Es inadmisible e intolerable cualquier intento de ocupar los órganos de gobierno de un país por la fuerza de las armas. Los demócratas debemos ser claros y contundentes frente a aquellos que intentan imponer la ley y el orden basados en una pretendida legitimidad que nadie les ha otorgado. Los militares, a las órdenes de los jefes de estado, deben salvaguardar las fronteras ante los posibles enemigos exteriores y colaborar en aquellos asuntos internos que la letra de las leyes, democráticamente elaboradas, les permitan, pero nunca atentar contra las instituciones democráticas del estado y del gobierno o contra los dirigentes políticos libremente elegidos, con el único objetivo de cambiar el curso de la historia, sin que nadie les haya dado vela en ese entierro.

Justificar un golpe de estado bajo la premisa de que una gran multitud ha ocupado una plaza pidiendo la dimisión de un presidente, que ha sido elegido democráticamente, es lo mismo que si ahora el ejercito se retira a los cuarteles, devolviendo el poder a su legítimo dueño, porque otra gran multitud ha tomado otra plaza para pedir la vuelta de Mohamed Morsi. Un sin sentido difícil de explicar a las familias y amigos de los más de treinta muertos y mil heridos. Puede además darse la paradoja de que decidan convocar nuevos comicios y salga elegido nuevamente el destituido Morsi, a no ser que se le niegue la libertad que tiene de presentarse a las elecciones.

Los demócratas, con la presión en la calle, estamos pidiendo de todo menos tanques. Cuando una gran concentración, o pequeñas mareas, reiteran sus reivindicaciones lo que realmente pedimos, al gobierno de turno, son cambios democráticos en la forma de gobernar, nuevas leyes que beneficien al conjunto de la población o rectificación en la acción legislativa emprendida.

Se trata de llamadas de atención para la enmienda, con el aviso de retirarles el voto en la próxima convocatoria y, como añadido, un rearme de fuerza para que la oposición actúe con contundencia frente a los abusos, el despotismo o la temeridad. En ese camino se encontrarán con el Parlamento, el Senado, los Tribunales de Justicia y el Tribunal Constitucional, que deben velar por el estricto cumplimiento de la letra de la Constitución, emanada de los representantes del pueblo.

Los demócratas no podemos, ni por un instante, quedar abocados al libre pensamiento de que sólo nos gusta la política democrática cuando el aire huele a pan nuevo y cuando arrecian las nubes negras de tormenta, justifiquemos truenos y relámpagos. 

Si un país ha aprobado una Constitución y ha legislado a favor de una convivencia democrática, no sirven salvapatrias que, derogando el orden constitucional establecido, devuelvan un país a una situación preconstitucional anterior al sistema libremente elegido. Los ciudadanos y ciudadanas de ese país, en su legítimo derecho a la protesta y la reivindicación, emanadas de ese mismo texto constitucional, deben pedir rectificación en los errores cometidos y, si es necesario tras un año de prueba, enmendar el articulado de la Constitución, que deben hacerla prevalecer por encima de todo, como mediadora y cómplice del conjunto de la sociedad.

 Cuando el ominoso Fernando VII, con la ayuda del ejercito español y los Cien Mil Hijos de San Luis, derogó, en 1823, la Constitución de Cádiz de 1812, primera Constitución Española conocida popularmente como la Pepa, no sólo consiguió la derogación de un sistema de libertades sino también la destrucción y la muerte, el dolor y el sufrimiento para el pueblo español. No lo fue menos el golpe de estado de 1936, que derogo la Constitución de 1931, aprobada durante la Segunda República Española y desembocó en la Guerra Civil Española. Porque en estos casos no sólo sufre la parte de la población que valientemente se opone a la instauración de un régimen militar, sino también aquellos que lo apoyaron.

 Con total y absoluta incredulidad hemos vivido los últimos episodios de Edward Snowden en el aeropuerto internacional de Moscú. Con alegría y satisfacción las noticias que estamos recibiendo en estos momentos con la concesión de asilo en Nicaragua y Venezuela.

Qué el gobierno “del país más demócrata del mundo” presione políticamente a los mandatarios de los viejos territorios de la Europa Unida, para que obstaculicen el vuelo de un avión diplomático, en cuyo interior viaja el presidente democrático de un estado soberano, es cuando menos reprobable. Qué estos países, del antiguo continente europeo, cuyos mandatarios tienen ya canas en sálvese la parte, caigan en la estrategia del miedo impuesta por los Estados Unidos de América del Norte, es increíble.  Qué la oposición española no haya dicho ni esta boca es mía, es inadmisible. 

