Los musulmanes (II)

La semana anterior habíamos dejado a árabes y beréberes peleándose con entusiasmo. Pero como todos sabemos no hay mal que cien años dure

Al--jazari
Al--jazari

El año 756 llegó a nuestra península Abd Ar-Rahman ibn Mu'awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik a quien para evitarnos complicaciones siempre hemos conocido como Abderramán I. Era el único superviviente varón de la familia omeya que había sido asesinada por la familia rival de los abasíes; éstos últimos se habían adueñado del califato (jefatura suprema del Islam). El huidizo príncipe omeya era hijo de una concubina cristiana beréber. Buscó protección entre quienes pertenecían a la tribu de su madre y se estableció en Ceuta. Allí supo de los enfrentamientos que había en la península entre árabes y beréberes. Mandó emisarios a los árabes que estaban en Hispania pidiéndoles ayuda. Yusuf al Fihri, el gobernador o emir abasí de la península se la pidió a los beréberes. Y los beréberes, entre ellos los de Coria, se la prestaron. Fue un grave error de cálculo porque el príncipe omeya aplastó a todos y se proclamó emir independiente.

Pocos años después se sublevó contra el triunfante emir uno de los vencidos, un tal Xakia ben Abd al Wehid, a quien para simplificar tan complicado nombre todos llamaban el Fatimí. La revuelta del Fatimí tuvo un éxito bastante notable y duró desde el año 766 al 777. Únicamente la traición fue capaz de vencerle. Entre las comarcas que se le habían unido estaba la de Coria. Una vez conseguida la victoria, Abd al Rahman saqueó metódicamente nuestra ciudad para que aprendiera a no tener veleidades subversivas. ¡Y vaya si aprendió! Cuando el año 784 Abul Asuad, hijo de Yusuf al Fihri (el emir vencido de quien hemos hablado hace un momento) encabece una nueva revuelta, decidirá refugiarse en Coria, pensando que allí sería tan bien recibido como lo había sido su padre. Los beréberes caurienses, con la memoria y la sangre derramada aún frescas, no movieron ni un dedo en su favor. Al rebelde no le quedó más recurso que la huida. Y así, por un tiempo, estuvieron las cosas en paz.

Eliminados los enemigos interiores, Abd Al Rahman procedió a organizar el territorio. La frontera de al-Ándalus con los ríenos cristianos o con la tierra de nadie se dividió en tres thugur o marcas (regiones, diríamos hoy) cada una de las cuales estaba bajo la autoridad de un caíd (jefe militar), y en varias koras (provincias) dirigidas por un valí. Sierra de Gata pertenecía a la Marca Inferior o alTagr alAdna, con capitalidad en Mérida, que comprendía por el Norte desde la parte hoy extremeña del Sistema Central hasta el Atlántico y a la kora llamada Al Kasr al Felhad o Castillo de la entrada, por ser la zona desde donde más frecuentemente se atacaba a los cristianos y se era atacado por ellos; tenía su capitalidad en Antaniya, la vieja Egitania romana.

Establecida la frontera Norte de AlAndalus en el Sistema Central, la más pura lógica nos invita a pensar que entonces se debieron construir en él toda suerte de instalaciones militares de vigilancia y defensa: castillos, atalayas, almenaras, etc., especialmente en las cumbres y en el piedemonte Sur, el único realmente controlado por los musulmanes.

Del examen detallado de la ubicación de las instalaciones militares que hubo en nuestra comarca deducimos que hubo tres líneas defensivas o tres líneas de castillos.

La primera estuvo en las cumbres, en la divisoria de las aguas: Rapapelo, Castillo Viejo de Jálama, el Fortín de Gata, etc. Desde cualquiera de ellos se divisa bastante bien la llanura salmantina y desde cualquiera de ellos se ve al menos otro castillo situado más al Sur, esto es, en la retaguardia. Eran simples torres de vigilancia, poco habitables debido a la dureza del clima y de reducidas dimensiones, según atestiguan los escasos restos que de ellos quedan.

Como esos primeros castillos o torres de vigilancia eran poco habitables se construyeron otros en la ladera Sur de la sierra, auténticos cuarteles de invierno, en los que vivía el grueso de las tropas que no estaban destacadas en los puestos de observación de la cumbre. Son los que hemos llamado después castillos de Eljas, Trevejo, Santibáñez y otros posiblemente desaparecidos.

