El siglo XIX (VI). El Sexenio revolucionario (1868/1874)

El sistema político durante gran parte del reinado de Isabel II fue calificado de corrupto, viciado e inmoral. La depresión económica iniciada en 1866 (que también afectó a otros países europeos) el gobierno no supo resolverla y llevó al endeudamiento estatal y al aumento de la presión fiscal. Por si ello fuera poco el desprestigio personal de la reina era muy grande. En esas circunstancias se produjo una revolución pacífica y de matiz puramente político (sin ningún contenido económico y social) que instauró un nuevo régimen que durante los seis años que duró intentó cambiar nuestro país.

Prim, Serrano y Topete subastan la Corona española. Revista La Flaca. 1869
Prim, Serrano y Topete subastan la Corona española. Revista La Flaca. 1869

La revolución de 1868 que puso fin al reinado de Isabel II fue llamada por sus partidarios “la Gloriosa” porque se hizo con la mínima violencia y porque fue aceptada con relativo entusiasmo por el pueblo. Con el fin del reinado de Isabell II se iniciaba el que después hemos llamado Sexenio Revolucionario, seis años durante los cuales profesores y otros intelectuales quisieron dirigir la política nacional, muchas veces con pretensiones utópícas que, como era lógico, acabaron en rotundo fracaso.        

Pese a la relativa proximidad en el tiempo tenemos pocas noticias de lo ocurrido en la Sierra durante este período. Los libros de actas sólo se conservan y sólo hemos podido examinar los del ayuntamiento de Villamiel.  Pero, en líneas generales en los demás pueblos debió suceder lo mismo: toma del poder por una junta revolucionaria cuando se conoció que la reina Isabel II ha abandonado el país, destitución de las autoridades y funcionarios locales, nombramiento de nuevas autoridades y reposición de los funcionarios ideológicamente afines, toma precipitada de decisiones de tipo económico y lenta aceptación del gobierno provisional.      

El día 2 de octubre de 1868, producida ya la salida de España de la reina Isabel II (29 de septiembre) la Junta Revolucionaria de la localidad indicada se hizo cargo del gobierno del municipio “al grito santo de ¡Viva la livertad! (sic), ¡Viva la soberanía nacional!, ¡Abajo consumos!” acompañado todo ello de un generoso repique de campanas y repetidas salvas. “En medio de todo esto se creyó de toda urgencia armarse y tomar posiciones con el objeto de resistir, bien fuera a la columna de guardia rural que se hallaba a dos leguas de distancia; o bien, a las autoridades de la localidad que quisieran sostener cualquier choque”. Y como nadie quiso chocar, la Junta se constituyó definitivamente nombrando presidente de la misma a don Jacobo Simón y secretario a un excabo del regimiento de León, don Ramón Gil quien siempre que puede revoluciona la ortografía y escribe “libertad”.

La Junta Revolucionaria tras su constitución comenzó a gobernar. Como primera medida procedió a lo que un siglo después se intentará llamar ruptura democrática, destituyendo a todos los funcionarios de la localidad “sin perjuicio de reponer en sus puestos a los que por sus antecedentes políticos pudieran inspirar mayor confianza a la revolución”. Nombró un nuevo ayuntamiento, recayendo la designación de alcalde en la persona de don Juan Crisóstomo Gómez Gordillo verdadero dirigente en la sombra de todo el tinglado y al que le dedicaremos unas líneas más adelante, autorizándole para nombrar nuevo secretario en propiedad porque “el destituido don Marcos Rodrigo no es de confianza”. La Junta acuerdó también no volver a usar papel sellado papel del Estado “para no recordar siquiera, con los antiguos sellos, la funesta dominación de los Borbones”, calificativo aplicable no sólo a la reina Isabel, sino también a su cuñado el intrigante duque de Montpensier y a los Borbones carlistas. Ese mismo día 2 repuso a los profesores de instrucción primaria don Doroteo Carrasco y doña Ceferina Pascua por creerlos “aderidos a la causa de la livertad”, y otro tanto hizo con Francisco Bermejo, mozo de voz pública alguacil por la misma razón. (Los tres habían sido depuestos ese mismo día). Y también ese día 2, en el que los revolucionarios parece quieren arreglar el pueblo de una vez y para siempre, celebran hasta cinco sesiones consecutivas y entre otras cosas acuerdan “destruir un arco, padrón de ignominia...puesto que atravesado en la calle de más tránsito, no sólo para el vecino, sino también para el forastero que cruza por esta población, ve un peligro en su vida, bien sea por el estado ruinoso en que se encuentra o ya porque su pequeña elevación obliga al que va a caballo a inclinarse en su término”. El tal arco era parte de una puerta de la antigua muralla.

En líneas generales el gobierno de la Junta y el del Ayuntamiento por ella nombrado los componentes de una y otra eran casi los mismos no tuvo más que aciertos o buenas intenciones. A título de ejemplo: se acordó que el importe de las multas se abonase en metálico (recordemos que el papel del Estado podía, según ellos, recordar la “funesta dominación de los Borbones”) y que se emplease en mejoras municipales; se redujeron gastos innecesarios y hubo una incipiente preocupación por el urbanismo. En suma: la Junta Revolucionaria actuó en la línea de las juntas reformistas y poco o nada revolucionarias, que de todo hubo en la España de la época, y acertó en lo principal. 

Algo similar debió ocurrir en Gata. En los primeros tiempos del Sexenio y habida cuenta de que el antiguo hospital para pobres carecía de rentas y en consecuencia estaba fuera de uso se le destinó a otros menesteres: “se le levantó un piso, en el cual se construyeron escuelas de niños y de niñas, muy insuficientes ya para el aumento que ha tomado y va tomando la población, que en 1832 tenía solo 560 vecinos”.

Pasado todo el vergonzoso episodio que fue la elección del nuevo rey de España tras el destronamiento de Isabel II (al que alude el dibujo que acompaña a este artículo) y proclamado como tal don Amadeo de Saboya por la voluntad del general Prim, sabemos que las esperanzas depositadas en él no duraron demasiado porque coincidiendo con la llegada del nuevo monarca su principal valedor fue asesinado. 

Tal vez si el general hubiese confiado más en los humildes la Historia hubiera podido tomar otro rumbo. Resulta que se hallaba en Madrid cumpliendo el servicio militar un pobre muchacho natural de Torrecilla de los Ángeles, Eugenio Vegas. Como no debía tener demasiado dinero iba a tomarse sus copas de vino por las viejas tabernas del no menos viejo Madrid de las calles próximas a la Puerta del Sol. En una de sus correrías nuestro paisano escuchó una conversación en la que se estaba tratando la forma y momento de asesinar al general presidente del Consejo de Ministros. Ni corto ni perezoso nuestro paisano habló con sus jefes, contándoles lo que había oído. Estos hicieron llegar hasta Prim la noticia de la conspiración. Pero, ¿quién iba a hacer caso de un soldado pueblerino? ¿No estaría borracho y creyó oír lo que nunca se dijo?  A los pocos días el general fue asesinado en condiciones y circunstancias que aún hoy, ciento treinta años después, no se han aclarado del todo. 

Sabedor de todo ello aquel hombre íntegro y caballeroso que fue el malogrado rey don Amadeo, quiso honrar al pobre soldado a quien nadie escuchó. Como premio a su fidelidad le concedió una pensión vitalicia y el derecho a usar escudo nobiliario. 

Cumplido su servicio militar Eugenio Vegas regresó a Torrecilla donde murió en edad ya avanzada y recordando con nostalgia los importantes momentos que de forma involuntaria había vivido.