Cuenta la leyenda que un buen día, para que quedara constancia de la marca, los reyes leoneses ordenaron grabar  sobre algunos canchales, emulando mojones rayanos, efigies de leones para que todo el mundo, sobre todo el árabe, supiera de aquellos límites y del riesgo que corría el que los sobrepasase con intenciones bélicas y de dominio

La gente, en esa sana curiosidad que se manifiesta permanentemente, comenta a veces cosas que se repiten en los mismos sitios y no por eso pierden ese interés latente que permanece en el tiempo.

Acontece que en Acebo uno de los juegos típicos es el de La Raya y es a razón del empeño de los mozos y mozas de una asociación cultural acebana de ese mismo nombre, que se recuperó para regocijo de la gente y, lo que es más importante, se mantiene, con su campeonato de verano, y su escuela infantil y todo.

La Raya utiliza, como herramienta principal, ocho monedas repartidas entre las dos parejas contendientes, que ponen todo su empeño en colocarlas, lanzándolas desde una misma distancia dada, sobre un pequeño hueco central horizontal que dejan las dos maderas perpendiculares del tablero de la mesa de juego. Estas monedas son popularmente conocidas como de “La perra gorda”.

Y ahí se enreda siempre la historia, pues “La perra gorda” es el nombre coloquial con el que se denomina a la antigua moneda española de 10 céntimos de peseta, emitida por el Gobierno Provisional, que siguió al exilio de Isabel II, en 1870. Acuñada en bronce tiene un peso de 10 gramos. Asimismo se denominó “La perra chica” a las monedas de bronce de 5 gramos y 5 céntimos de peseta de valor, siendo su tamaño la mitad que el de “La perra gorda”.

El anverso de “La Perra gorda” muestra la matrona Hispania, heredada de la numismática de Adriano, en tiempos del Imperio romano. Se encuentra sentada hacia la derecha sobre unas montañas que representan los Pirineos, con una rama de olivo en la mano que reposa, junto a una leyenda que dice "diez gramos" y la fecha de acuñación.

Pero lo importante, que yo os quiero contar, está en su reverso. Consiste en un león tenante, sosteniendo un escudo de España, que contiene León, Castilla, Aragón, Navarra y Granada en la punta, y una leyenda que dice "cien piezas en kilog.” y el valor de la moneda "diez céntimos”.

Este león tenante fue el que originó el nombre popular de la moneda, al cambiar el feroz felino por la domestica perra de compañía. No una perra cualquiera, sino una perra gorda. Y, de ahí, surgieron algunas expresiones típicas como: “para ti la perra gorda”; “no vale/vales una perra gorda”; “el que calla otorga o no tiene una perra gorda”; “estar sin una perra”; “estar sin una gorda”; “tener muchas perras” o “estar desperrao”.

Tanto “La perra gorda”, como “La perra chica”, quedaron fuera de la circulación en 1941 y fueron sustituidas por otras de tamaño más pequeño, en aleación de aluminio, que circularon durante el régimen del general Franco, conservando los nombres populares a pesar que el león, de las monedas de cobre originales, fue sustituido por un lancero a caballo.

Aclarado el asunto surge otra pregunta igual de cercana, con otro animal en la interrogante: la gata. ¿Por qué se le dio el nombre de Gata a esta sierra nuestra?.

Tal vez sea atrevida una pequeña incursión en la historia antigua, pero conviene recordar que la ciudad de León creció alrededor del lugar donde estuvo asentada la Legión VI Victrix, en el año 69, y que esta fue sustituida por la Legión VII Gémina Pía Félix, en el año 74.

Mucha romano y mucha legión, por tanto, en aquel lugar del norte para que no tuviera alguna consecuencia. Menudos eran los romanos. Pues resultó que la lengua romance terminó tomando para ese, su lugar, el nombre de Legio, pero no en esa misma toponimia romana, sino en una evolución hacia León. Esto es Legio evoluciona, en lengua romance, a León.

Que se sepa, hasta Alfonso VII de León “El Emperador” (1105-1157), la figura dominante del Reino, en su escudo, era la cruz. Fue este Rey, el primero que utiliza la figura del felino tanto para los documentos como para las monedas y así, poco a poco, desplazó el símbolo de la cruz a favor de la figura del león.