Entre ambas líneas de fortificaciones debió haber no sólo una relación de dependencia sino también un sistema de avisos; así, por ejemplo, desde Rapapelo (en lo alto de la sierra de Eljas) se daría aviso al castillo de Eljas, su cuartel de invierno; desde el Castillo Viejo de Jálama se avisaría al de Trevejo; desde el Fuerte de Robledillo de Gata se haría otro tanto con el cadahalso (fortificación de madera) de lo que hoy es Cadalso y al castillo de Santibáñez; desde la Almenara de Gata (en árabe al-mandra, el lugar de la luz) se enviarían señales de humo a media Sierra, ....

Como desde las almenaras no se veía toda la comarca fue preciso hacer una tercera línea de fortificaciones o de pequeñas torres de señales, que recibido el aviso de peligro dado en los castillos de la segunda línea, lo fuese transmitiendo de un valle a otro. Ese es el origen de las atalayas (en árabe at-tala’i’, los centinelas, cuya etimología misma nos indica ya su función), que hubo en numerosos lugares como, por ejemplo, entre Trevejo y Hoyos (justamente donde nace al arroyo que aún hoy se sigue llamando así), en Acebo, en Santibáñez el Alto, en la Sierra de Santa Olalla (CillerosVillamiel), etc.

¿Qué nos queda de los musulmanes? Además de la planta primitiva de los castillos (en unos casos modificada y en otros desaparecida), de los musulmanes no nos queda ningún otro resto arqueológico. Pero sí muchos recuerdos en la toponimia y en el lenguaje ordinario.

¿Fueron los árabes quienes fundaron la actual localidad de Acebo? Hay opiniones para todos los gustos. Se ha dicho que este nombre deriva del latín aciphum, derivado a su vez de aciphylum; además de lo forzado de la etimología (que en ninguna otra lengua romance, salvo en portugués, azevinho, da un término similar) está el hecho cierto de que en Acebo no hay acebos, o en todo caso los hay escasos. Otros etimologistas dicen que acebo deriva del árabe az ebi, planta silvestre, lo que podría significar terreno sin cultivar. La cosa no está clara, pero no podemos olvidar que nuestro Acebo aparece en los documentos medievales como Azevo (más parecida a la presunta etimología árabe); que en el término de esta localidad existe un arroyo que la gente llama de Caín o el Caíl, que bien pudiera ser una derivación de caíd, arroyo del Caíd, porque ¿qué pinta aquí Caín? ¿qué es caíl?; que no podemos olvidar que Almanzor tenía una cierta y triste predilección por Coria y la Vía de la Dalmacia (¿pasaba por el puerto de Perales próximo a Acebo?) para sus anuales expediciones hacia el Norte y que lo que todos conocemos como el Teso Porras, en Acebo es llamado Teso Almanzor.

Seguro que los musulmanes bautizaron a Val de la Jara (Villamiel), ya que jara, en árabe es “mata”. Tal vez convirtieron en palabra esdrújula la que antes era grave y en gutural la sibilante de Salama que pasó a ser Jálama, topónimo este último que según algunos etimologistas de sentimientos románticos e imaginativos significa “pecho hermoso de mujer” (¡qué bonito!, ¿verdad?). Debieron potenciar al máximo el cultivo del olivo, que era uno de sus árboles predilectos (se ha dicho que los árabes españoles sólo eran felices bajo la sombra de un olivo); seguro que fueron ellos quienes construyeron nuestras primeras almazaras y quienes empezaron a hablar de aceite y aceitunas, en lugar de los términos latinos óleo y oliva, como se había hecho hasta entonces. Seguro que siguieron cultivando las viñas y bebiendo vino pese a los preceptos coránicos (el cultivo de la viña únicamente estuvo en peligro durante el reinado de Abd al Rahman II, etapa en la que resurgió lo que hoy llamaríamos fundamentalismo islámico). Debieron crear nuestras actuales gañanías (“gannam” en árabe es mozo de pastor) hecho éste que nos indica uno de sus principales modos de vida: la ganadería. Mientras nuestros paisanos muladíes (los convertidos al Islam) medirían sus tierras por las romanas eras los recién llegados beréberes preferirían medirlas por fanegas (superficie de tierra que se siembra con un saco de cereal) y pesarían sus productos en arrobas y cerrarían sus tratos con el alboroque (gasto, generalmente en comida y bebida, para celebrar el feliz término de una compraventa).

Casi seguro que nuestra agricultura tradicional con sus apuntalamientos y poyales, pozos, charcas (palabra de indudable origen árabe) y regateras debe mucho a la que los beréberes desarrollaron aquí.

Desde “sierradegatadigital” y desde el Centro de Estudios de Sierra de Gata proponemos a los investigadores interesados en ella que examinen los localismos y la toponimia local para tratar de ver la influencia musulmana en nuestra comarca.