¿Qué pretendía el gobierno español?. Es difícil saberlo.  El embajador de España en Austria se acerca al avión presidencial para tomarse un cafetito con el presidente Evo Morales, que, dicho sea de paso, goza de todas las simpatías posibles entre los ciudadanos y ciudadanas españoles, y cuando llega al aparato realiza la humillante pregunta de si en él se encuentra el ciudadano Snowden. Cuando Morales le dice que no, insiste en que quiere comprobarlo antes de su intermediación con Italia, Francia y Portugal, su eminente entrada en territorio español y su aterrizaje de emergencia en las Islas Canarias. 

Desde luego el presidente Evo Morales, desde el gobierno de su nación, habrá vivido casos singulares, pero tan esperpénticos como el presente se nos hace a nosotros, que no. 

¡Como hecho en falta a los hermanos Marx!. Me imagino a los responsables del avión de Evo Morales, con el respeto que este emana, diciéndole al embajador en cuestión:

- Usted tiene que comprender que si un Presidente le dice que en el avión no está Snowden, es fácil de entender –le dice amablemente el ayudante.

- Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Qué me traigan un niño de cuatro años! –contesta seguro el diplomático.

- Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota –le dice el Comandante al ayudante.

- Disculpe si le llamo caballero, pero es que no le conozco bien –se dirige el ayudante al diplomático.

- ¿Yo quería saber si… ¿.

- Todavía no sé qué me va a preguntar –interrumpe el ayudante-, pero me opongo.

- Yo sólo quiero saber si el señor, (como se llama, ese que tiene nombre inglés… , ¡ah, si!, Snowden… , Eduard Snowden), ocupa asiento en el avión –insiste el diplomático.

- No, no creo –contesta con suma rapidez el Comandante haciendo un guiño al ayudante-. Yo siempre les digo que no se sienten jamás, pues puede sentarse alguien a su lado que no les guste.

- Su pregunta, señor, no es pertinente –le dice el ayudante.

- Pero estos son mis principios –confiesa el diplomático-. Si no le gustan tengo otros.

- Es una tontería mirar debajo de la cama –niega el ayudante-. Si tu mujer tiene una visita lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir colgar la ropa.

- He muerto o se me ha parado el reloj –dice el diplomático mirando su rolex de pulsera-. Me voy.

- Adiós, señor –despide el ayudante-. La próxima vez que le vea, recuérdeme no saludarlo.

- Nunca olvido una cara –despide el Comandante-, pero en su caso estaré encantado de hacer una excepción.

- Yo siempre me he llevado bien con su pueblo –halaga el diplomático-, recuérdeselo al Presidente.

- Todo tiempo pasado fue anterior –contesta el ayudante.

Mientras se aleja del avión el diplomático saca su móvil y marca un número, una voz impaciente se pega a su oído:

- ¿Qué tal ha ido todo?.

- Ministro, estando al borde del precipicio, hemos dado un paso al frente.

- ¡Maldita sea!.

- Tendremos que pagar la cuenta.

- ¿Pagar la cuenta?. ¡Qué costumbre tan absurda!.

- Hemos disparado a nuestros hombres.

Pues tome un euro y guarde el secreto.- 

- Todo por un mal café.

- ¿Usted sabe de qué va Snowder?.

- No. Estuve tan preocupado de escribir la crítica que se me olvidó leer las noticias.

- ¡Parad el mundo que me bajo! –exclamó el sofocado Ministro mientras colgaba el teléfono.

- ¿Qué dice el austriaco? –pregunta otra voz.

- Que partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de miseria.

- Se lo dije, Ministro, una cita a ciegas puede convertirse en un cerdo con sombrero y en un bolso de mujer.

- Supongo que habrá que inventar las camas de agua. Ofrecen la posibilidad de beber algo, a media noche, sin peligro de pisar al gato.

- Ha sido una humillación gratuita.

- Sólo lo barato no resulta caro.

- Estamos en un buen lío.

- ¿Por qué?, la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar, después, los remedios equivocados.

- Eso nos passa por hacerle caso al Obamita.