Entrega de premios JUDEX, Gimnasia Masculina: “pito pito gorgorito”

¿Quién no conoce esta retahíla utilizada para contar y echar a suertes? El domingo, día 6 de mayo, en la entrega de medallas y trofeos de gimnasia artística masculina de los JUDEX, en Mérida, asistimos como espectadores a una puesta en escena de este “pito pito”. A las 13:30 horas debían de haberse entregado los trofeos y medallas –según el calendario previsto.

¿Quién no conoce esta retahíla utilizada para contar y echar a suertes? El domingo, día 6 de mayo, en la entrega de medallas y trofeos de gimnasia artística masculina de los JUDEX, en Mérida, asistimos como espectadores a una puesta en escena de este “pito pito”.

A las 13:30 horas debían de haberse entregado los trofeos y medallas –según el calendario previsto. No pudo ser porque aún había que pasar al ordenador las calificaciones de los gimnastas. ¿Hubo nervios, acaso, por parte de los organizadores porque los espectadores esperaban? No sería lógico, puesto que nadie protestó. ¿Tenían ellos –acaso- prisa por terminar cuanto antes el evento? Las prisas… ya se sabe: “vísteme despacio…”

Los padres esperamos pacientemente; no pasa nada. Pero lo que no podíamos prever era el desbarajuste que íbamos a presenciar. Comienza la entrega de premios y los gimnastas desfilan hacia el pódium según se les nombra. La cara del que ha recibido el oro en una categoría refleja su satisfacción personal después del esfuerzo. Pero… ahora es cuando comienza la función. ¿A quién le ha tocado el oro? A Fulanito. Ah, no, perdón, nos hemos confundido y ha sido a Zutanito. Pero es que el bronce tampoco ha sido para este chaval, sino para aquel otro al que le habían otorgado la plata. El niño que había recogido con orgullo su oro se quedaba consternado cuando le decían que tenía que “cambiar su cromo” por otro menos importante. Y así varias veces, sin que se oyera más que un leve murmullo de los espectadores (a pesar de nuestra indignación). Todos los allí presentes nos fuimos con la inseguridad de lo que habían ganado, finalmente, nuestros hijos, o con la duda al menos de que a lo mejor es que no habían perdido. Pero lo peor, la cara de los niños. A mi hijo le quitaron una medalla –bien ganada con su esfuerzo- porque, una vez más, la encargada de entregar los premios volvió a equivocarse. Se la devolvieron al final del acto, reclamada, lógicamente, por su entrenador.

“El mejor escribiente echa un borrón”, es cierto. ¿Acaso no nos equivocamos todos? Evidentemente. Lo triste es hacerlo una y otra vez y que esas equivocaciones se vean reflejadas en las caras de niños.

Un poco de paciencia, sí; disculpas finales por parte de la organización, también. Pero el resultado fue el que he relatado más arriba y que nos hizo irnos a todos los padres con un mal sabor de boca. Pese a todo, seguiremos con ganas de que nuestros hijos practiquen este deporte tan poco reconocido y, por supuesto, muy poco subvencionado.