La afirmación, registrada y transmitida por los sumerios, de que el «Hombre» fue creado por los nefilim, (Elohim, en hebreo) parece entrar en conflicto, a primera vista, tanto con la teoría de la evolución como con los dogmas judeocristianos basados en la Biblia. Pero, de hecho, la información contenida en los textos sumerios -y sólo esa información-puede afirmar tanto la validez de la teoría de la evolución como la verdad del relato bíblico, y demostrar que, en realidad, no existe conflicto alguno entre ambas.
En la epopeya «Cuando los dioses como hombres», en otros textos concretos y en referencias de pasada, los sumerios describieron al Hombre no sólo como una creación deliberada de los dioses, sino también como un eslabón en la cadena evolutiva que comenzó con los acontecimientos celestes descritos en «La Epopeya de la Creación». Sosteniendo la firme creencia de que la creación del Hombre fue precedida por una era durante la cual sólo los nefilim estaban en la Tierra, los textos sumerios registraron, caso por caso (por ejemplo, el incidente entre Enlil y Ninlil), los acontecimientos que tuvieron lugar «cuando el Hombre aún no había sido creado, cuando Nippur estaba habitado sólo por los dioses». Al mismo tiempo, los textos también describieron la creación de la Tierra y la evolución de la vida de plantas y animales en ella, y lo hicieron en unos términos que se conforman y confirman a las actuales teorías evolucionistas.
Los textos sumerios afirman que, cuando llegaron los nefilim a la Tierra, aún no se habían extendido por ésta las artes del cultivo de cereales y frutales, así como la del cuidado del ganado. Del mismo modo, el relato bíblico sitúa la creación del Hombre en el sexto «día» o fase del proceso evolutivo. El Libro del Génesis afirma también que, en un estadio evolutivo anterior:
Ninguna planta de campo abierto, había aún sobre la Tierra, ninguna hierba que es plantada había germinado todavía...
Y el Hombre no estaba todavía allí para trabajar el suelo.
Todos los textos sumerios afirman que los dioses crearon al Hombre para que hiciera el trabajo de ellos. Explicado en boca de Marduk, (“dios sumerio”) La epopeya de la Creación, da cuenta de la decisión:
Engendraré un Primitivo humilde;
«Hombre» será su nombre.
Crearé un Trabajador Primitivo;
él se hará cargo del servicio de los dioses,
para que ellos puedan estar cómodos.
Los términos que sumerios y acadios utilizaban para designar al «Hombre» hablan a las claras de su estatus y de su propósito: el Hombre era un Mu (primitivo), un Mu amelu (trabajador primitivo), un awilum (obrero). Que el Hombre hubiera sido creado para servir a los dioses no resultaba en absoluto una idea chocante o extraña para los pueblos antiguos. En los tiempos bíblicos, la divinidad era «Señor», «Soberano», «Rey», «Amo». La palabra que, normalmente, se traduce como «culto» era, en realidad, avod (trabajo). El Hombre antiguo y bíblico no daba «culto» a su dios; trabajaba para él.
Pero, realmente, ¿no somos más que «simios desnudos»?
La evolución puede explicar el curso general de los acontecimientos que han hecho que la vida y las formas de vida se desarrollen en la Tierra, desde la más simple criatura unicelular hasta el Hombre. Pero la evolución no puede dar cuenta de la aparición del Homo sapiens, que tuvo lugar de la noche a la mañana, en los términos de millones de años que la evolución requiere, y sin ninguna evidencia de estadios previos que pudieran indicar un cambio gradual desde el Homo erectus. A la ciencia le va a costar mucho encontrar el famoso “eslabón perdido”, sencillamente porque no existe,
El homínido del género Homo es un producto de la evolución. Pero el Homo sapiens es el producto de un acontecimiento repentino, revolucionario. Apareció inexplicablemente hace unos 300.000 años, millones de años, demasiado pronto, para el ritmo normal de la evolución natural.
Los expertos no tienen explicación para esto. Los textos sumerios y babilonios sí que la tienen. Y el Antiguo Testamento también. El Homo sapiens -el Hombre moderno- fue creado por los antiguos dioses.
Afortunadamente, los textos mesopotámicos hacen una clara exposición del momento en que fue creado el Hombre. El antiguo texto usa el término ma para decir «período», y la mayoría de los expertos lo han traducido por «año». Pero el término connotaba «algo que se completa y, después, se repite». Para los hombres de la Tierra, un año equivale a una órbita completa de la Tierra alrededor del Sol. Pero, la órbita del planeta de los nefilim equivalía a un shar, o 3.600 años terrestres. Cuarenta shar, o 144.000 años terrestres, después de .su, llegada, fue cuando los anunaki, que trabajaban dijeron: «¡Basta!».
Si los nefilim llegaron a la Tierra, hace alrededor de 450.000 años, ¡la creación del Hombre debió tener lugar hace unos 300.000 años! Los nefilim no crearon a los mamíferos, a los primates o a los homínidos. «El Adán» de la Biblia no era el género Homo, en sí, sino el ser que es nuestro antepasado, el primer Homo sapiens. Lo que los nefilim crearon es el Hombre moderno, tal como lo conocemos.
La clave para comprender este hecho crucial se encuentra en el relato en el que despiertan a Enki, el Dios( según la tradición sumeria) encargado de los trabajos de extracción de mineral, para informarle que los dioses han decidido formar un adamu, y que su tarea consiste en buscar la forma de hacerlo.
