Reivindiquemos una Moraleja serragatina y la unión de mancomunidades hermanas, que la unidad hace la fuerza y la soledad desgana. Unámonos en el espíritu quijotesco de la transición política, aquel que venció gigantes y atacó molinos

HOJAS. Aitor Cáceres Trueba
HOJAS. Aitor Cáceres Trueba

Tengo que reconocer que nunca había visto yo un otoño tan cargado de hojas sin hojas, letras escritas sobre coloridos renglones rectos de los cartelones publicitarios. Todo invita al viento de los acontecimientos, a la lluvia clara de la cultura que se perfila ahora en las notas musicales antiguas, luego en el adornado vestido multicolor que gira sobre los cuerpos indomables de los mozos y las mozas de los pueblos solidarios de la zona. Quien nos iba a decir a nosotros hace tres meses que si nos echábamos a soñar estos sueños se convertirían en realidad

Es como si la naturaleza, sedienta de la savia perdida en su manto de mil flores y en el pegajoso olor de la jara, animará a los pueblos serragatinos a continuar con ese sentimiento ganado a la historia en la unidad mancomunada de la desgracia. Por eso, heridos los unos y solidarios los otros, en la pérdida de la majestuosidad de la capa verde que tapa la impasible desnudez del campo olvidado, amansadas ya las gargantas desolladas, quieren redescubrir las crónicas antiguas de las victorias que los más viejos transformaron en leyendas.

OTOÑO. Aitor Cáceres TruebaCarpe diem, ahora que verdeguea el campo con las lluvias de la otoñá y con el nutritivo cebe que resbala por las laderas de los montes extendiendo su capa negra por los regatos y las veredas. Un humus este que alimenta unas plantas orgullosas que asoman ya los tiernos tallos de ilusión y de esperanza. Un monte abandonado el nuestro, que se sentía seguro en su paso imparable para la recuperación de aquel bosque salvaje poblado de antaño, cuando la vía de la Dalmacia serpenteaba por entre las alimañas poniendo en peligro el mercadeo entre Coria y la Sierra de Gata, quedó ahora dócil, vencido entre las manos que manipulan su esquelética y espectral figura, dando fin a aquella imagen apocalíptica del mal sueño de unas noches de verano.  

Corren los sueños compartidos por entre la distintas orografías de las canchaleras que preceden a los diferentes pueblos de la Sierra, curiosos de toparse con los cantares del ruiseñor y la música del grillo y la torrentera. Ya llegan a la iglesia, el culto da paso a la música que reivindica el espacio para la cultura que entra, poquito a poco, desde fuera. Qué salones de actos en cada pueblo si quisieran! que salas de exposiciones permanentes con sus santos y sus velas! Un angelito con un cuerno aerófano hace un guiño al auditorio, sabe tanto como nosotros que con estos nobles gestos, y no con otros, reverdeceremos la Sierra.

Se prestan las calles a vestirse de los colores variados de la tierra. Han acudido al olor de las migas y saben mucho de los bailes de paí fuera, allende los valles de los que Jálama presume cada primavera. Qué sensación solidaria! Qué luz tan pura sobre las paredes de piedra! Qué aire tan limpio en la estrechez de la Rueda! Qué cielo azul de día y, por la noche, cuántas estrellas! La montaña fundida con el valle y los pueblos unidos en cadena. 

Sabrán ellos, los que vienen de paí fuera, si es que ellos tienen que saber, que quieren romper la unidad de la Sierra. Veleí Coria, Piornal, Ceclavín, los músicos que la lluvia recogió en la improvisada carpa una madrugada canalla de convivencia y tanta, tanta gente poniendo remedios sobre las cicatrices negras, que también el sentimiento sano anida entre vecinos, no todo es cartera, aunque corren rumores de encinas y robles cortados aprovechando el Pisuerga.

Han conocido los políticos aquellos, si es que los políticos gustan de conocimiento, de las telarañas de la historia. Separados por las diócesis de Ciudad Rodrigón y Coria, por las órdenes de Alcántara y del Hospital, por los señores duques de Alba, por este o aquel comendador. Costó mucho la unidad de la Sierra, el sentimiento serragatino que comienza a anidar en los nuestros corazones y alimenta las nuestras cabezas. Surgió en la Sierra un hilo de esperanza, el sentimiento razonable de que unidos podemos despertar del  pasó de los siglos que nos arrinconaron en soledad completa y del terrible trueno que reventó el tímpano de nuestros oídos haciéndonos vagar, durante días, como almas en pena. 

