A raíz de lo ocurrido en Sierra de Gata parece oportuno, y ya con cierta serenidad ante el espanto de los primeros momentos, propiciar la reflexión. Parece que así está actuando la Administración, con reuniones diversas, e incluso en el ámbito comarcal se han creado plataformas de afectados, de solidaridad con los afectados y también de reflexión sobre el modelo y futuro de la comarca

No por habitual deja de ser normal que, sobre todo en verano, la Sierra salte a los medios por algún gran incendio. Parece que el verano siempre nos reserva alguna portada de periódico, titulares y artículos de opinión. Raro es el estío en que esto no ocurre. Desgraciadamente este año hemos sido incluso portada de noticiarios televisivos a causa del gran incendio que asoló, fundamentalmente Acebo, Hoyos y Perales, con pequeñas incursiones en otros términos municipales. Se puede hablar de un incendio de dimensiones comarcales, no tanto por la superficie respecto al total comarcal pero sí por haber alcanzado un eje medular de elementos muy representativos del patrimonio gateño (los propios cascos urbanos de Acebo, Hoyos y Perales, el entorno de Jálama y Cervigona, las piscinas naturales de Acebo, Hoyos y Perales, entre otros). Intencionadamente estamos rehuyendo la etiqueta de forestal. A la vista de lo ocurrido este año, ya no es que ardan masas forestales o estrictamente “terreno forestal” (no necesariamente superficie arbolada) porque la impresión es que, en sentido amplio, se quemaba “el campo” y casi los pueblos: el conjunto del medio rural.

Se quema “el campo”, los espacios de cultivos tradicionales ubicados en el minifundio parcelario del entorno de los pueblos, el terrazgo ocupado por huertos, viñas, olivares, cercados y tapados. Un terrazgo que a medida que nos alejamos de los pueblos ha derivado casi en bosque en la medida en que ese terrazgo ha sido abandonado (por pérdida de población, por edad del agricultor, por dificultades de acceso, por escasa rentabilidad) y de nuevo es recuperado por los árboles, matorrales y zarzales a expensas de los cuales en su día se abrió el espacio de cultivo o claro para el pastoreo. Una arboleda que tampoco es objeto ya de la tradicional extracción de leñas, material de construcción o forrajeo, por lo que se acumula un combustible potencial.

En paralelo, se desdibujan y desaparece la trama de elementos que articulaba ese campo, desde caminos y veredas a paredes, muros, poyos y bancales, elementos que por la propia intemperie climática, sobre todo las aguas, la falta de mantenimiento y la recolonización silvestre se deterioran e inutilizan, más o menos mimetizados en el entorno.

Se quema “el campo”, incluyendo los antiguos pastaderos leñosos de los terrenos más serranos, manejados antaño como baldíos y comunales abiertos, dominios de bardales, escobonales y brezales, que por falta de aprovechamiento ganadero y descuaje se han convertido en espesas masas de escobones, brezos, jaras y carquesas, actual dominio de abejas y jabalíes.

Y casi siempre se han quemado, en el sentido de incendio forestal más común, las dilatadas superficies de terrenos serranos que fueron objeto de repoblación forestal mediante pinos, y los espacios recolonizados por la dispersión del pinar, y los pinares ya maduros y vueltos a quemar, y los densos pinares menudos fruto del banco de semillas del suelo, en ocasiones hasta que el regenerado de semilla desaparecía. Estos si han sido, por desgracia, los incendios que, por la continuidad de las masas y pese a la maraña de pistas y cortafuegos, han tenido marchamo de forestal según su definición legal (bosques, matorrales, riberas y pastizales), aunque en el caso que nos ocupa no se trata del componente fundamental.

En definitiva, por diversos factores, el medio serrano es frágil y vulnerable ante el fuego por sus condiciones “estructurales” (relieve, pendientes, cobertura vegetal), aún más en años climáticamente tan secos como éste y con perspectiva de incrementarse esa fragilidad en el horizonte de irregularidad climática en que nos movemos. En todo caso estos no son los factores desencadenantes del fuego. No habrá paz para los malvadosDesde el más puro ejercicio de especulación sobre las causas, descartadas las naturales, no acierto a vislumbrar más que nos adentraríamos en el complejo mundo de la mente humana, a medio camino entre conflictos de intereses poco explícitos a primera vista y puede que puras patologías para estudio psiquiátrico. Aquí hay tema de estudio.

En suma, el abandono y decaimiento del mundo rural en general, en paralelo a la masividad de coberturas vegetales en recuperación, generan condiciones proclives a la dificultad de controlar los incendios.

Unas condiciones de fragilidad sobre las que desde hace unos años se ha construido el incipiente desarrollo turístico de la comarca, donde se exhibe el verde y el agua, pero sin que pueda olvidarse que bajo esa abundancia de verde en el paisaje de nuestras sierras se esconde un medio rural en transición como contexto que podía virar del verde al negro de manera brusca y catastrófica.

