Tradiciones en peligro de extinción: “La artesanía del encaje de bolillos”

Hay recuerdos que se quedan para siempre en tu memoria, son como fotografías en sepia de lo que una vez contemplabas y ya no existe o quedan resquicios inusuales. El caso es, que una, no se da cuenta en qué momento dejaron de existir, aunque sí el porqué. La evolución del ser humano ha dejado escapar, sin embargo, hermosas tradiciones, haciendo una criba donde parece ser que permanecen aquellas que, bien mirado, no dejan de ser simples fiestas, celebraciones y  jolgorios, con o sin animales, pero que ahí siguen en los pueblos.

Hablo de las tradiciones donde los maestros artesanos hacían con sus manos, creaban objetos de cualquier cosa, inventaban, y nos dejaban como fiel reflejo de un pasado diferente, unas costumbres y usos que la modernidad ha ido dejando en el olvido, objetos obsoletos que ahora se recuperan para usarse como adornos en la casa, en los negocios y en los museos etnológicos. Y es que parece ser que eso de ser “vintage” da mucho de sí, te hace más “cool” y te da “caché”, aunque la mayoría de las veces no sepamos para qué estaban hechos.

Entre el maremágnum de ancestrales artesanías, casi olvidadas, quiero hablar del maravillosos mundo del bolillo, del encaje, de esos ajuares que antaño cada una se hacía para su soñada boda. Hablar de esas mujeres que no sólo lo hacían, sino que además, salían a vender por los pueblos vecinos o mucho más lejos, a otras regiones incluso. Me contaba mi abuela que un vecino del pueblo le dejaba el burro para ir al pueblo de al lado, que trabajaban de noche a la luz del candil y que mi madre siendo muy niña tuvo que dejar la escuela para hacer encajes que luego venderían para poder comer…

Recuerdo con cariño “La Calle Alante” de Acebo, cuando llegábamos en verano y estaban las mujeres sentadas en sus puertas con las sillas bajas de enea haciendo encaje a la fresca. Calles tomadas por mujeres vestidas de negro, mayores, abuelas la mayoría, que paraban para darnos la merienda y seguir con su tarea. Aquellas manos ágiles, aquellas “almohadillas” con sus paños blancos impolutos, las alfileres de  cabeza negra o de colores, el dibujo en el cartón de una caja de zapatos, “picaos” antiguos de sus propias abuelas…Tengo el recuerdo vívido de las manos de mi abuela con vertiginosa rapidez deslizando los bolillos, aquel repiqueteo que no nos dejaba escuchar la tele, metros y metros de encajes hermosos que cosería alguien después en una sábana, en una toalla o en su ropa interior…

Ahora es difícil ver en el pueblo a alguna mujer en la puerta de su casa a la fresca, llenando el silencio de la calle con el mágico sonido de los bolillos. Las nuevas generaciones no han aprendido y las que lo hicieron, que las hay, ya no necesitan dejarse los ojos a la luz de un candil porque no tendrán que venderlo para poder comer.

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