La divertida historia de un fraile pecador

Fray Juan Bautista aprovechaba sus correrías evangelizadoras y el confesionario para hacer reales los pecados soñados de sus penitentes, es decir: aprovechaba que las mujeres le confesaban sus pecados de deseo para suprimirles el deseo cometiendo el pecado con ellas.
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En estas páginas Chuchi del Azevo nos ha recordado a los frailes y eremitas santos que vivieron en nuestra comarca. Y son relatos divertidos, muchas veces por increíbles; por ejemplo: que alguien levite sin ser artista de circo.

Mas, junto a esos santos hubo también pecadores. La vida de estos últimos fue mucho más verosímil y está más próxima al común de los mortales porque parece ser que el gremio de los santos visibles hoy está poco nutrido, pero el de los pecadores no desciende o eso, al menos, parece aunque algunos nos esforcemos, sin éxito, en imitarles. (Cuando aquí se habla de pecados nos referimos al que para ciertos eclesiásticos siempre ha sido el más grave: el sexual).

Entre los pecadores del pasado uno de los que me resultan más simpáticos y digno de admiración fue fray Juan Bautista de Cáceres.

Fray Juan Bautista, de Cáceres, era buen andariego y posiblemente también buen predicador. Su convento era el de Fregenal de la Sierra. Dadas sus condiciones había recorrido, y seguía recorriendo, muchos de los pueblos extremeños predicando misiones, dando ejercicios espirituales, confesando, etc. Por tal motivo había pasado temporadas en los conventos de Hoyos y de San Martín de Trevejo. Hasta aquí todo normal y hasta si se quiere, encomiable: era un fraile que aparentemente tenía un gran afán evangelizador. Mas, sólo aparentemente.

Aprovechaba sus correrías evangelizadoras y el confesionario para hacer reales los pecados soñados de sus penitentes, es decir: aprovechaba que las mujeres le confesaban sus pecados de deseo para suprimirles el deseo cometiendo el pecado con ellas. Como era generoso las perdonaba sin demora. Aunque sin saberlo estaba poniendo en práctica lo preconizado por algunos iluminados o alumbrados que obligaban a las penitentes a mantener relaciones sexuales con base en el sofisma: Para salvarse es preciso arrepentirse; para arrepentirse es preciso pecar; luego para salvarse es preciso pecar.

Las cosas debían marcharle, en ese aspecto, bastante bien al vividor fraile y por ello debió confiarse en exceso. Ello hizo que en una ocasión solicitara así se decía los favores de una auténtica penitente. Ésta indignada lo denunció. Era el año 1616.

La máquina inquisitorial se puso en marcha. En el correspondiente proceso se pudo averiguar que fray Juan Bautista, quien debiera haberse apellidado Tenorio, llevaba diecinueve años dedicado a una vida no muy santa con notable éxito entre mujeres de “no buena fama”, como se lee en las actas correspondientes. Sus hazañas se habían extendido por toda Extremadura. En nuestra comarca dejó recuerdo de su paso en Hoyos y San Martín de Trevejo, localidades donde había residido, pero también en Gata, Torre de don Miguel y Valverde del Fresno.

Las declaraciones de varias de las mujeres llamadas como testigos de cargo son auténticos y hermosos relatos eróticos, (que no vamos a reproducir aquí, para disgusto de algunos), en las que no suele haber resquemor contra el fraile calavera, sino más bien una cierta delectación. Por esas declaraciones se supo que el despabilado fraile obraba únicamente a impulsos de su no tan débil carne y que para seducir a las pecadoras iba por derecho y no recurría a argumentos pseudoteológicos ni de tipo religioso. En definitiva, que no era un hereje como los alumbrados de Llerena. Al ser nada más que un simple y fuerte fraile pecador y sinvergüenza, y no un enemigo de la doctrina de la Iglesia, se le impuso un castigo relativamente suave: reclusión perpetua en un convento con la accesoria lógica de no poder volver a confesar a nadie, no fuese a volver a lo de antes.

Casi seguro que muchas de sus penitentes siguieron añorándolo.

El relato del proceso puede verse en: TEXTON NUÑEZ, Isabel: Erotismo y religión: la figura del solicitante en el siglo XVII cacereño, en Miscelánea cacereña; Cáceres, 1980.