A todos nos ha sorprendido la tremenda fuerza con la que han surgido las reivindicaciones de Gamonal. Posiblemente no tenga la culpa el bulevar proyectado y sí un acumulo de aconteceres que al final han hecho reventar la pacífica convivencia de la sobriedad castellana.

Se convirtió el barrio en un campo de reivindicación justa y pacífica, cuya cordura se fue imponiendo a la batalla campal generada por gente harta de tanta mezquindad mezclada con mentes virulentas revienta manifestaciones que no buscan sino el descrédito de los convocantes.

Mucho que ver los 60.000 ciudadanos y ciudadanas que viven y conviven hoy en ese barrio, con aquel pueblo que recibió con hostilidades y amotinamiento al general francés, culpable de las matanzas y fusilamientos del Madrid de Goya, y con vítores al ejercito de Extremadura, al mando del conde de Beldever. No se pudo, como ahora, ganar aquella batalla frente a los franceses, y Napoleón estableció su cuartel en Burgos, donde quedó su hermano José I de España, el popular Pepe Botella.

Pero la enseñanza quedó impartida en tanto puede perderse una batalla pero no, por eso, la guerra y, en cuanto, cualquier hecho histórico es bueno para una conmemoración.

“Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino, como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”, rezaba como lema a la muerte de Isabel la Católica. Cuando no querían al todopoderoso césar Carlos I de España y V de Alemania, sin saber que reinaría sobre un Imperio. Quisieron apostar por la reina Juana, cuya locura de amor la incapacitaba para el alto oficio de reinar, que entonces se ejercía. Padilla, Bravo y Maldonado, como tantos otros, dejaron su vida en el empeño y nos legaron el color morado de la bandera tricolor de la segunda república española, desechado este en el pendón de Castilla.

Qué historias les van a contar a los de Gamonal de Río Pico si donaron, al obispo Don Simón, la iglesia de Santa María del Campo con la misma villa y sus términos, para que se levantara allí una catedral que fuera la madre de todas las diócesis de Castilla, y tuvieron, en su término, la Casa de la Vega. Vivienda, ni más ni menos, que del condestable de Castilla, mando supremo del ejército. Finca de tierra próxima a la casa para pastos, reivindicada en 1920  para que los ganados del pueblo de Gamonal puedan pastar en una extensión igual de terreno que la que se tome para el Campo de Aviación

La cercanía a la gran ciudad, qué le van a contar a los pueblos periféricos de otras muchas capitales, le supusieron la anexión en 1955 a Burgos y el desarrollo industrial su crecimiento desmesurado. Bloques en altura, sin equipamientos, sin espacios verdes y libres, con pocos aparcamientos en superficie, como si los obreros no tuvieran derecho a una vivienda digna. ¡Aquellos maravillosos años 60!.

Cuentan las crónicas que todo esto no viene de ahora, sino que llevan desde 2005 oponiéndose a la construcción de ciertos aparcamientos subterráneos, en las principales arterías del barrio, que incluso han sido declarados ilegales por el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, por entender que esa actuación municipal era un burdo fraude de Ley.

Ahora se han reanudado las reivindicaciones por la oposición a otro aparcamiento subterráneo, que se quiere construir en la calle Vitoria. Entienden los vecinos y vecinas, de este barrio de Gamonal, que ésta remodelación afecta a la actividad comercial, a los aparcamientos en superficie y al encarecimiento de los aparcamientos subterráneos, pero sobre todo afecta a la forma de vivir la ciudad y su forma de asumirla.

Los vecinos y vecinas no entienden porque se hacen unas obras de tanta envergadura, que nadie ha pedido. Con equipamientos sociales, culturales educativos y sanitarios del barrio en precario, se inicia una actuación urbanística millonaria, de las que huelen a vergüenza especulativa. Publicaba un periódico de tirada nacional que, los ciudadanos, que ahora han conseguido parar las obras del bulevar de Gamonal, no fueron a protestar a las puertas de la alcaldía, ni a la sede del PP. Fueron al despacho de un conocido constructor.

