Sierra de Gata en la Baja Edad Media. El reinado de Enrique II (1369-1379): cuando pudimos ser portugueses

La llegada al trono de Castilla del asesino y usurpador Enrique II llevó al reino al borde de la descomposición. Para pagar los favores de quienes le ayudaron en su ilegítimo acceso al trono creó una nueva nobleza, a base de segundones, a quienes concedió tantas “mercedes” que la autoridad de la Corona fue poco más que nominal. Durante este reinado parte de Sierra de Gata pasó a ser un señorío particular y otra parte pudo haber pasado a soberanía portuguesa.

Coronación de Enrique II
Coronación de Enrique II

El asesinado (1369) rey Pedro I dejaba los dos hijas habidas con María de Padilla, que habían sido legitimadas y reconocidas en las Cortes como herederas. Su medio hermano y asesino Enrique de Trastámara como hijo bastardo que era carecía de toda legitimidad para proclamarse rey. El trono, pues, le correspondía a sus sobrinas. Para negarles ese derecho a los partidarios de Enrique no se les ocurrió nada mejor que inventarse una gran calumnia: que sí, que las infantas eran hijas legítimas del rey Pedro, pero que quien no era legítimo era el mismo Pedro. Unos decían que Pedro había nacido como consecuencia del amor adulterino entre la reina María de Portugal con Juan Alfonso de Alburquerque; otros, que la reina María había dado a luz una niña y que en el mismo momento de su nacimiento había sido cambiada por un niño recién nacido hijo de un judío llamado Pero (Pedro) Gil. Para desprestigiarlos aún más a los partidarios de las infantas se les llamó emperegilados o lo que es lo mismo defensores de las hijas del tal Pero Gil y por lo tanto judeizantes. Los legitimistas, las mal llamados empereregilados, dijeron que si las hijas de Pedro no podían acceder al trono de Castilla éste le correspondía al rey Fernando I de Portugal, por ser el único descendiente legítimo biznieto de Sancho IV el Bravo. En esa línea estaban Ciudad Rodrigo y frey Melén Suárez, maestre de Alcántara, entre otros. Al asesino Enrique de Trastámara lo apoyaban parte de la nobleza (sobre todo los segundones, quienes por su condición no podían aspirar a una buena herencia) y parte de la jerarquía eclesiástica, a las cuales tanto Alfonso XI como Pedro I habían querido quitarle su excesivo poder. Acabó imponiéndose el asesino conocido por el pueblo llano como lo que era, el Fratricida y por la nobleza como lo que también era: el de las mercedes o favores que le concedió

Frey Melén Suárez puso los castillos de Santibáñez, Eljas, Almenara, Salvaleón y la misma Alcántara al servicio del rey portugués; pero, la mayor parte de sus freyres se declaró partidaria de Enrique y lo destituyeron. Aunque Enrique había sido reconocido como rey por muchos de los poderosos del reino no le sucedió lo mismo en numerosas ciudades; por ejemplo, Ciudad Rodrigo. Después de un infructuoso asedio de más de tres meses, durante el cual tuvo que oír de los mirobrigenses palabras tan poco corteses como las de: ¡Enrique, borde!, (Enriqu, hijo de p…), hubo de retirarse habiendo dejado “fasta veynte logares, ansí fácia Portugal como a otra parte...todo destroido e abrasado para siempre”. Entre esos veinte lugares que estaban “a otra parte” se encontraban algunos de Sierra de Gata pertenecientes a la Orden de Alcántara y que habían pasado al dominio portugués por la cesión de frey Melén Suárez.

“Ciudad Rodrigo cayó al fin en manos de don Enrique II, no porque él la cobrase, como se prometía, por fuerza de armas, cuando quisiera, sino porque concertado el matrimonio de don Fernando de Portugal con doña Leonor, hija de Enrique, el portugués dio en arras a su prometida Ciudad Rodrigo y otras poblaciones que retenía en su poder”.

A ese acuerdo matrimonial se le llamó paz de Alcoutim. Además de Ciudad Rodrigo los territorios que entraban en la dote de doña Leonor, y que estaban en poder del rey portugués, eran la mitad occidental de Sierra de Gata y Valencia de Alcántara. El rey portugués al final se casó con otra Leonor, de apellido Téllez de Meneses, pero Enrique II se negó a devolver las plazas entregadas en prenda.