A todo esto, responde Enki:
«La criatura cuyo nombre pronunciáis ¡EXISTE!» y añade: «Sujetad sobre ella» -sobre la criatura que ya existe- «la imagen de los dioses». (la biblia dice que Dios soplo sobre la criatura su aliento)
Aquí, por tanto, se encuentra la respuesta al enigma: los nefilim no «crearon» al Hombre de la nada; más bien, tomaron una criatura que ya existía y la manipularon para «sujetar sobre ella» la «imagen de los dioses». El Hombre es el producto de la evolución; pero el Hombre moderno, el Homo sapiens, es el producto de los «dioses». Pues, en algún momento, hace alrededor de 300.000 años, los nefilim cogieron a un hombre-simio (Homo erectus) y le implantaron su propia imagen y semejanza.
No hay ningún conflicto entre la evolución y los relatos de la creación del Hombre de Oriente Próximo. Más bien, se explican y se complementan uno a otro. Pues, sin la creatividad de los nefilim, el hombre moderno se encontraría aún a millones de años de distancia en su árbol evolutivo. Remontémonos en el tiempo e intentemos visualizar las circunstancias y los acontecimientos, tal como se revelaron.
Que los nefilim y los simios de aspecto humano se conocieron es algo que viene atestiguado por varios textos antiguos. Un relato sumerio, que trata de los tiempos primordiales, afirma:
Cuando la Humanidad fue creada,
no sabían nada sobre comer pan,
i no sabían nada sobre ponerse prendas de vestir;( se dieron cuenta que estaban desnudos, dice La Biblia)
comían plantas con la boca, como la oveja;
bebían agua de una zanja.
En La Epopeya de Gilgamesh se describe también a este ser «humano» medio animal. Aquí se nos dice el aspecto que tenía Enki-du, el «nacido en las estepas», antes de civilizarse:
Peludo es todo su cuerpo,
dotado en la cabeza con una melena,
como la de una mujer...
No sabe nada de gente ni de tierra;
su atuendo es como el de uno de los campos verdes;
come hierba con las gacelas;
con las bestias salvajes se codea en el abrevadero;
con las prolíficas criaturas en el agua su corazón se deleita.
Entonces, ante la necesidad de mano de obra, y resueltos a conseguir un Trabajador Primitivo, los nefilim pensaron en una solución a la medida: domesticar al animal adecuado. El «animal» estaba disponible, pero el Homo erectus planteaba un problema. Por una parte, era demasiado inteligente y salvaje como para convertirse, así, por las buenas, en una dócil bestia de trabajo. Por otra parte, no se adecuaba realmente al trabajo requerido. Precisaría de algunos cambios físicos. Tenía que ser capaz de agarrar y usar las herramientas de los nefilim, caminar y doblarse como ellos para poder sustituir a los dioses en campos y minas. Tenía que disponer de un «cerebro» mejor -no como el de los dioses, (del árbol que hay en el centro no comerás, el árbol del conocimiento,) pero sí lo suficientemente bueno como para comprender las palabras, las órdenes y las tareas que se le asignaran. Necesitaba la suficiente inteligencia y comprensión como para ser un obediente y útil amelé -un siervo.
Lo que necesitaban no era un proceso gradual de domesticación a través de generaciones de cría y selección, sino un proceso rápido que permitiera la «producción masiva» de nuevos trabajadores. Así pues, se le planteó el problema a Ea, (otra supuesta diosa), que vio la respuesta de inmediato: «imprimir» la imagen de los dioses sobre el ser que ya existía.El proceso que Ea recomendó para conseguir un avance evolutivo rápido del Homo erectus era, según creo, la manipulación genética.
Deberíamos suponer que los nefilim, que eran capaces de realizar viajes espaciales ( “los dioses que venían de los cielos”), hace 450.000 años, debían de estar igualmente avanzados en el campo de las ciencias de la vida, si comparamos su situación con la nuestra de hoy en día. También deberíamos suponer que conocían las distintas alternativas por las cuales combinar dos grupos de cromosomas preseleccionados para obtener un resultado genético predeterminado; y que, si los procesos eran similares a la clonación, a la fusión celular, al trasplante genético u otro método desconocido para nosotros todavía, ellos debían conocer estos procesos y podrían llevarlos a cabo no sólo en la probeta del laboratorio, sino también en organismos vivos.
Pero, por fin, se logró el Hombre perfecto -al que Enki llamó Adapa; la Biblia, Adán; y nuestros expertos, Homo sapiens. Este ser era tan similar a los dioses que, en un texto, se llega incluso al punto de decir que la Diosa Madre le dio a su criatura, el Hombre, «una piel como la piel de un dios» -un cuerpo suave y sin pelo, bastante diferente del peludo hombre-simio.
Con este producto final, los nefilim fueron genéticamente compatibles con las hijas del Hombre, y pudieron casarse con ellas y tener hijos de ellas, (tal y como lo relata La Biblia). Pero tal compatibilidad sólo podría darse si el Hombre se hubiera desarrollado a partir de la misma «simiente de vida», como los nefilim. Y, ciertamente, esto es lo que los antiguos textos intentaban decir.
El Hombre, tanto en el concepto mesopotámico como en el bíblico, estaba hecho de la mezcla de un elemento divino -la sangre de un dios o la «esencia» de su sangre- y de la «arcilla» de la Tierra.
El segundo capítulo del Génesis ofrece esta versión técnica:
Y Yahveh, Elohim, formó el Adán de la arcilla del suelo;
y Él sopló en sus narices el aliento de vida,
y el Adán se convirtió en una Alma viviente.
Pero, en cuanto la deidad bíblica (al igual que los dioses de los relatos sumerios) creó al Hombre, plantó un jardín y puso al Hombre a trabajar en él:
Y el Señor Dios tomó al «Hombre»
y lo puso en el Jardín del Edén
para que lo labrase y cuidase.
Ya conocemos el origen del hombre.
Hasta otro día amigos.
Un abrazo.
Agustín.