No, no queremos más ruido. Qué se callen las trompetas de guerra y nos dejen echarnos a soñar sobre el lomo de las cigüeñas! Qué se levante sobre las cenizas de nuestros campos la armadura del caballero oscuro y permita en nuestros pueblos la luz, el paraíso virgen, alejándolos de la negrura espesa… 

Con la recercada soñamos en volver a abrir nuestros apagados campos sobre los trozos de cortezas calcinadas. Algo más que una glosa musical recorrió el retablo barroco, recién restaurado, de la iglesia gótica. El violonchelista mece suavemente el arco sobre la viola, el flautista intercambia el sonido de las diferentes flautas y el pianista acaricia las teclas del Clave junto al atril del organocidio, aquel que se cometió destripando por partes el legado que diera a la historia el obispo acebano. 

Con el mismo orgullo que mostraba el músico los instrumentos antiguos, piezas de museo decía, maldecía yo la tropelía cometida con el instrumento y miré de reojo al coro, sobre cuya parte izquierda, se sostribó el órgano acebano.

El órgano dieciochesco es irrecuperable porque algunos se ocuparon de separarlo pieza a pieza, en lugar de juntarlas en expertas manos de las que tienen conocimientos. En hombres buenos de los que saben que, tan sólo unidas, puede volver sonar el instrumento, arrancar maravillosas notas de las partituras de música antigua, sacra, culta… Ya es tarde para que don Diego Martín se levante de su tumba en la noche fría cantando el Te Deum. Lo fácil que es destruir con lo duro que es crear, paisano! 

Entre este bucólico entusiasmo colectivo, que quiere devolver a la Sierra su verde traje perdido entre los ocles y dorados otoñales, nadie podía pensar que la recercada pretendiera trasladar la atención de tan bellos gestos que recorren las calles y las plazas de los nuestros pueblos a los tiempos de los intereses divididos entre los Pereiro y los Alba. 

Tanto esfuerzo para nada. Cuesta tanto generar conciencia de lo que nos une, de la solidaridad necesaria, que se me hace fácil que puedan catalanizar la Sierra, la pela es la pela, y sólo se esgrime el dinero para dividir la cerca. Nada importa el sentimiento de los pueblos, la tranquilidad ganada, la preocupación por una demografía desbocada, el trabajo del jornalero, la aceituna a perra chica, la industria alejada… 

Se echa a soñar el político: “Hay que levantar murallas, pintar rayas y fronteras, poner alambradas, pueblos de segunda y de primera,… Aislémoslos. Divididos serán vencidos.  Mejor qué se maten entre ellos que buscar solución a la deuda, total para los que quedan. Primero será la mancomunidad de municipios, luego habrá que intervenir Ayuntamientos. Es el peso del dinero el que dispara el brazo de la romana. Hay que mirar despacio, con advertencia serena, a aquellos que la deuda viva atesoran sin sonrojarse siquiera”. Cuando me hicieron pedanía fue demasiado tarde, dijo el alcalde-poeta. El Ministerio de Administraciones Públicas coloca la deuda viva de dos o tres ayuntamientos serragatinos por encima de los 200.000 € y algunas publicaciones lo hacen en más de 500.000 €.

No están los tiempos para bromas. Si pensamos en la unidad de España,  trabajemos para unir los pueblos de la Sierra. Si pedimos a unos el respeto a la carta magna, solicitemos de los otros el respeto a los acuerdos de la constitución mancomunada. Reivindiquemos una Moraleja serragatina y la unión de mancomunidades hermanas, que la unidad hace la fuerza y la soledad desgana. Unámonos en el espíritu quijotesco de la transición política, aquel que venció gigantes y atacó molinos. No vengamos a quejarnos cuando sea imposible la restauración del órgano obispal y la Sierra sea un erial. 

Acabo de recibir un whasApp con el Tapa-Bús del 7 de septiembre. Leo, además: fiebre del oro, as borrallás, avistamiento de grullas… Saborea la Sierra. ¡Échate a soñar! Esta es mi gente y en Acebo … lloviendo.

Foto 1.- “OTOÑO”. Acuarela de Aitor Cáceres Trueba.

Foto 2.- “HOJAS”.   Acuarela de Aitor Sánchez Trueba.

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