Se trató en un principio de un león pasante que, más adelante, evolucionó al león rampante de color púrpura que hoy conocemos y que es considerado uno de los elementos heráldicos más antiguos de Europa. Esta imagen del león no dio origen al nombre de la ciudad, ni tampoco del Reino sino que, al contrario, es el animal la representación de la palabra. Ya era, por lo tanto, el nombre de la ciudad, y del reino, León antes de aparecer el león.

Este Rey, Alfonso VII de León fue el que tomó Coria en 1142, si bien su conquista definitiva sería en 1213, pero esa es otra historia. Le sucedieron Fernando II Rey de León (1157-1188) y, como también fue Rey de Castilla, Sancho III de Castilla.

Sería, sin embargo, Alfonso IX, último Rey de León (1188-1230) antes de unirse por siempre al Reino de Castilla, quien definitivamente conquistaría las tierras de Sierra de Gata.

En fin, a lo que iba. Cuenta la leyenda que un buen día los belicosos leoneses, envalentonados por las sucesivas victorias sobre los árabes, avanzaron hasta las montañas de la nuestra Sierra. Este avance permitió fijar una frontera natural sur del Reino de León.

Para que quedara constancia de la marca, los reyes leoneses ordenaron grabar  sobre algunos canchales, emulando mojones rayanos, efigies de leones. A partir de ese momento, todo el mundo, sobre todo el árabe, sabría de la existencia de aquellos límites cristianos y que corría grave riesgo el que los sobrepasase con intenciones bélicas y de dominio.

Lo lógico es que estos leones fueran dibujados en posición pasante. Lo cierto es que los árabes, al igual que hicieran los castellanos al denominar perra gorda al león de las monedas, los llamaron gatas y de ahí se tomó el nombre de Sierra de Gata. No sé muy bien si en uso despectivo o fue debido a la deficiencia de los dibujos. Hay que tener en cuenta que de antiguo la mayoría de las veces se grababa en las piedras a pico.

Estas alusiones a los gatos se encuentran en algunas de las leyendas sobre el paradero de los tesoros escondidos en la Sierra de Gata, sin que atinemos a saber si se refiere realmente al doméstico gato o al fiero león.

Nos referimos al “Libro berdadero de los aberes que quedaron los moros en la cristiandad, quando fueron despojados de ella, que trajo el capitán Manuel Tavora y Barrón en lo que estubo cautibo en el Imperio de Marruecos doze años, cuyo rrescate se hizo por los Padres de la Redenzión el año de 1601 años” (1).

“En la Sierra de Jálama –dice una-, junto a Sn. Blas el Biejo, está un gato echo a pico en una piedra pequeña y, a nuebe pasos adelante hacia el oriente a la profundidad de un hombre está un gran tesoro”.

En la alusión a los tesoros habidos en el “término de Balder o de Balverde dice: “En la fuente o pozo del Rei se halla una piedra de molino mal formada y enfrente un gato mal formado y una piedra ponteada y entre uno y otro un pelejo de vais con lo que se puede comprar cuatro ciudades” y  “En las juntas de los ríos, por riba de la ciudad de Oreña está un gato pintado, que cuando crece el río da en las barbas del gato y caudaloso y debajo de él, el tesoro de Mustafá”.

Otras dos alusiones que hemos encontrado, en este mismo libro (1), son: “En el Castillo Alto, orellas de mulo, a la entrada de su facendo gobernador, está su labatorio y debaxo todo su tesoro y badilla y de allí se ve la Sierra del Gato” y “En la Sierra del Gato se allará pintado, en un penedo, con el rabo rescado y la mano levantada, mostrando adonde está el tesoro en el mesmo pesnedo”.

Esta última alusión si parece referirse a un león rampante.

Esto es un poco lo que os quería contar. No conviene descartar la alusión a los albarranes. Podría ser Sierra de los Albarranes o tierra de pastores libres, que dijeron los musulmanes al referirse a la Villa de Gata, la Cattóbriga de los romanos. No vendría nada mal un estudio de la toponimia local para comprobar la influencia de las diferentes culturas en Sierra de Gata.

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1.- “Los tesoros escondidos. Pelos y señales para encontrarlos, según un curioso manuscrito de 1601”, que prologó Mateo de Porras en 1941 y publicó la Revista del Centro de Estudios Extremeños. Tomo XV. Nº 3. 1941  (septiembre-diciembre) y  A.R Rodriguez Moñino . Imprenta Provincial. Badajoz. 1942.    

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