Memoria del amor

- Ave María Purísima - Sin pecado concebida, Juana. - Anda, pero si sabe mi nombre. - Pues cómo no lo voy a saber, con la de años que llevo de párroco en este pueblo… - Bueno, pues ave María, padre, que ya sabe que soy Juana. Que me vengo a confesar. - Está bien, hija, dime qué te preocupa.

- Ave María Purísima

- Sin pecado concebida, Juana.

- Anda, pero si sabe mi nombre.

- Pues cómo no lo voy a saber, con la de años que llevo de párroco en este pueblo…

- Bueno, pues ave María, padre, que ya sabe que soy Juana. Que me vengo a confesar.

- Está bien, hija, dime qué te preocupa.

- Que he pecado, padre, que en sueños estoy con un hombre joven, y ya sabe usted…

- ¿Qué tengo que saber?

- Que primero nos conocemos, y luego en el baile se me aprieta al cuerpo, que me pongo como a temblar, después salimos a la vega y me dice cosas muy tiernas, muy sentidas, y se me arranca con que si quiero ser su novia…

- Pero ¿otra vez, Juana?

- ¿Cómo que otra vez? Si yo antes no tenía estos sueños, Don Jenaro, si ni siquiera me acuerdo de lo que sueño, menos de esto.

- Pues deja de inquietarte, Juana, que lo que se sueña no es pecado.

- Ya, ya, lo que usted diga; pero es que ahora, muchas noches, antes de irme a la cama me entra como un ansia y me digo a mi misma: ojalá me venga otra vez el sueño con este mozo.

- Vamos a ver, Juana. ¿El mozo de tus sueños es moreno y lleva un bigote amostachado?

- Pues sí, padre.

- ¿Y es más alto que un pino?

- Pues sí que es alto, padre.

- ¿Y lleva gafas porque es un poco miope?

- Gafas lleva, padre, pero aun con esas es muy guapo.

- ¿Y no tendrá una cicatriz en una ceja?

- Sí que la tiene, sobre el ojo derecho, pero casi no se le nota.

- ¿Y no se llamará Leandro?

- ¡Coñe! Leandro se llama, padre. ¿Y cómo lo ha adivinado?

- Porque ese hombre no es otro que tu marido, Juana, que se te murió ya hace casi cuatro años, después que enfermó del corazón. ¿Tampoco te acuerdas de eso?

- Válgame Dios, qué cosas dice, pero si yo no he estado casada nunca.

- ¿Y en el sueño no estás tú muy moza también? Y seguro que os encontráis en un pueblo como este.

- Moza estoy en el sueño y en este pueblo estamos. Ya le digo, que parece usted adivino, don Jenaro.

-¿No comprendes, hija, que esos sueños no son más que los recuerdos de cuando te hiciste novia de tu marido, que en paz descanse?

- No sé, no sé…Tengo la cabeza algo descompuesta…Y a veces me parece que sí, que a ese hombre ya le conocía, y otras me parece un extraño, pero siempre le quiero mucho, mucho, padre, que ya no sé si esto es bueno o malo.

- Anda en paz, Juana, que tú no tienes nada de lo que arrepentirte. De todas formas, si te quedas más tranquila, esta tarde le dices a tu nieta, la de Luisa, que te acerque hasta la ermita del Santo y rezas dos padrenuestros. Más que nada porque le pidas al santino que nos llueva algo de agua, que buena falta nos está haciendo con esta sequía. Seguro que a ti te hace caso.

- Lo que usted diga, padre. Oiga… ¿y si vuelvo a tener otra vez sueños con este hombre, puedo venir a contárselos?

- Como quieras. Y ahora vete para casa y recuerda que al salir de la Iglesia tienes que tomar a la derecha y luego… Bueno, mejor te acompaño yo, que ya se va haciendo tarde y es hora de cerrar la iglesia.

Hace poco, el 21 de septiembre, Día Mundial del Alzheimer, lo dedicamos a solidarizarnos con quienes lo padecen. Amable lector: si has llegado hasta aquí en tu lectura, te ruego que, si tienes entre tus familiares o allegados alguna persona a quien la enfermedad le esté robando su memoria o su identidad, la trates con muchísimo cariño y mucha paciencia. Tanto o más como los que demostraba don Jenaro con Juana.