“Yo he obedecido a cuatro reyes, dos regentes, dos repúblicas y un gobierno provisional y todos me han dado un día de esperanza al llegar, un día de dolor al gobernar y un día de placer cuando se fueron”. (Silverio Lanza).

 

Estaba dándole vueltas yo, con una cucharilla, al café de los mis pensares, en eso que dicen en mi pueblo estar tanco. Cavilaba sobre cual sería la nueva ocurrencia de los políticos, cuando ¡zas!, en la parte baja del televisor leo, porque no se oía ni torta, “Rajoy anuncia la abdicación del Rey”.

Era una noticia que se venía esbozando tímidamente desde hace más de un año, pero aún así me cogió por sorpresa. Miré a la persona que estaba junto a mí. No lo conocía absolutamente de nada. Mi mirada de asombro debió verse acompañada de unos ojos preguntones, porque este se encogió de hombros, luego me miró, para afirmar: “otro que ha cogido rabieta con los de la coleta”. ¿Otro?, pregunté yo.  Si, si, primero Rubalcaba y ahora el Rey, no va a quedar ni uno, contestó. Y se fue dando saltitos hacia la calle, gritando “Oe, oe, oe, oe, oe… Podemos, podemos”. Los parroquianos de la cafetería, puestos en píe, refrendaron el grito con otro unánime: “Si se puede, si se puede, si se puede…”. Quedé aturdido por lo que parecía un político clamor, hasta que Nieves, la dueña del bar, me aclaró que se referían a la selección española de fútbol. Camino de Brasil iba dispuesta a ganar, de nuevo, el campeonato del mundo. Siempre que los troikos, claro está, den el necesario permiso.

¿Y el Rey va a perderse esto? –pregunté.

Déjelo está mayor, enfermo, agobiado por una España que va de mal en peor  y preocupado por los problemas de la hija –me aclaró de nuevo la dueña.

Estos hijos no traen namás que poblemas –se inmiscuyó Leandro desde una de las mesas de la cafetería-. Con lo bien que podían vivir, pero amigo la avaricia rompe el saco.

¿Usted que piensa de todo esto, Leandro? –pregunté.

Mire usted  -me contestó-, había un escritor de pelo en barba que se juntaba con los del 98 y que, por aquí, era conocido como Silverio Lanza, que no se llamaba así…, aunque eso es lo de menos… Un día, que estaba de caraba con todos los arrecogelibros de Madrid, pues va, se levanta y les dice: “Yo he obedecido a cuatro reyes, dos regentes, dos repúblicas y un gobierno provisional y todos me han dado un día de esperanza al llegar, un día de dolor al gobernar y un día de placer cuando se fueron”.

Ja, ja, ja, ja, me va a salir usted anarquista, Leandro –le espeté.

Ya quisiera yo, pero a mi edad, usted me dirá –me contestó muy serio-. Estoy ya como para abdicar. Pero para que no quede la pregunta en el aire, le diré que no soy anarquista porque armonizo el individualismo con el colectivismo. Lo que le acabo de contarle es verdad, y fue muy celebrado por Azorín, Pío Baroja y Unamuno, entre otros muchos, no crea.

Si que le creo Leandro, es que me ha hecho gracia la oportunidad de la ocurrencia. ¿Se ha enterado usted que ha dimitido Rubalcaba y que ha abdicado el Rey? –le pregunté.

Como no voy a enterarme si me paso la vida de la televisión a la cama y de la cama a la televisión –me contestó-. ¡Lo qué es la edad!. Cuando yo era joven ni había televisión, ni me gustaba la cama, …, salvo para un revolcón que otro, ¡claro!... Dos buenas personas son don Alfredo Pérez Rubalcaba y don Juan Carlos de Borbón, se lo digo yo. Ellos trabajaron para traer la libertad a este país. Usted es joven y no sabe lo que fue aquello. Yo lo pasé muy mal, muy mal… –continúa mientras se le anuda la garganta-, hambre, dolor y muerte, … todos los días, … siempre llamando a la puerta. Rubalcaba y el Rey se marchan cansados en su lucha con las bestias.