Unas condiciones de fragilidad del medio rural serrano sobre el que se superpone a veces la mirada conservacionista, inspirada en estándares europeos y que consagra un modelo de “medio ambiente”, una foto fija de estado del medio que parece olvidar que ese medio es una deriva natural por abandono de la gestión tradicional en desuso (no siempre respetuosa, puntualmente incluso abusiva). Es la política de protección del medio que llevada al extremo, a veces mal explicada y otras mal entendida, se traduce, grosso modo, en que no se puede tocar nada de lo que hasta ahora era objeto de manejo y gestión. Para (casi) todo hace falta informe, permiso o supervisión administrativa, no siempre ágil. Ante ello se genera incomprensión o abierto rechazo, especialmente cuando paradójicamente ni la propia Administración respeta pautas ambientales o las integra en sus políticas de manera real, sin generar agravios comparativos (exigiendo a los ciudadanos lo que la Administración elude). El ejemplo más reciente es la pista de Las Jañonas, verdadera “carretera de montaña” a ninguna parte, realizada por los Servicios Forestales.

Al hilo de todo lo expuesto, e intentando hacer una lectura de revisión del modelo desarrollado hasta ahora, el incendio de Sierra de Gata saca a relucir las múltiples dimensiones subyacentes bajo lo que en suma simplificamos como el último gran  incendio forestal en la Sierra 

Las cuestiones que se suscitan no son sólo de índole forestal sino que necesitamos revisar un modelo de desarrollo rural donde no cabe hablar sólo o parcialmente de política forestal a base de pistas, cortafuegos y acopios de agua a pie de pista. Donde ha pasado a primer plano de manera dramática la afección directa del fuego a los cascos urbanos, si bien existe una legislación autonómica de lucha y prevención contra incendios muy detallada en recursos, planes, memorias y medidas al servicio de la prevención efectiva del riesgo de incendios, especialmente en zonas de alto riesgo, como ocurre en todo el ámbito de Sierra de Gata, y también en el entorno de los cascos urbanos a través de la figura de los planes periurbanos, que son competencia de las autoridades locales.

De la mano de la planificación forestal, de la lucha contra el fuego y la prevención del riesgo de incendios debe ir la ordenación urbanística y territorial, que es la que dibuja el contorno de interrelación de lo urbano con el terreno que le rodea, sin descuidar la vulnerabilidad de la implantación de nuevas construcciones en suelo rústico, bien de segunda residencia, bien de localizaciones vinculadas a turismo rural así como los espacios de tipo recreativo en el medio natural, como las piscinas naturales. 

Otras claves de lectura se inscriben en el contexto puramente económico. No es raro que el cultivo tradicional se abandone por parte de quien no ve en ellos expectativas económicas claras, como ocurre con el olivar y el viñedo, los cultivos de mayor difusión. Donde los nuevos usos del territorio no pasan de ser simbólicos granos de arena, puramente testimoniales y en la medida en que tiene mucho peso en el sector turístico, con la fragilidad inherente al contexto en que se inscriben. Tal vez con escasa significación habida cuenta de la dilatada trayectoria que lleva la comarca trabajando en clave de desarrollo y diversificación del medio rural desde los programas LEADER. Donde, dada su amplia superficie, los terrenos forestales de administración pública se gestionen de manera que los pueblos perciban que el monte también es suyo y les genera riqueza no sólo cuando se quema y se vende la madera, como ocurre con las recientes experiencias de resinación.

Desde luego, las políticas de valoración del medio natural no pueden ser sólo cartelería, folletos turísticos y senderos, sino que en medios rurales tan “naturales” deben acompañarse con unas medidas de gestión que consideren que no hay rincón de la sierra que sea virgen sino que la mano del serrano está detrás de la mayor parte del paisaje que percibimos. Y que las prácticas agroforestales no pueden perder nunca el trasfondo de selvicultura preventiva, incorporando facilidades y pautas de gestión que integren también claves ambientales y de mejora del paisaje y su valoración como recurso. A ello debe contribuir el contar con una malla vertebradora apoyada en los caminos públicos, como accesos al territorio dimensionados según las características del mismo, diseñados para su puesta en valor y como red de defensa, no sólo como soporte de redes de itinerarios y, desde luego, no sólo como mera contrata de obra pública para mover maquinaria y cuadrar presupuestos de inversión.

No debemos perder de vista que los espacios serranos que constituyen los telones de fondo de nuestro escenario comarcal, además de los valores ambientales y referenciales para el imaginario serrano, son algo más. Su gestión no debe olvidar su condición de límite administrativo, para unificar criterios de gestión, pero tal vez lo más significativo sea que estos ámbitos serranos son la esponja que atrapa el imprescindible recurso agua, por lo que su gestión debe ser siempre orientada por criterios protectores más que especulativos.

Por tanto, es necesario un enfoque del territorio que parta de una visión patrimonial e integradora del propio territorio por su interrelación de factores naturales y culturales. Porque Sierra de Gata es un medio eminentemente rural y muy humanizado, cuyo paisaje sintetiza la diversidad de respuestas naturales y se funde con la herencia en forma de patrones de un modelo de gestión tradicional en decaimiento y apuntes de nuevas miradas. En definitiva, donde el medio natural tiene mucho de medio social y cultural. Esta es su riqueza y su fragilidad.

NOTA. La imagen que acompaña a este artículo está tomada en la portera del monte público de "Jálama", en San Martín. Es el emblema habitual de las escuelas de montes y de los servicios forestales, más una leyenda anónima muy adecuada.

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