miércoles. 28.02.2024

De iluminados, eremitas, santos y ascetas (III)

Santiago, el joven sacristán del presbítero de la parroquia del Azebo, corrió todo cuanto pudo hasta llegar a la sacristía de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Sin pedir permiso, entró de dos zancadas; mientras Dº Remigio, el párroco, se giraba asustado, preguntándole alarmado...

Santiago, el joven sacristán del presbítero de la parroquia del Azebo, corrió todo cuanto pudo hasta llegar a la sacristía de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Sin pedir permiso, entró de dos zancadas; mientras Dº Remigio, el párroco, se giraba asustado, preguntándole alarmado:

-¿Se puede saber qué pasa para entrar de esta manera en la Casa del Señor?, ¿Es qué alguien ha robado Xálama?

Santiago creía que el corazón se le iba a salir por la boca; hasta que al fin, apoyado sobre la mesa de la Sacristía, pudo empezar a articular alguna palabra, entre jadeo y jadeo.

-¡Dº Remigio……!, ¡Tiene Usted que acompañarme, tiene que ver lo que está sucediendo!

-Vamos tranquilízate, toma un vaso de agua y explícate de una vez, que me estás asustando –Le ordenó Dº Remigio a su pupilo.

Santiago dio dos sorbos al vaso de agua y mientras se secaba el sudor de la frente, le dijo a su Maestro:

-Fray Mateo Iulian está rezando en el aire.

-¿Cómo que está rezando en el aire? –Le espetó Dº Remigio.

-Sí, Pater –Contestó Santiago, sin entender muy bien todo lo que estaba sucediendo.

Dº Remigio tomó la Biblia y ordenó a Santiago que le acompañase. En su cabeza sólo había un pensamiento; desde que los franciscanos habían llegado al Azebo su paz y tranquilidad se habían visto perturbadas. Por no hablar del descenso en sus ingresos por las misas que le encargaban los vecinos del pueblo y de las que hasta entonces tenía el monopolio absoluto.

Cuando se iban acercando a la Cruz del Humilladero observó que la gente se arremolinaba entorno a algo. Mediante empujones se abrió paso entre sus parroquianos; quienes observaban atónitos como Fray Mateo Iulian rezaba, frente a la citada Cruz, suspendido en el aire.

-¡Bendito sea el Señor! –Exclamó el Presbítero, mientras se santiguaba a toda prisa.

Dº Remigio había leído y escuchado muchas veces hablar de la capacidad de levitar que tenían aquéllos considerados como Santos; pero jamás pensó que llegaría a verlo en esta vida terrenal.

Inmediatamente se arrodilló y ordenó a todos los presentes que hiciesen lo mismo que él y que le acompañasen en el rezo del Rosario; ya que sencillamente lo que estaban viendo era la prueba manifiesta de que los milagros existían.

Relato basado en el libro de Fray José de Santa Cruz. Crónica de la Provincia Franciscana de San Miguel, parte I. pág. 482.

De iluminados, eremitas, santos y ascetas (III)