¿Las bestias?. ¿Qué bestias? –le interrogué…

Los caciques –me contestó casi sin dejarme terminar-. Aquí siguen mandando los caciques: los caciques de nacimiento, los caciques del dinero y los caciques de la cruz. Viene de antiguo, pero que muy de antiguo. Las grandes y nobles fortunas, educaban al primer hijo para la posesión de título y la heredad del maestrazgo, al segundo para el ejercito de su majestad y al tercero para cura, obispo o cardenal.

Así tenían influencia en cada uno de los elementos decisivos de la vida social y política -pensé. Es la aristocracia lanziana de la riqueza y de la nobleza. Las criticas del escritor a los causantes del sostenimiento de la estructura social y de la ley que permiten la corrupción: “Si de hecho y de derecho existiera la aristocracia intelectual en el Estado, tendría ella privilegios para oponerse a los de la aristocracia de nacimiento y a los de la aristocracia de la riqueza,…”. La aristocracia intelectual estaría constituida por la aristocracia del saber y la virtud (intelectuales) y la aristocracia del trabajo (obreros).

Rubalcaba aspiraba a socializar a la gente que no creía en la aristocracia del trabajo –continúa Leandro-. Estaba en la creencia de que el pueblo puede llegar a gobernarse por sí mismo…, esto es una utopía. Y para colmo de males la herencia recibida le ha obligado a encabezar la travesía del desierto. Es como luchar contra las murallas de Jericó sin Dios y sin trompetas. Los ingredientes necesarios para acabar extenuado, exhausto. Al no conseguir su objetivo, los socialistas se hayan con la hostilidad de los intelectuales, de los trabajadores y de los caciques.

¡Caramba!. Qué bien habla usted don Leandro – le contesté ensimismado-. Ahora hay partidos que dicen que esto es posible, qué juntos podemos.

El noble es senador por derecho propio, el rico es diputado porque tiene dinero. Estos, sin son astutos, parecerá que soportan la democracia con resignación de mártires –siguió Leandro por el sendero lanziano-. Algunos socialistas dejarán de serlo para alcanzar la categoría de intelectuales, de nobles o de ricos. Es necesaria una regeneración política, una redefinición permanente de la ideología.

Un Rey joven, con el atractivo nombre de Felipe VI. Un nuevo secretario general de los socialistas. Nuevos políticos, jóvenes intelectuales, nacidos a la regeneración política, ¿no da esto un cierto aire fresco, un tiempo para la esperanza…?

    

Decid a vuestros intelectuales y a vuestros políticos –me cortó Leandro la palabra-, que si fueron, son o serán ruines explotadores, para convertir la democracia en máquina de lucro, vosotros ni queréis ser intelectuales ni políticos. Y ahora me marcho. Quedo harto de masticar almendras sin dientes. He quedado citado con un buen amigo, al que no conozco, en la Plaza del General Palacio. Eso me convierte en un hombre misterioso. Luego iré a la calle de los Olivares, donde tengo mi casita baja.

Don Leandro, antes de marcharse, dígame una frase con la que cerrar mi próximo artículo.

No tenemos moral social –contestó Leandro-, y nos regimos por la moral religiosa y como nuestra religión diviniza la castidad, la moral se reduce a que seamos castos.

Así fue mi improvisado y fugaz encuentro con don Leandro, un hombre cuyo espíritu joven rechazaba lo viejo y por cuya edad era rechazado por los jóvenes.

Jaque mate.

No busques, no hay salida.

La torre negra, los alfiles negros,

esos apocalípticos caballos.

Imágenes perfectas del acoso,

en que tal juego, tal vivir, consiste.

No queda escapatoria, olvida amigo,

bebamos por la gloria del rey blanco

muerto en combate,

y guárdalo en su estuche.

El domingo lo resucitaremos. (2)

3.-  El autor de este artículo de opinión se refirió a este tema en Sierra de Gata Digital, del 8 de abril de 2013, con el título: “El recuerdo de érase una vez. Jaque al Rey”.

2.- Algunos versos del poema “Jaque mate”, incluido en el poemario del mismo título y en “Poesías Escogidas” (Libros de Frontera 1984), de Solustiano Masó.