqués de Coria. Dio, por lo tanto, nombre a la Casa de Alba o, también, Casa de Toledo (Albas Mayores) que lo fue hasta 1755, donde pasó a denominarse Casa de Silva (1755-1822) y, posteriormente Casa de Fitz-James Stuart (1822-hasta hoy).

Fallecido el I duque de Alba, le dieron poco tiempo los vecinos, de los sus nuevos pueblos, al II duque de Alba, don Fadrique Álvarez de Toledo y Enriquez (1488-1531), para instalarse en su marquesado de Coria. Tanto acebanos, como hoyanos y peraliegos, le comprometen en la construcción de una iglesia parroquial de grandes dimensiones, otra de características singulares u otra más sencilla, respectivamente, labor que continuarían sus sucesores.

  • III duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1531-1582), (Gran duque de Alba).
  • IV duque de Alba, don Fadrique Álvarez de Toledo y Enrique de Guzmán (1582-1585).
  • V duque de Alba, don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont (1585-1639).
  • VI duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Mendoza (1639-1667).
  • VII duque de Alba, don Antonio Álvarez de Toledo y Enriquez de Ribera (1667-1690).
  • VIII duque de Alba, don Antonio Álvarez de Toledo y Fernández de Velasco (1690-1701).
  • IX duque de Alba, don Antonio Álvarez de Toledo y Guzmán (1701-1711). Se dan por finalizadas las obras de la iglesia parroquial de Acebo con el chapitel de la torre.
  • X duque de Alba, don Francisco Álvarez de Toledo y Silva (1711-1739).

Todos ellos, de una forma u otra, colaborarían en la construcción, económicamente, aportando expertos arquitectos, conocidos talladores, escultores, pintores y canteros o usando su influencia ante el obispado de Coria. Nobleza e Iglesia caminaban juntas en el deseo de consolidar los nuevos asentamientos a la fe cristiana y a la corona de Castilla y León. Nada mejor, que dejar constancia de su presencia y de su poderío, ante cualquier nueva tentativa invasora, con las sólidas estructuras en piedra labrada en granito, en las que se simbolizaba la protección divina y la fuerza de las armas. Pero esto es historia de posteriores capítulos.

Descanse en paz doña Cayetana Fitz-James Stuart, duquesa de Alba, y reciba su familia nuestras más sentidas condolencias.

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