Fernando I de Portugal se arrepintió muy pronto de lo firmado en Alcoutim, porque creía que había hecho cesiones territoriales muy grandes y en 1372 decidió unirse al duque de Lancáster, otro pretendiente al trono castellano que estaba casado con una de las hijas de Pedro I. Junto a las ganancias territoriales que esperaba obtener a Fernando I de Portugal le movía el deseo de castigar a algunos desterrados portugueses que habían hallado acogida en Castilla. Entre ellos estaban nuestra ya conocido Diego López Pacheco y Juan Lourenzo da Cunha, exmarido de Leonor Téllez, ahora su esposa. El pueblo entendió que la nueva guerra no obedecía más que a motivos personales y Fernando I tuvo que firmar una nueva paz en Santarem.

Así y todo Fernando I, que debía ser bastante tozudo, siguió insistiendo -sin éxito- en sus reivindicaciones territoriales. En 1377 don Fernando Álvarez de Toledo, segundo señor de Jarandilla, que tenía cierta amistad con el portugués hubo de intervenir ante él para que se dejara de problemas y renunciara de una vez para siempre no sólo al trono de Castilla que daba por perdido, sino a Eljas, Salvaleón (con Valverde del Fresno) y Peñafiel, castillos a los que se creía con derecho como descendiente de Sancho IV, por cesión hecha en su favor por el ya citado maestre de Alcántara frey Melén Suárez y por la afinidad entre la fala de Eljas y Valverde con el idioma portugués. Costó trabajo convencerle.

Y volvamos a las pequeñas cosas. Recuperada la paz comenzó de nuevo a bullir el ansia de vivir y de vivir cada día mejor. Los gateños recurrieron, una vez más, a un recién nombrado maestre por ver si éste, con las naturales ganas de agradar de cualquier novato, les aumentaba sus prerrogativas. El vigésimoséptimo maestre de Alcántara frey Diego Martínez, no sólo confirmó (1376) los privilegios concedidos anteriormente a Gata sino que la declaró libre de dar peones y cabalgaduras para el servicio del castillo de Santibáñez salvo en caso de guerra, y por si ello fuera poco concedió a sus vecinos la exención de portazgo en Peñaparda, Villasrubias, Perosín y Robleda, lo que indica dos cosas: que la Orden de Alcántara, o al menos su maestre, había ganado poder (Villasrubias, era del Hospital y por ello podía estar vinculada a Alcántara que en algún momento administró los bienes hospitalarios, pero no consta que hasta entonces Peñaparda y Robleda, tuviesen nada que ver con la Orden).

Un problema histórico de esta época, no bien resuelto hasta el presente es el paso de Valdárrago de la condición de realengo o de señorío de la Orden de Alcántara a la de señorío particular. Los pueblos de Valdárrago eran o de Ciudad Rodrigo ((Robledillo, Descargamaría) y por lo tanto de realengo o de la Orden de Alcántara (Cadalso), como ya hemos visto. Parece ser –no hay documentación al respecto- que Enrique II que regalaba villas, señoríos y privilegios a discreción (las famosas mercedes por las que le conoce la Historia) concedió a uno de los caballeros franceses que habían venido a ayudarle en su lucha contra su hermano Pedro I el señorío de las villas de Valdárrago. Según se dice Robledillo, Puñonrostro, Descargamaría y acaso Cadalso pasaron a ser señorío de un francés llamado Guirao de Bayardo quien fue confirmado como señor de ellas por Enrique III en 1397. Éste casó con doña Catalina Pérez de Monroy, apellido éste de tanta resonancia en Extremadura. Parece que no tuvieron hijos y que el señorío pasó a un sobrino de ella.

Y es hora de recordar a Diego López Pacheco, aquel que había tomado parte en el asesinato de Inés de Castro, que huyera disfrazado de mendigo hacia tierras de Aragón y a quien los reyes Pedro I y Fernando I de Portugal hubieran querido echarle el guante. Colaboró eficazmente con Enrique II. Su hijo Esteban Pacheco, asentado en tierras de Ciudad Rodrigo, fue montero mayor del rey quien le honró con el título de marqués de Cerralbo. Uno de sus sucesores, del mismo nombre casó con una Monroy y las villas de Valdárrago pasaron a ser parte del patrimonio de los Pachecos mirobrigenses.

Puede que algún aficionado a las historias de amor le pregunte al autor de estas líneas (también aficionado a ellas): - Y Enrique II ¿no tuvo un amor tan hermoso como el de su padre con doña Leonor de Guzmán o el de su hermano con doña María de Padilla? Respuesta: -No. Enrique II ni amó a su esposa, que le dio tres hijos, ni a las ocho o nueve mujeres con las que tuvo otros catorce. Tampoco fue amado por ellas. En ese aspecto, acaso también en todos los demás, fue un desgraciado porque morir sin conocer el amor es siempre una desgracia.