Lo que empezó con poco se fue rearmando por la propia presencia policial. Una brutal represión que, a juicio de muchos, superó con mucho lo que se tiene por un Estado de derecho, y las torpes declaraciones de los políticos que criminalizaron  la protesta vecinal. Ahora queda otra lucha menos visible por la puesta en libertad de la media centena de detenidos y los fondos económicos de resistencia para paliar las posibles sanciones.

La mecha se prende fácilmente allí donde la polvora está seca. El paro creciente, que no sabemos si avanza o retrocede. La pobreza cada vez mayor (83 millonarios de los Estados Unidos de América del Norte, acumulan más capital que 3.350 pobres juntos, comentaban los medios de comunicación). La caída de los salarios y de las pensiones. Los desahucios de la casa de toda la vida. Los recortes en la sanidad, en educación y en los derechos históricos. La vuelta atrás en las leyes de educación y del aborto. El cierre de los pequeños negocios. La corrupción política. En definitiva, el olor a caspa que nos retrotrae a tiempos que creíamos olvidados.

Todos entendíamos que las reivindicaciones de los ciudadanos y ciudadanas de Gamonal se trataban de una actuación local, de características singulares, hasta que la policía en Burgos nos ha desengañado con una investigación y posterior informe, que dice que estas protestas no constituyen un ensayo revolucionario exportable al resto del territorio, o sí -diría un gallego avezado-, ni responden a un patrón de lucha ya empleado en otros conflictos (pues, digo yo, que se parecían mucho a las vividas en Madrid), ni están destinados a ser extrapolados a otras circunstancias o lugares, esto último esta por ver. Añaden que los actos violentos fueron provocados fundamentalmente por integrantes del colectivo anarquista burgalés. Las imágenes de televisión vienen a decirnos que este colectivo político goza de una militancia envidiable en Burgos.

En la calle no se habla de este informe de la policía, sino de la Resistencia de Gamonal y la de sus líderes. Lo siento, pero aunque se diga una y mil veces que es una lucha colectiva, los líderes siempre marcan unos tiempos y un camino, sobre todo, como es el caso, si son respetables y respetados. Ellos avisan del problema, lanzan las consignas, moderan las asambleas y se convierten en el soporte del movimiento, la piedra angular que determina la posición de toda la estructura.

Decía María Dolores de Cospedal que no era normal que por unas obras de una avenida se montara tanto lío. Se hablaba en la calle que el detonante han sido las obras del bulevar pero que los vecinos ya estaban indignados por diferentes hechos acontecidos, como la amenaza de cierre de una guardería, amén de los problemas nacionales anteriormente mencionados. Comentaban, animados, la ocurrencia de un articulista que lo comparaba con el motín de Aranjuez, de tristes recuerdos para el extremeño Manuel Godoy, o, más en concreto, con el motín de Esquilache. Por ello decían que este se trataba del motín de Gamonal.

A este citado marqués de Esquilache culpaban los amotinados de la prohibición de algunas vestimentas tradicionales, en un bando dado en Madrid el 10 de marzo de 1766, como fue la capa y el sombrero: “quiero y mando que toda la gente civil y sus domésticos y criados –vino a decir el señor Esquilache-, no traigan librea de las que se usan, usen precisamente de capa corta (que a lo menos les falta una cuarta para llegar al suelo) o de redingot o capingot y de peluquín o de pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro; y por lo que toca a los menestrales y todos los demás del pueblo (que no puedan vestirse de militar), aunque usen de la capa, sea precisamente con sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo y más pobre y mendigo, bajo de la pena por la primera vez de seis ducados o doce días de cárcel y por la segunda doce ducados o veinticuatro días de cárcel (...)”.

Se dice que este bando, que enfadó sobremanera tanto a civiles como militares, fue la chispa que encendió la polvora del descontento general, con intrigas de palacio incluidas. La realidad eran el hambre, la subida excesiva de los productos de primera necesidad, la carestía del pan, que subió al doble, el encarecimiento del aceite y las velas de sebo, el mantenimiento a su costa de los faroles públicos y el descenso de los salarios. Es curioso, por la similitud con la salida de la crisis actual, que también se quejaban del empobrecimiento de las clases populares y del abandono por parte de los políticos de sus cometidos.

Una historia que estamos condenados a repetir una y otra vez, afortunadamente en este caso, sin muertos por medio.