Todos hemos oído hablar de lo imposible que es poder controlar un incendio como el desatado el pasado verano en Sierra de Gata.

 En las semanas posteriores al incendio participé en muchas charlas, en las que era normal escuchar comentarios sobre el gran número de efectivos contra el fuego tipo autobombas y similares que se movilizaron, y cómo la mayor parte del tiempo, especialmente de noche, la mayor parte de dichos efectivos estuvieron aparcados lejos del fuego. 

También era normal escuchar a vecinos de los pueblos afectados, que justificaban la inmovilidad de dichos efectivos, alegando que el incendio era tan grande y hacía tanto viento que no había forma de luchar contra él.

Lo curioso es que también era normal que esto lo dijeran vecinos, que un poco antes habían contado cómo ellos mismos se habían plantado en sus fincas delante de sus casas, y tras luchar toda la noche contra el fuego, habían conseguido evitar que sus casas ardieran.

Lo cierto es que la mayoría de los efectivos de lucha contra el fuego, desconocían el territorio por el que tenían que desplazarse. Y ante el riesgo cierto de quedar atrapados por el incendio en un terreno desconocido, no tuvieron más opción que extremar precauciones.

Un claro ejemplo de lo que sí pueden hacer los equipos de extinción, es lo que hicieron los bomberos forestales de Hoyos en el centro de actividades Lalita, un espacio emblemático de Sierra de Gata situado en Acebo.

Las edificaciones de Lalita se distribuyen por un frondoso bosque de robles, situado en un valle inclinado y delimitado por laderas empinadas. Esta gran masa de robles linda por la parte baja con extensas plantaciones de pinos sin ningún tipo de gestión.

El fuego del incendio llegó a esta masa descontrolada de pinos, y subió por las laderas del valle hacia el bosque de robles rumbo a las edificaciones de Lalita.

Pero los bomberos forestales de Hoyos que conocían perfectamente Lalita y sus alrededores, se empeñaron en que Lalita no ardiera, a pesar de la enorme magnitud del fuego y de la fuerza con la que soplaba el viento, levantando llamaradas de más de cincuenta metros. Gracias al excepcional trabajo que realizaron los bomberos forestales, Lalita no ardió.

Es evidente que en zonas de fincas de pinos abandonadas a su suerte desde hace años, es muy difícil cuando no imposible controlar el fuego.

Pero también es evidente que en zonas de fincas de robles adehesadas, sí es posible controlar el fuego.

En el término municipal de Perales del Puerto, en el valle por el que transita la carretera de cemento que sube hacia las ruinas de la ermita de la Virgen de la Peña, el pasado verano ardieron varias edificaciones situadas en fincas de robles adehesadas.

Ardieron porque cuando el incendio llegó hasta las casas, no había nadie sobre el terreno, trabajando para controlar el fuego.

¿Por qué no había nadie? Porque por diversas circunstancias los vecinos que vivían en esas casas, no estaban allí cuando llegó el incendio. Y porque los efectivos de lucha contra el fuego no hicieron acto de presencia.

¿Por qué no acudió ningún equipo de lucha contra el fuego a este valle habitado, constituido por fincas de robles adehesadas?

La respuesta a esta pregunta está relacionada con las conclusiones de la Comisión de Investigación de la Asamblea de Extremadura, afirmando que el incendio se descontroló a pesar de los recursos disponibles, por cuestiones como la falta de gestión, la descoordinación en el Mando Avanzado y con otras administraciones, el mal avituallamiento de los trabajadores y las malas comunicaciones.

Confío en que los responsables institucionales hayan tomado buena nota de estas conclusiones, y se hayan puesto a trabajar en corregir los errores detectados.

Una catástrofe como la que sufrimos en agosto del año del año pasado, no puede volver a repetirse. Nos va la vida en ello.

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