ENCAJE DE BOLILLOS

Ese concierto celestial (II)

El encaje de bolillo se expandió por toda España porque las acebanas no se arredraban y eran ellas mismas las que, desde tiempo inmemorial, salían  con sus maridos a vender en otoño y primavera, lo que confeccionaban en verano e invierno

F. Barcia Viet. “Alfonso XII con María Cristina de Habsburgo”. Los Borbones. Sevilla 1885. (Dominio público)
F. Barcia Viet. “Alfonso XII con María Cristina de Habsburgo”. Los Borbones. Sevilla 1885. (Dominio público)

Si Máxima Lázaro Párraga fue una mujer incansable en su quehacer diario y en el cruzado rapidísimo de las hebras de hilo, no quedó atrás Inés Mateos Rodríguez, inquieta e intrépida trabajadora, quien, en compañía de su marido Martín Lázaro Domínguez, llegó a vender encajes  de bolillos de Acebo, a la mismísima  Reina María Cristina de Habsburgo. Regente (1). Ellos llevaron desde Acebo el encaje de bolillos por muchos pueblos de Extremadura y Toledo.

Aprovecharon, para ello, la singular coincidencia de que uno de sus cuatro hijos, Julián Lázaro Mateos, fue destinado a la Guardia Real para el cumplimiento, obligatorio entonces, del Servicio Militar. A finales del siglo XIX, se encaminaron hacia Madrid con la única obligación de visitar al hijo situado en tan honorable posición. Era este joven militar uno de los cuatro hermanos que en el pueblo eran conocidos por el curioso mote de “Los Enanos” en contraposición a su gran altura y esbeltez. Condición esta que, sin lugar a dudas, le ayudo a ocupar un espacio en el real destino.

El trayecto desde Acebo hasta Madrid suponía superar múltiples dificultades  pues como bien definía en su diccionario geográfico (1850) Pascual Madoz: “Los caminos son de pueblo a pueblo y muy pocos admiten carros por la escabrosidad del suelo. Todos los años se componen pues sino serían intransitables”. Sobre todo en invierno, después de las crecidas, el paso por ellos se hacía harto difícil cuando no imposible. El final del siglo XIX se complicó, más si cabe, a consecuencia de las persistentes lluvias de los días anteriores al 23 al 24 de mayo de 1886, y de una gran tormenta en esa noche que hizo caer un torrencial diluvio en Sierra de Gata con arrastre de puentes, molinos, fábricas de aceite, paredes, huertas y árboles (2)

Pero nada podía parar ya la decisión tomada por el matrimonio acebano que, tras superar múltiples dificultades, llegaron a la capital madrileña con la sorpresa añadida de traerse con ellos los hatillos de encajes que ella misma había confeccionado.  La idea simple  y originaria no era otra que agradecer el interés de los mandos militares y el buen trato dispensado hacia su hijo.

Pero lo que en un principio era sencillos regalos estimuló el inquieto espíritu de venta que, la encajera Inés Mateos, llevaba en su interior y comenzó a ofertarlos entre todos aquellos compañeros del militar que mostraron cierto interés por la artesanía local acebana, quienes los adquirían para regalárselos a sus novias y madres.

Inés, mujer de gran ímpetu combativo e inteligencia natural, intuyó la posibilidad industrial que la puntilla acebana brindaba en aquellos momentos y no desperdició la oportunidad. 

Por un tiempo abandonó la almohadilla, con sus alegres alfileres y el tintineo incansable de los bolillos, eco celestial de su infancia y juventud, para dedicarse de lleno al negocio tan necesario de dar salida al producto mediante la venta en Madrid. Como luego harían otros muchos matrimonios acebanos por todas las ciudades de España. No hay ciudad, incluyendo las capitales de provincia, donde no se encuentre asentado algún, matrimonio acebano, inscritos sus apellidos, entre las filigranas del encaje de bolillos, en los correspondientes padrones municipales y los hijos y nietos con el corazón partido entre el origen perdido y la esperanza nueva.   

Se inicio el matrimonio, durante un largo tiempo, en este sencillo comercio. En ir y venir de Acebo a Madrid por los medios de locomoción populares que, por entonces, se utilizaban: caballerías, carros, diligencias... y, en ocasiones, largas caminatas desde Acebo hasta Cañaveral, donde tomaban el tren hacia Madrid o, a la inversa.

Las mocitas madrileñas, en sus tardes de paseos por el  Retiro, alardeaban de lo afiligranado, exquisito y lindos pañuelos, sus puntillas en  enaguas, sus juegos de cama… bordados  con tanto esmero y pulcritud. Esto se difundió entre las modistillas y jóvenes sirvientas, que diariamente paseaban por tan bello parque madrileño. Generalmente iban acompañadas de sus elegantes, airosos y serviciales reclutas.

No hay que obviar, que a finales del siglo XIX y principios del  XX, las costumbres y las diversiones de las mocedades y juventudes eran muy distintas a las de hoy en día. Fuere como fuere, el asunto llegó a conocimiento de una de las Camareras de la Reina, citando a Inés Mateos en las dependencias de Palacio. Sorprendida, pero sin arredrarse, la acebana se acicaló y puso las mejores ropas serranas, presentándose donde la requerían, para enseñar sus primorosos bordados.  

