Orgulloso de mis conciudadanos que gracias a ellos podemos decir que hemos salvado el pueblo.

Gracias a la divina providencia que quiso protegernos, a los robles por no ser pinos, al viento que a pesar de ser fuerte no fue violento, a los vecinos por olvidar sus problemas y pensar en los demás.

Todo era terrible, todo tremendo, el pueblo en cuestión de minutos se vio envuelto en una espiral de pánico y fuego, una lucha titánica en la que la falta de agua causó estragos, las reservas se terminaron en un suspiro.

La gente se afanó en luchar contra los elementos, contra lo imposible, contra la sinrazón de un descerebrado que convirtió nuestro pueblo en una ratonera sin salida. Ancianos, niños, mujeres hacinados en el centro del pueblo, hombres organizados en silencio con su experiencia, mujeres voluntarias, ancianos dispuestos a morir por defender lo suyo: casa, burro o huerto, pero lo suyo.

Todo sucedió de noche, por sorpresa, como quien prepara un ataque final, coronado todo por nuestro castillo que tantas y tantas batallas ha visto.

Esta tan feroz como la última, puso a prueba a los Santibañejos, que aún sin medios, no perdieron el tesón. Al rato llegaron los bomberos, salvadores de una desgracia que venía a mayores. Ellos lo dieron todo, acompañados de nuestra gente que les movían las mangueras donde ellos mandaran, los acompañaban a piscinas para rellenar. Ambas partes lo consiguieron. Parar al mismísimo satanás. 

No podéis imaginar lo que vivimos. Nervios, tensión, cabreos, indignación, lamentación y lo peor de todo ver el miedo reflejado en los ojos de las personas que más quieres.

La gente luchó, corrían de un foco a otro para apagarlo todo; el humo se apoderó de nuestros ojos, de nuestros pulmones doloridos.

Agua, cubos, mangueras, nada era suficiente y nada lo detenía. Al final, llegó a nuestras casas, ardieron por los lados, por encima pero no entraron. Alguna muy vieja se quemó, otras estuvieron muy cerca, algunos animales sufrieron y algunos simplemente murieron. 

Al final, llegó el alba y con ella un poco de calma. La gente empezó a correr a las fincas para sacar su ganado, ganado confuso, aturdido, acongojado.

Son las ocho, llegan los refuerzos: uno, dos, tres hasta doce aparatos voladores cargados de esperanza, de frescura de libertad.

Ahora, exhaustos, con los ojos doloridos, sufro, sufrimos, sufrimos la misma impotencia, la rabia de ver todo perdido, todo negro, de ver cómo el miedo no se ha marchado, de cómo está metido en las entrañas de mi gente y eso, amigos míos, sólo me hace llorar, llorar de rabia, de no poder hacer más, de no dejar de pensar en lo terrible que era y de que todavía podía haber sido peor.

Gracias divina providencia, gracias Dios de los cielos. Nuestros hijos, nuestros mayores, nuestras mujeres, nuestros hombres y nuestras casas están más oscuras, teñidas de negro, con lágrimas de ceniza, pero sanos y salvos.

Dedicado a tod@s l@ héroes del pueblo. 

En la noche del 23 de agosto de 2013

NOTA. Carta escrita por un vecino de Santibáñez el Alto que prefiere mantener el anonimato. El texto ha sido remitido a www.sierradegatadigital.es por una lectora a través de nuestra página en Facebook.