Esta ilustre señora, compró, pañuelos, diversos juegos de encajes y puntillas,  haciendo una serie de encargos para la mismísima Reina. La espontaneidad, gracia y sencillez de la serragatina, Inés Mateos, captó las simpatías de la noble dama quien,  entre otros obsequios, le dio unas fotos de los reyes de España.  

Es difícil describir cómo debió llegar al pueblo, la encajera Inés Mateos, pletórica de alegría. Enseñando las fotos como la conquista de un gran trofeo. Es tanto así que, la hábil y buena dibujante acebana, Lucía Moreno plasmó  en  cartón-sepia, el “picado” con las caras de los reyes.  Dibujo en picado que pasó por diversas encajeras, de unas a otras, hasta que al fin, consiguen plasmarlo en filigrana de hilo, propia del encaje de bolillos, en un parecido sorprendente a las fotografías.

Nuevamente el matrimonio en Madrid para entregar los encargos y, entre ellos, los paños de encaje de bolillos con las caras de los Reyes. 

Es posible que este detalle real,  provocara que la reina María Cristina de Austria (Reina regente 1885-1902) la recibiera para agradecerle tanta laboriosidad y buen hacer. La reina regente manifestó grandes alabanzas hacia la artesanía popular española en general y hacia la extremeña en particular. Manifestó la Reina, según los presentes, que los paños de encaje superaban, incluso, a los de Brujas.

No sería la última vez, que sepamos, que el encaje de Acebo posa ante la mirada real. En 1929, con motivo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, dieciséis piezas pudieron ser admiradas por el infante don Jaime y las infantas doña Beatriz y doña Cristina de Borbón y Batten que recibieron como regalo, en su visita, varios encajes de Acebo. En ella estuvo expuesta la pieza “La cacería” de Emiliana Pérez, con filigranas de animales (3). 

Este espíritu e  intrepidez comercial de Inés Mateos,  tuvo su continuidad, a lo largo de los años, en casi todas las familias acebanas. Entre ellos, más directamente, puedo mencionar, de antemano y con orgullo, a Restituta Párraga, Máxima Lázaro y, especialmente, al emprendedor e ilustre acebano Augusto González Lázaro, fundador de importantes industrias en zonas céntricas de Madrid, mecenas de valiosas restauraciones en la Iglesia Parroquial de Acebo y patrocinador del Libro “Acebo. Patrimonio histórico-artístico de una localidad cacereña. Sierra de Gata” (4). 

No podemos obviar al noble pueblo toledano de Lagartera, que confecciona unos bordados famosos en el mundo entero.  

Lagartera, a mi juicio, no puede ir separado de Acebo, ya que vecinas y vecinos de este último pueblo  expandieron por toda la geografía española, esos bordados primorosos lagarteranos, junto a los encajes de bolillos de su propia localidad de origen. En el campo de la artesanía, no puede ir uno sin el otro, se complementan. 

Es más, en muchas provincias y ciudades de España, a las acebanas las conocen como las lagarteranas, por ser esos los bordados que predominan en sus maletas, por ser la mercancía principal en sus diarias ventas, por ser la garantía de la artesanía española.

No hay acebana que no conozca y agradezca a la mujer lagarterana, sus bordados de “soles”, de “escudos” y un sin fin de dibujos en hilos y deshilados blancos o  de colores, que tanto atraen a las mujeres españolas, que saben apreciar el esfuerzo que supone,  ejecutar esos bellos bordados en telas de hilos.

Las vendedoras, son las primeras en valorar los bordados, sus filigranas y entrecruzados hilos, para transmitir, a través de sus ágiles palabras, su belleza y conseguir la venta.

En capítulos sucesivos iré desgranando andanzas, viajes y peripecias de este singular vecindario acebano, temperamento e idiosincrasia de uno de los pueblos más esforzados, audaces, intrépidos  y originales de nuestra España: ACEBO, pueblo de la Sierra de Gata. Cáceres.

NOTAS

  1. Rodríguez Arroyo, Jesús Carlos. “Descubriendo Acebo. Perspectiva histórica y socioeconómica de un municipio de Sierra de Gata ”. Imprime Campillo Nevado SA. Madrid 1999.
  2. Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo 1753. Una mirada desde Sierra de Gata”. Edita Casa de Extremadura en Getafe. Madrid 2010.
  3. Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo. Capital del encaje de bolillos”. Colección de artículos. Artículo número XVII. Sierra de Gata Digital 2015.
  4. García Mogollón, Florencio Javier. “Acebo. Patrimonio histórico-artístico de una localidad cacereña. Sierra de Gata”. Edita Parroquia Nuestra Señora de los Ángeles de Acebo”. Cáceres 2000.
  5. “Homenaje a la encajera. Homenaje a Máxima Lázaro”. Cerámica. J.G.Lázaro.
  6. F. Barcia Viet. “Alfonso XII con María Cristina de Habsburgo”. Los Borbones. Sevilla 1885. (Dominio público).

JULIÁN GONZÁLEZ LÁZARO FUE MAESTRO E INSPECTOR DE EDUCACIÓN

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